Dominio público

Anatomía de un instante todavía por desclasificar

Sato Díaz

Sato Díaz

Fotografía de la obra '23-F Anatomía de un instante', que se representa en el Teatro de La Abadia, en Madrid.
Fotografía de la obra '23-F Anatomía de un instante', que se representa en el Teatro de La Abadia, en Madrid.

Las naciones necesitan de momentos fundacionales, convertir en mito el hito histórico y en símbolos colectivos, a algunos individuos. La España contemporánea tiene ese momento fundacional en la Transición y el héroe del momento fue Adolfo Suárez. Ese bon vivant que supo granjearse los cariños de la alta jerarquía franquista y caer bien a su oposición, generar consenso, que llegó a lo más alto, a la Moncloa, y que se acabó creyendo tanto su personaje que este creció y creció tanto que se lo tragó. El trágico alzhéimer aportó a la leyenda: el líder que no pudo recordar sus hazañas.

El golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 ayudó a apuntalar el mito, el de Suárez y también el del monarca Juan Carlos I. La actuación de ambos, según el relato oficial, sirvió para frenar las aspiraciones de militares como Alfonso Armada o Jaime Milans del Bosch para hacerse con el poder. Sin embargo, la ley de secretos oficiales vigente desde el año 1968, en plena dictadura franquista, hace que cualquier aproximación a los hechos se tenga que coger con pinzas. Los documentos oficiales sobre el 23-F siguen clasificados, inaccesibles para historiadores y opinión pública.

Uno de los relatos más completos sobre aquellas agónicas horas para la democracia española fue el del escritor Javier Cercas en su Anatomía de un instante (2009), una crónica o ensayo histórico con tintes novelescos. Sin embargo, Cercas exagera los elogios a Suárez y convierte la narración en una suerte de oda, de exaltación al político, que chirría en estos tiempos en los que la actividad de la política tan desgastada está.

Desde el pasado miércoles (cuando se cumplían 41 años del fracasado golpe de estado) y hasta el 20 de marzo, la sala Juan de la Cruz del Teatro de La Abadía de Madrid exhibe la obra 23-F. Anatomía de un instante, basada en el libro de Cercas. Una producción de la compañía Heartbreak Hotel dirigida por el catalán Álex Rigola.

En escena, los elementos indican que se ha celebrado una fiesta. Cuatro intérpretes (Pep Cruz, Eudald Font, Miranda Gas y Roser Vilasojana) festejan una suerte de cumpleaños con refrescos y globos. Tres de ellos, vestidos con unos pijamas de unicornios, la cuarta (Vilasojana) con traje. Y recrean algunas de las escenas del 23-F, pero sin entrar en la piel de los personajes. Se mantienen distantes en lo emocional al momento histórico, simplemente lo explican. Rompen la cuarta pared, como si fueran profesores en una clase de historia. Un maniquí preside la fiesta, es una caricatura de Juan Carlos I.

El teatro documento es un género que se desarrolla en la segunda mitad del siglo pasado, tomando como referencia las producciones teóricas y su puesta en práctica de figuras tan relevantes como Erwin Piscator o Bertolt Brecht. Por estas, el teatro había de estar al servicio del cambio social y adquirir fines políticos. El teatro documento saca la historia de la realidad, reproduce con técnicas teatrales un hecho que tiene especial relevancia y lo inmortaliza sobre las tablas.

Sobre esto, hemos visto algunos ejemplos importantes en las producciones escénicas de los últimos años, quizás dos de los más significativos sean Ruz-Bárcenas, la producción del Teatro del Barrio sobre el juicio al extesorero del PP o Jauría, de Kamikaze, sobre el juicio por la violación de Pamplona de la manada. Ambas obras desarrollan el guion a través de las actas de los juzgados, de la realidad a los escenarios, a la ficción.

Es lo que hace 23-F. Anatomía de un instante con el golpe de Estado del 1981, tomando como punto de partida el libro de Cercas. Este se basa, precisamente, en un instante, justo cuando han entrado los militares al Congreso en aquella fatídica tarde invernal y han disparado al techo (las consecuencias de los impactos de las balas todavía se pueden observar desde el hemiciclo). Los documentos gráficos del momento muestran cómo todas sus señorías se agacharon y escondieron tras sus escaños después del estruendo, todos menos tres: Adolfo Suárez, presidente del Gobierno, el capitán-general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente, y Santiago Carrillo, secretario general del PCE.

Este último sabía que, si los militares tenían previsto llevar a cabo un asesinato, estaba de los primeros de la lista; el vicepresidente no soportaba que mandos de escalafón inferior al suyo no cumplieran sus órdenes y se llegó a encarar con el teniente coronel Antonio Tejero, quien estaba al frente de la operación en el Parlamento. De Suárez, que precisamente dejaba la presidencia en aquel momento en manos de Leopoldo Calvo-Sotelo (aquella jornada se producía la segunda votación de su investidura) se dice que su carácter le hizo mantener la calma y la serenidad, un todavía presidente no podía permitirse arrodillarse ante unos golpistas.

A partir de este momento, de estos tres gestos, los actores y actrices reconstruyen para el público aquella histórica jornada del 23 de febrero de 1981, horas en los que millones de españoles temieron volver a una dictadura. Apoyados por fotografías proyectadas en un rocódromo, el espectador se puede hacer una idea de lo que ocurrió en la Carrera de San Jerónimo, o al menos de una parte de los hechos. Cercas se convierte en un cronista que, desde el futuro, como decíamos, ensalza la figura de Suárez por encima de todas las cosas. Un capítulo más de la lectura oficialista de la Transición.

En contraste, Cercas focaliza sus críticas sobre la figura del entonces jefe del Estado. De Juan Carlos I dice que no estuvo rápido en responder a la amenaza militar, censura que fuera interlocutor con quien estaba planificando el golpe y su falta de contundencia durante horas. Definitivamente, el rey emérito que hoy reside en los Emiratos Árabes Unidos no sale bien parado en el Teatro de La Abadía.

Y eso que Juan Carlos I fue, según el relato oficialista de los hechos, pieza clave para parar el golpe. Cercas se aleja de esa visión. Y es que esta obra pone en evidencia que, tras más de cuatro décadas del 23-F, los españoles no podemos conocer con exactitud los acontecimientos porque la actual ley de secretos oficiales lo evita. Hace falta ya una reforma legal que permita esclarecer hechos clave de la historia reciente de nuestro país. "Muchos españoles recuerdan haber seguido en directo el golpe por la tele, y eso es imposible porque no se retransmitió", comenta una de las actrices de la obra. Solo desclasificando los documentos podremos aproximarnos a la realidad con rigor.

La música de Rigoberta Bandini, usada como parte de la banda sonora de la obra, nos devuelve al presente. Y quita solemnidad al asunto. El paso del tiempo consigue que los momentos más tensos se puedan convertir en plácidos recuerdos. Hoy, las generaciones que no vivimos el 23-F nos acercamos a él con la frialdad que permiten los libros de texto, con la inexactitud por el secreto oficial guardado durante cuatro décadas y con la curiosidad que se ha ido transmitiendo de mayores a jóvenes. Desde luego, sin la pasión que concede el presente.