Dominio público

La paz no tiene alternativa

Héctor Illueca Ballester

Vicepresidente segundo de la Generalitat Valenciana

La bandera de la OTAN y la de los países miembros en su sede en Bruselas. REUTERS/Yves Herman
La bandera de la OTAN y la de los países miembros en su sede en Bruselas. REUTERS/Yves Herman

El ataque a Ucrania del pasado 24 de febrero constituye una flagrante violación del Derecho Internacional, que prohíbe terminantemente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia de cualquier Estado (artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas). Se trata de una agresión condenable e injustificada que evoca inmediatamente los precedentes de Yugoslavia (1999) o Irak (2003), por mencionar dos ejemplos en los que EEUU y sus aliados vulneraron ésta y otras normas de ius cogens mediante una serie de agresiones militares carentes de cobertura en el ordenamiento internacional. El Derecho Internacional, que venía a ser un intento limitado y siempre inacabado de ordenar las relaciones entre los Estados, se fue progresivamente convirtiendo en papel mojado. Finalmente, la competencia entre las grandes potencias resucitó aquella vieja teoría de Hobbes según la cual los Estados se encuentran en permanente estado de naturaleza, sin más norma que la fuerza y sin otra alternativa que la guerra.

Sin embargo, esta constatación no debería impedir una aproximación reflexiva y racional a las causas de la guerra que se está desarrollando en Ucrania. Ni reír ni llorar, sino solamente comprender. Muchos observadores, incluyendo numerosos analistas estadounidenses, habían venido advirtiendo que la expansión oriental de la OTAN sería percibida como una amenaza a los intereses vitales de Rusia y que este empeño de EEUU podía desencadenar una nueva guerra fría. A pesar de ello, y aunque Rusia hizo constar su oposición en innumerables ocasiones, la ampliación de la OTAN se produjo en sucesivas oleadas, poniendo a los países del este de Europa bajo dominio político y militar norteamericano. La única excepción era Ucrania, pero las conversaciones que EEUU y Rusia mantuvieron en enero convencieron a ésta última de que sus demandas serían ignoradas y que el Estado fundado por Lenin acabaría entrando en la OTAN. Evidentemente, lo anterior no justifica la renuncia a la vía diplomática y mucho menos la agresión a un país soberano, pero ayuda a entender cómo hemos llegado a esta situación y cuáles podrían ser los cauces para una resolución diplomática del conflicto.

Conviene ser claros en esto: la guerra podría haberse evitado si se hubiera abierto un proceso de negociación que abordase en toda su complejidad la cuestión de la seguridad en la zona y la situación de las provincias ruso-hablantes del Donbass, inmersas en una guerra civil desde que fue declarada su independencia en abril de 2014. ¿Por qué no se hizo? Estos, y no otros, eran los auténticos intereses de los europeos frente a un riesgo cada vez más evidente de escalada militar. Sin embargo, lo que ha acabado imponiéndose es el enfoque de EEUU, que no hizo nada por evitar el conflicto y ha conseguido subordinar Europa a sus intereses. El objetivo era cercar militarmente a Rusia y contener la emergencia del nuevo orden multipolar liderado por China y otros países, que se percibe como un desafío a su hegemonía. La gran transición geopolítica está adoptando un carácter de gravedad y violencia que no tiene por naturaleza, debido a la obstinación del poder norteamericano en aferrarse a concepciones e instituciones obsoletas con el único fin de perpetuar su dominio.

El mundo está cambiando rápidamente, y parece que a algunos les cuesta adaptarse a los nuevos tiempos. Atrapada en la OTAN, la Unión Europea (UE) carece de una política de seguridad y defensa verdaderamente autónoma, y esta crisis ha puesto de manifiesto su completa subordinación a los intereses de EEUU. Llama la atención que, siendo la situación de Ucrania un problema de seguridad europeo, la UE estuviera ausente de las conversaciones que EEUU y Rusia mantuvieron antes de que empezara la guerra. Y resulta igualmente sorprendente que las negociaciones entre ucranianos y rusos se estén desarrollando sin ninguna participación de aquélla, mientras China emerge progresivamente como un actor clave para la resolución del conflicto. El mundo percibe con claridad que la UE no es más que una correa de transmisión de los intereses norteamericanos, por más que el ruido mediático pueda dar a entender lo contrario. Si algo ha evidenciado esta crisis, quizás más que ninguna otra, es que la UE carece de capacidad política, económica y militar para hablar con voz propia de los problemas de seguridad que afectan a los europeos y que deberían resolverse en Europa.

La guerra de Ucrania tendrá graves consecuencias económicas y la crisis energética será una realidad tangible. Se calcula que un millón de refugiados están huyendo de la zona, y parece que esto sólo es el principio. Lleva mucha razón Araceli Mangas, prestigiosa catedrática de Derecho Internacional, cuando afirma que "es muy grave que la Unión Europea no haya sabido proteger sus propios intereses y se dejara llevar por los intereses de otros. [...] No ser dueños de nuestro destino en Europa con un potente respaldo militar propio y la falta de voluntad para entendernos con el resto del condominio europeo nos ha dejado como un juguete de la rivalidad entre la potencia regional dominadora, Rusia, y la potencia global declinante, EEUU". No puedo estar más de acuerdo. Si la UE hubiera tenido en cuenta los intereses de los europeos, hace mucho tiempo que habría promovido un acuerdo general para garantizar la seguridad en Europa y frenar la expansión de la OTAN. Ahora más que nunca, necesitamos buenos análisis para anticiparnos a las circunstancias.

Europa vive momentos críticos. La agravación del conflicto no puede descartarse y todos los esfuerzos deben dirigirse a frenar la escalada bélica. Las sanciones económicas son de dudosa eficacia y es probable que Rusia encuentre alternativas satisfactorias a muy corto plazo. Es la hora de la diplomacia, y cualquier solución aceptable pasa por el reconocimiento de los intereses en conflicto: de una parte, el respeto a la soberanía del país agredido y el reconocimiento de su gobierno legítimo; de otra, la neutralidad de Ucrania en un marco de cooperación y garantías mutuas de seguridad. En definitiva y a modo de síntesis, neutralidad e independencia como base de una paz duradera y estable. La UE debe afirmar su autonomía política e implicarse en la búsqueda de una salida diplomática que abra la puerta a un acuerdo general de seguridad en Europa. Si no se actúa ahora, la escalada militar irá en aumento y las consecuencias pueden ser inimaginables. ¿Dónde está el límite? La paz no tiene alternativa.