Dominio público

Todo el mundo tiene razón con la reforma laboral (menos Calviño)

Elizabeth Duval

La ministra de Economía y vicepresidenta segunda Nadia Calviño; la ministra de Trabajo y vicepresidenta tercera, Yolanda Díaz; y la ministra de Derechos Sociales, Ione Belarra.- EUROPA PRESS

El Año Nuevo instala en los corazones de todos un gran espíritu de conciliación y consenso. Borrón y cuenta nueva. Buenos propósitos. También me ha pasado a mí, y me he levantado con ganas de darle la razón a casi todo el mundo: la tienen Yolanda Díaz y su equipo cuando dicen que el acuerdo por la reforma laboral es "histórico", signifique lo que signifique la historia, pues devuelve derechos a los trabajadores. Tienen razón el resto de actores del bloque de investidura cuando se quejan de que no se haya tocado el despido, o del papel de los sindicatos autonómicos en la negociación colectiva.

Tienen razón los trabajadores que celebran la recuperada ultraactividad de los convenios colectivos, y tendrán razón quienes se quejen de que la legislación en lo referido a las subcontratas es demasiado ambigua (¿qué pasará cuando las empresas multiservicios tengan convenio propio, más allá de las condiciones salariales?). Tienen razón los sindicatos que celebran lamentándose; tiene razón la patronal que, mientras lamenta, en el fondo lo celebra. Si todos tienen razón, la historia no cuadra. Y no lo digo desde los ánimos utópicos de quien lo quiere todo y lo quiere ya, sino entendiendo las complejidades y tiranteces de la lógica política. ¿Qué relato es el más coherente?

Para entender la historia hay que irse (como marco mental, digamos) a Europa. Es de fácil acceso el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Hay vehículos eléctricos, cosas de salud, redistribución de fondos y liquidez para empresas, rehabilitación energética de edificios, convocatorias para subvenciones, muchos componentes, bla, bla, bla. El componente 23, que es el que nos interesa, lleva por título "Nuevas políticas públicas para un mercado de trabajo dinámico, resiliente e inclusivo". Las recomendaciones incluían, en materia laboral, la eliminación gradual de los ERTEs o la flexibilización de las condiciones laborales. No puede decirse que todo aquí sea una victoria de lo que recomendó el Consejo Europeo. Pero sí que tenemos que analizar, si queremos entender algo, lo que ponía en ese documento en su versión de mayo de 2021.

En distintas entrevistas, los representantes de la CEOE y CEPYME han dicho que la negociación dio un vuelco una vez se incorporaron a ella Calviño y Escrivá; se llegó a afirmar que sin mediación de Calviño no habría pacto tripartito en la reforma laboral. Sería un error pensar que Calviño empezó a ejercer su influencia de forma tan tardía. Aunque el equipo de Trabajo pilotara el desarrollo del componente 23, las negociaciones y coordinación implicaban de forma clara a la vicepresidenta económica. Ciertos aspectos, que hoy parecen renuncias tardías, venían anunciados desde entonces. Algunos ejemplos: la palabra despido sólo aparece una vez en el documento, cuando se trata de los ERTE y de los mecanismos RED; la retirada del abaratamiento del despido nunca estuvo contemplada. O, cuando se mencionaba el contrato temporal, se decía que se diseñaría "con tal de que tuviera un origen exclusivamente causal". La trampa, como han señalado distintos laboralistas, es en la amplitud de ese origen causal, o la variabilidad de las causas imprevisibles.

Todo el mundo tiene razón: lo que pasa es que algunos no han estado atentos a lo que se ha dicho desde un principio. El componente 23 es el reflejo de un acuerdo de gobierno atado a sus mínimos; ese mismo acuerdo no quiso nunca hablar del coste del despido, e incluso Yolanda Díaz ha mencionado estos últimos días que fue el PSOE quien rechazó tocarlo. Casi todo lo acordado, pues, está en la lista de reformas e inversiones del componente 23. Lean con atención: generalización del contrato indefinido, regulación del contrato de formación, mecanismo permanente de flexibilidad interna, modernización de la negociación colectiva, modernización de la contratación y subcontratación de actividades empresariales.

Si se cambian sinónimos y se definen los detalles, son los términos de la reforma laboral aprobada por sindicatos y CEOE. Son también los términos de sus límites, cuyos orígenes son difíciles de dictaminar: ¿europeos o satélites de algunas partes del Ejecutivo? Exigir al Gobierno para aprobar la reforma laboral algo que nunca ha estado sobre la mesa (algo que fue explícitamente vetado) es llegar tarde. El debate sobre los convenios autonómicos o estatales sí que es un baile complejo cuya resolución tardaremos un tiempo en ver. Lo que no parece factible, aunque algunos con ello especulen, es que el PP acabe absteniéndose.

