Dominio público

De lo rural y la justicia social

Beatriz Gimeno

Miles de personas participan en la manifestación en defensa del mundo rural este domingo en Madrid. EFE/Luca Piergiovanni

Se da el caso de que participo en la Comisión para abordar el reto demográfico y la despoblación en la Comunidad de Madrid. Dicha Comisión fue impulsada por Vox y el PP ya en la legislatura pasada. En esta Comisión tratamos de los problemas de las zonas rurales y mi participación en la misma me ha ayudado a comprender algunas cosas respecto a la cuestión que estos días (y más lo hará en el futuro) está sacudiendo el país. Este es un asunto, el de la España vaciada o la España rural, que la extrema derecha busca instrumentalizar desde hace mucho y por eso han venido impulsando estas comisiones en los distintos parlamentos autonómicos y por eso no dejan de presentar propuestas (vacías) sobre agricultura, ganadería y mundo rural en general. Lo cierto es que la población de las zonas rurales tiene una composición demográfica que la convierte en más fácilmente manipulable por la extrema derecha (población envejecida, masculinizada, poco organizada, poco politizada… y que en los sectores más explotados está compuesta por inmigrantes no arraigados en el territorio). Esto es una simplificación, pero sirve.

En todo caso, la primera cuestión que me ha quedado clara es que todos los comparecientes (alcaldes de pueblos de la España rural, habitantes y/o trabajadores y expertos) comparten el diagnóstico y conocen las soluciones. Así pues, los problemas del campo no son un misterio que requiera mucho más estudio. Sin embargo, la respuesta a la España vaciada por parte del PSOE y el PP allí donde gobiernan es la misma: hacer comisiones de estudio. Pero los habitantes de esas zonas saben y explican que se necesitan médicos, colegios, bancos, servicios, trenes, autobuses y precios justos (es decir, mercados regulados). Los dos partidos mayoritarios han sido cómplices de la manera en la que el tren convencional ha sido sustituido por el AVE, y de la privatización y desaparición de los servicios públicos en estas zonas. Además, los mercados desregulados garantizan la miseria a agricultores, ganaderos, transportistas, pescadores… Hay comisiones pero no hay planes reales para invertir en servicios públicos y la privatización y la precarización de estos parece imparable. Estudiamos para marear la perdiz porque lo cierto es que la España vaciada, la España rural, necesita justicia social (lo mismo que la otra España, por cierto)

La segunda cuestión que queda clara en una comisión de estudio como esta es que los problemas del campo son fácilmente moralizables. Al lado de alcaldes y ecologistas que nos cuentan de las dificultades reales, PP y Vox nos traen a comparecer a antiabortistas y activistas que pretenden hacer creer que los problemas del campo tienen que ver con la pérdida de formas de vida tradicionales, se supone que más justas, que ellos unen a la pérdida de determinados valores conservadores o, directamente reaccionarios. Entre otras cosas es por esta cuestión que la extrema derecha encuentra un terreno fértil para manipular las reivindicaciones de las zonas rurales: porque resulta relativamente sencillo unir las injusticias reales con formas de vida perdidas y sus valores reaccionarios adheridos. En las ciudades esto es más difícil.

Cierto que estas protestas que estamos viviendo son un paro patronal y responden a un plan de la extrema derecha para hacer caer a este Gobierno, pero también es verdad que conectan bien con protestas reales y legítimas. Bajo ellas (y si no son estas, serán las que van a venir de manera inevitable) subyace la cuestión de una realidad neoliberal que parece inmodificable y contra la que cada día que pasa nos estrellamos. Como los partidos mayoritarios reconocen la realidad como inmodificable lo que queda para ganar es no tanto hacer como decir, no importa qué. Por eso PP y Vox se pueden manifestar pidiendo regular los mercados mientras que al día siguiente, o un día antes, votan lo contrario. No importa. Y para dar normalidad a la ruptura entre lo que se dice y lo que se hace se utiliza la violencia verbal, el odio, el insulto y la mentira como medios legítimos de hacer política. No se admiten matices, pero sí mentiras porque, en realidad, las mentiras se han hecho necesarias en política. Ahora mismo se haría difícil para los partidos mayoritarios ganar elecciones sin mentir en sus programas. Y esa violencia verbal que sufrimos trata de matar la discusión política, la política del matiz o la discusión basada en premisas lógicas. Puesto que poco se va a hacer, hay que conseguir que la política se convierta en la práctica de odiar al contrario y después matarle (metafóricamente). Quien tiene que perder con esta forma de hacer política es la izquierda, naturalmente. La alternativa sería cambiar la realidad, pero la socialdemocracia, antes muerta y ahora parece que semiresucitada, no parece que esté por la labor.

