Opinion · Dominio público

Carta a los socialistas

José Luis de Zárraga
Sociólogo
Ilustración de Dani Sanchis

La trayectoria de los gobiernos socialistas y muchos aspectos de las políticas que han desarrollado en el poder producen un desconcierto creciente en sus votantes, que se va traduciendo en abstención y cambios de voto. Ha sido más notorio con el Gobierno de Zapatero, pero sucedió también con el de Felipe González a finales de los ochenta, aunque las circunstancias históricas mitigasen sus efectos electorales. Los votantes, por las ideas que se hacen sobre lo que es un partido socialista, sobre sus valores y los objetivos de su política, albergan expectativas –más o menos confusas, con frecuencia poco realistas– sobre sus gobiernos que luego estos defraudan. El argumento de que las defraudan porque no pueden hacer otra cosa –tan frecuentemente esgrimido desde ese ámbito, aunque sea en voz baja– es letal: si exculpa a los gobernantes es sólo a cambio de privar de sentido a las ideas que representan, que serían utópicas e irrealizables (al menos “aquí y ahora”… pero siempre es “aquí y ahora”).

El 20-N los socialistas han sufrido, con dimensiones catastróficas, los efectos de una pérdida de credibilidad muy profunda que ha hecho a la gente preguntarse si no han estado equivocados sobre lo que podía esperarse de ellos, si no han sido víctimas de un espejismo respecto a lo que el Partido Socialista representaba. Es posible que muchos votantes socialistas que ahora se han abstenido o cambiado su voto estén en ese caso. Y si no quieren perder definitivamente sus votos, los socialistas deberían responder a las cuestiones de principio que implícitamente se plantean a su partido.

Estas cuestiones no se refieren ya a políticas concretas o medidas coyunturales que deberían explicar, porque ninguna de ellas por sí misma habría provocado los efectos catastróficos que se han producido. Las cuestiones a las que los socialistas deberían responder son cuestiones de principios, porque lo que está en duda es si la socialdemocracia mantiene realmente los valores y las ideas que le atribuían quienes se identificaban con ella y cómo las formula hoy, o si esas ideas y valores han perdido vigencia y no animan ya la política del partido que las representaba. Si el PSOE es, en el fondo, “lo mismo que el PP” –como se dice en la calle–, o es otra cosa –como han creído sus votantes hasta ahora–, no sólo en las formas o en los matices, sino en el fondo, la alternativa de una sociedad distinta.

En primer lugar, respecto al sistema económico. Históricamente, el socialismo ha significado una alternativa al capitalismo, fuera cual fuese la forma como se imaginara esa alternativa y la transición a ella. Hoy, en medio de esta crisis provocada por el desarrollo hegemónico del capital financiero, habría que saber si los socialistas siguen considerando que el capitalismo es un sistema irracional e injusto que hay que cambiar, y que ese cambio ha de hacerse en dirección a una economía regulada socialmente, en la que los bienes fundamentales –la naturaleza y los seres humanos– no se traten como mercancías y se subordinen a los mecanismos de mercado; en la que sea prioritario el interés social y no el beneficio privado, y la política ordene la economía.

En segundo lugar, respecto al sistema político. Históricamente, la socialdemocracia se ha identificado con una democracia radical, en la que sea posible un gobierno por y para el pueblo. En España hemos pasado de la dictadura a una democracia parlamentaria, democracia de partidos y elecciones, limitada en su ámbito y en su alcance. Habría que saber si los socialistas siguen considerando que la democracia debe hacer posible la más amplia participación del pueblo en las decisiones públicas, una auténtica representación de la voluntad popular en los gobiernos de todos los niveles más allá de su representatividad formal y la creación de las condiciones en que derechos y libertades sean efectivos en la práctica social y, no sólo reconocidos en las leyes.

En tercer lugar, respecto a la ideología social. Históricamente, los socialistas han defendido ideas y valores de racionalidad y de progreso. Hoy, en el mundo, se imponen ideologías reaccionarias, de signos muy diversos, alentadas por las iglesias y los sectores conservadores y respaldadas desde gobiernos de derechas más retrógrados que los de su mismo signo que les precedieron en otras épocas. Habría que saber si en España el Partido Socialista está dispuesto a enfrentarse a esa marea reaccionaria, a asumir los costes que puede tener la defensa del Estado laico frente a la Iglesia y frente a los movimientos integristas, a avanzar realmente en la extensión del pensamiento racional, en la implantación efectiva de la libertad moral, en la recuperación de la memoria de las luchas y de los sufrimientos que han hecho posible que hoy podamos plantearnos estos objetivos.

Los ciudadanos tienen motivos suficientes para dudar y para cuestionarse si los socialistas siguen representando una alternativa de cambio –del sistema económico, de la política, de la ideología dominante, de la sociedad– y no simplemente un recambio para alternarse con los gobiernos de derechas. Si no representasen más que esto, mucha gente pensará que no vale la pena el voto. Y si representan otra cosa –como siempre han creído sus votantes–, tienen que decirlo claramente, convencer de ello y, sobre todo, actuar en consecuencia.