La reforma laboral cambia la orientación de las reformas laborales anteriores: sí, es verdad. Esta reforma laboral mejorará las condiciones de la clase trabajadora: sí, y me alegro, más aún con la conciencia de que la destrucción previa no se deshace en unos meses, menos aún sin presión en las calles o movilizaciones. Dará más poder a los sindicatos: sí, y eso está bien. Estaba limitada desde un principio, particularmente por la mano de Calviño: sí, pero ¿qué esperábamos?

En el baile de máscaras (yo me imagino el Consejo de Ministros, para divertirme al tocar temas no muy divertidos, como si fuera esa parte de Eyes Wide Shut de Kubrick), Calviño no entra del todo en las coordenadas ordoliberales en las que algunos parecen encorsetarla (véase su postura sobre la reforma del Pacto de Estabilidad, pidiendo relajar las reglas de déficit y deuda), pero no se puede dudar de que el suyo es el freno que impide reformas de mayor ambición. Y quizá sí que podríamos preguntarnos si la Comisión Europea habría aceptado unas medidas más ambiciosas en lo que a la regulación laboral respecta… o si se podría haber arrastrado a la CEOE a una posición más alejada de sus postulados iniciales si no hubieran tenido en la mesa a Calviño, sintiéndose así excesivamente cómodos, jugando en casa, relajados.

En tiempos de ejecución lenta de fondos europeos, de economías no suficientemente estimuladas, una reforma laboral puede ser al mismo tiempo histórica y decepcionante, o menguada e ilusionante, sin que tantas realidades entren en contradicción la una con la otra. No hay en el componente 23 párrafo alguno en el que se exija que la reforma laboral tenga que estar vinculada a un consenso con la patronal, por más que se promueva y se pida el máximo nivel de consenso a través del diálogo social y de la "involucración de los stakeholders". Oficialmente, el consenso como exigencia no aparece. Extraoficialmente nos enfrentamos a otra cuestión. Y otra cuestión es esclarecer posiciones: ¿quién lo exige y quién lo promueve?

No querría yo especular diciendo que en la falta de transformaciones más ambiciosas hay mayor responsabilidad de Calviño que de la negociación con la CEOE, pero esa ausencia ya se intuía en el componente 23. No me gustaría negar tampoco la cantidad de victorias arrancadas en el desarrollo de ese componente. ¿Cuántas reticencias habrá habido respecto a la ultraactividad de los convenios? ¿Y quién se imaginaba a la CEOE momento firmando e incluso alabando una reforma de la que no se puede decir en ningún momento que suponga una regresión?

El Año Nuevo instala en los corazones de todos un gran espíritu de conciliación y consenso. Estos grandes espíritus requieren, de vez en cuando, de ciertas mentirijillas para funcionar: no es bueno desvelarlo todo demasiado rápido, o hacer creer al personal que la verdad y la transparencia son buenas para las relaciones interministeriales. Los corazones se parten en trocitos decepcionados y trocitos felices por las pequeñas conquistas.

Yo me alegro por las mejores condiciones de los trabajadores, pero también tienen razón las voces de la derecha que dicen que esto es equivalente a convertir ciertos aspectos de la reforma del Partido Popular en 2012 en aspectos de consenso. Al mismo tiempo que tienen razón, interpretan su papel en el teatro. Y no sé si la lógica de primar el diálogo social para hacer irreversibles estos cambios positivos, pasito a pasito, es auténticamente válida o se queda en el juego de hacerse trampas al solitario.

Me creo muchas cosas de la reforma laboral y me enfada la ambigüedad caótica de las subcontratas con los convenios. Pienso que es positiva, pero no es la reforma que me gustaría defender. Lo bueno es que tampoco es la reforma que preferiría defender la CEOE, o los sindicatos, o Yolanda Díaz, o partido alguno. Nadie ha arrasado ganando. Si alguien piensa que lo mejor hubiera sido volar por los aires al Gobierno cuando hubo tensiones entre Calviño y Díaz, será mejor que observe el estado actual de la política española y aterrice los pies en la Tierra. Si se cree que, sin Díaz en el Ejecutivo, la reforma laboral hubiera evitado la tendencia regresiva, también convendría un poco de mesura. Un concepto alternativo para esta reforma laboral: una tregua navideña, como la de los ceses al fuego en 1914. Esperemos, para este entrante 2022, que la batalla política no haya terminado. A veces los finales son pequeños, pero los conflictos de fondo se miden con las mismas unidades que las esperanzas. Y no conviene que, por olvidar el conflicto, la población se quede sin ellas.