Dominio público

Casado, el ruido y la nada

Javier Gutiérrez Rubio

Escritor. Autor de 'Un buen chico'

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, abandona el hemiciclo tras hacer una breve intervención durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados.- EFE/ Chema Moya

Ahora que sus días en la presidencia del Partido Popular parecen contados me pregunto qué ha aportado Pablo Casado a la política española. No, lo digo en serio: qué ha aportado Casado en estos casi cuatro años. La versión corta es la Nada (una nada con mayúscula como categoría ontológica). Su contribución a la discusión política, incluso dentro de la derecha democrática española, ha sido nula, cero, conjunto vacío.

La versión larga es un poco más complicada aunque también más interesante. Porque, aunque Casado haya ido directo a la papelera de la historia, lo cierto es que quieto lo que se dice quieto no ha estado ni un minuto. Al contrario, Casado vino a la política a partirse la cara por sus ideales de centro derecha, nada más loable. Lo malo es que ha arrastrado a todo el país a una reyerta de bar diaria, sistemática, agotadora y completamente improductiva. Casado ha conseguido congregar a su alrededor una cantidad inmensa de energía política, una energía totalmente estéril, un ruido formidable. Ahora nos parece de lo más natural porque nos hemos acostumbrado pero, en realidad, esta especie de Populares Don't Play es una estrategia consciente.

Tres pasos: tapar con ruido toda acción política del Gobierno, generar una polarización afectiva extrema y construir una situación de emergencia nacional inminente. Nada nuevo bajo el sol, el viejo tridente de confusión, miedo y odio.

Tres reglas: todo vale, no hay límites, gobernar para la derecha es una misión sagrada.

Tres hitos: Colón, la pandemia y los fondos europeos. Pero sobre todo la pandemia. Una cosa era el ruido y la furia en el Congreso o en Colón y otra es utilizar la pandemia para sacar rédito político. Durante lo peor de la pandemia, Casado decidió poner en marcha una campaña de odio: el viejo mecanismo que transforma el miedo de la gente común en odio político.

Es cierto que Casado no ha sido el único en azuzar el odio o en alimentar una polarización salvaje (también Iglesias y los independentistas han usado estrategias parecidas, y Vox más que ninguno), pero Casado tenía alternativa. El PP no es un partido antisistema, es un partido institucional. Sin embargo, Casado decidió conscientemente arrastrar a su partido (un trasatlántico monstruoso de militantes, cuadros medios, cargos electos y medios afines) al fango. En mi opinión, la responsabilidad de Casado es inmensa en la brutalización que sufre la política española.

Una última reflexión que viene al caso del final de Pablo Casado. Tengo la teoría –quizá cogida con alfileres— de que los políticos cometen sus mayores errores justo un instante antes de alcanzar el poder, cuando lo acarician con los dedos. Iglesias pudo haber negociado un gobierno con Sánchez en 2016 pero prefirió provocar una repetición electoral donde perdió un millón de votos. Sánchez podría haberse abstenido para que gobernase Rajoy (algo que iba a ocurrir de todas formas) pero se negó tercamente y acabó expulsado de su propio partido. Albert Rivera iba primero en las encuestas en 2018. Él mismo promocionó una moción de censura contra Rajoy pero, en vez de negociar con Sánchez un gobierno provisional durante unos meses, echó un órdago: o elecciones inmediatas o no apoyarían la moción. El resultado es conocido, Sánchez sigue siendo presidente y Rivera, un año después, estaba en el paro. Cuando GAD3 y otras encuestas de periódicos digitales de derechas dieron a Casado ganador y presidente de gobierno sumando con Vox, yo me dije para mí mismo: ahora es cuando Casado la caga.