Por eso la manifestación supuestamente a favor del campo se convirtió en una manifestación en la que se llamaba a violar mujeres, a colgar a gente y en la que se identificaba a los ecologistas con personas con las manos llenas de sangre. Y más allá de la composición social de quienes se manifestaron el domingo y de su instrumentalización por la extrema derecha, es evidente que hay razones legítimas para que el campo se levante y para que los transportistas protesten. Pero para dar cumplimiento a las peticiones de los y las habitantes de estas zonas rurales habría que, como poco, regular los mercados, invertir en renovables, bajar los carburantes, hacer inversiones reales en servicios públicos en las zonas rurales y, para ello, subir impuestos a quienes pueden pagar más.  En definitiva, para que las zonas rurales vuelvan a la vida y salgan del coma son necesarias políticas de izquierdas. En realidad, para que la mayoría de la gente viva mejor son necesarias políticas de izquierdas, esto es una obviedad. Es tan real esto que lo que pedían el otro día los manifestantes, apoyados por PP y Vox, eran cuestiones que pertenecen al ámbito de la izquierda: intervención en los mercados y  condiciones laborales mejores. Crece el  malestar que tiene que ver con la injusticia social y la gente se manifiesta porque ha desaparecido la red del Estado del bienestar y esto se hace mucho más evidente en el campo. Nadie se manifiesta pidiendo que el Estado se desentienda aún más. Por eso, no atender (o no entender) estas reivindicaciones supone dejarle a la extrema derecha la posibilidad de manejar cuestiones que deberían ser patrimonio de la izquierda: asegurar el bienestar de quienes no son ricos. La derecha no va a arreglar nada de lo que se pide pero sí va a utilizarlo para desgastar al gobierno. Y también va a tratar de sustituir el discurso social por el discurso moral y por el odio.

Como bien explican los propios economistas neoliberales, a menos que sean engañados, entrenados o directamente privados del derecho a voto, la clase trabajadora y las personas empobrecidas siempre van a estar contra los mercados, porque estos son, efectivamente, injustos. En EE.UU ya están aprobando leyes para privarles del derecho al voto. Disponen de todo el aparato mediático para engañarles y lo usan. Hoy por hoy, con la situación de crisis económica y de crisis ecológica; con una situación en la que los recursos van a ser cada vez más escasos y en donde la gobernanza global está confabulada para impedir las políticas de izquierdas, en donde el descontento social va a seguir creciendo, lo que la extrema derecha hace es intentar canalizar la rabia de la gente. Y lo harán apelando a la libertad como contrapuesta a la justicia social y a los valores tradicionales, antifeministas y reaccionarios, como contrapuestos a los privilegios masculinos. La pérdida de estos valores, de las antiguas certezas sobre el lugar que cada uno ocupaba en el mundo (hablo en masculino con conciencia) que duda cabe que generan heridas en mucha gente. Lo que la derecha puede ofrecer es eso: mentiras y reaccionarismo moral: privilegio masculino, privilegio de origen, de raza, de cultura, económico.

Lo que la izquierda tiene que ofrecer es justicia social, sin más. Y de verdad. Pero tengo la sensación de que la extrema derecha puede ganar y no porque sus soluciones sean mejores; de hecho, no son soluciones. Lo peor es tener la certeza de que si la derecha gana esta batalla lo va a hacer por incomparecencia del contrario; esto es, del PSOE.