Dominio público

Recuperar la ambición

 

 

David Lizoain
Licenciado en Economía por Harvard y Master en Estudios del Desarrollo de la London School of Economics
Ilustración de Patrick Thomas

Tenemos una Europa teñida casi completamente de azul. En Alemania, el poderoso SPD recibió menos votos en 2009 que en las elecciones previas a la reunificación. Los socialdemócratas suecos cosecharon aproximadamente los mismos votos en 2010 que en 1948, y los laboristas británicos han perdido tres millones de votantes con respeto a 1945. Las poblaciones van creciendo y la socialdemocracia va disminuyendo.

En sus mejores momentos, la socialdemocracia ha sido un movimiento de visión audaz, sea en sus demandas originales por el sufragio universal y menos horas de trabajo o en la construcción del Estado del bienestar.

Como explicó Alexis de Tocqueville, la fuerza de los partidos se incrementa con la importancia del reto que se plantean. Esta ambición ha dado paso a un espíritu de moderación, y la capacidad de movilización de los socialdemócratas también se ha reducido. No nos debería sorprender: si no se propone nada interesante, nadie se interesará por ti.
Aquí, el PP triunfó no gracias al entusiasmo que despierta, sino porque la mayoría progresista liderada por el PSOE colapsó. La burbuja política de Zapatero se ha pinchado y el partido ha vuelto a unos mínimos no vistos desde la Transición.

En los años setenta, una brecha se abrió entre un sector exterior envejecido y desconectado y un grupo joven de modernizadores. Ahora es el partido en su conjunto el que corre el riesgo de obsolescencia; de nuevo tendrá que renovarse si quiere servir como el vehículo preferido de las energías de los progresistas de España, y de las demandas socialdemócratas y radicaldemócratas que expresan los indignados.

Si el partido aspira a vertebrar la oposición a un PP que castigará el Estado del bienestar, que manipulará a los medios públicos y que interferirá en la Justicia, también tendrá que construir una alternativa. Eso supone no sólo enfrentarse a los duros recortes que nos esperan, sino también la elaboración de un nuevo proyecto. Es demasiado modesto aspirar a copiar a Suecia en los setenta. Hay que diseñar nuevas utopías y trabajar para que luego se materialicen.
Lo que toca ahora al PSOE es recuperar su vocación histórica de modernizar España.

En lugar de la pesadilla actual, en la que 500 puntos de prima de riesgo parecen importar más que millones de votos, existe el sueño de una política que no esté condicionada por el sector financiero. Cada explicación de que esta crisis durará diez, veinte o treinta años es una expresión asombrosa de la impotencia política y la ignorancia económica. Dados los costes tremendos que suponen el paro masivo, la pérdida de talento humano y las innumerables frustraciones diarias, no cabe aconsejar la pasividad frente a unos mercados que se vayan ajustando. Apaciguar al mercado de bonos no es una estrategia viable para generar empleo.

No es justo explicar que hay que hacer sacrificios para generar confianza. Insistir en la necesidad de confianza es también confesar que existe dinero para invertir, sólo que los que lo tienen no están dispuestos a hacerlo hasta que se cumpla con sus demandas. Es confesar que los caprichos de una pequeña plutocracia determina nuestro destino colectivo. La tolerancia excesiva por parte de los socialdemócratas hacia el capital financiero, mejor ejemplificado por la relación cercana entre New Labour o y el inmenso paraíso fiscal que es la City, ha sido un desastre total.

Cuando hablan de "reformas estructurales", siempre se trata de un eufemismo para la privatización de los servicios públicos, la eliminación de protecciones laborales o la reducción de los sueldos y las pensiones. Habría que cambiar las reglas del juego con unas "reformas estructurales" propias, en otro sentido, si pensamos recuperar la primacía de la política democrática sobre el poder económico.

Esta actitud implica inevitablemente tomar a Europa mucho más en serio, insistir en que no vale más Europa si no es más democrática. Si las elecciones al Parlamento Europeo se asumen, de nuevo en 2014, como algo secundario, no habrá contrapoder europeo frente a los actores no electos de la Comisión y el Banco Central. La crisis ha demostrado que la "socialdemocracia en un país" no es viable. O se permite a los banqueros construir una Europa injusta con sus planes denominados de austeridad, o construimos la Europa social.

Con un presente que se hace cada vez más sombrío, resulta cada vez más difícil imaginar ese futuro mejor. Si la socialdemocracia pretende disminuir su problemática desconexión con los jóvenes, les debería proponer un New Deal, garantizando a todo joven trabajo, educación o formación. Una socialdemocracia digna de tal nombre no puede permitir que España vuelva a ser un exportador de personas y desaproveche la generación más preparada y sofisticada de su historia.

Finalmente, toca reconocer que la lotería del nacimiento hace que los niños de los más ricos no sufran la crisis con la misma intensidad que los demás. La herencia sigue siendo el mecanismo principal de la reproducción de las desigualdades; eliminar los impuestos de sucesión es otro error grave. Mediante el impuesto de sucesiones se debería financiar una herencia social, mediante la cual los jóvenes recibirían una cantidad fija (digamos 10.000 euros) al cumplir los 18 mientras que hubiesen acabado la enseñanza obligatoria. Se eliminaría gran parte del fracaso escolar, a la vez que los jóvenes podrían pagar sus estudios, o montar una empresa, o simplemente disponer de un colchón para facilitar su emancipación. Si no se promueven y aprovechan las energías de la gente joven, no se ganará el futuro ni en el futuro. Una república de iguales es posible. Pero para conseguirla son necesarias la voluntad política y la convicción ideológica.