Dominio público

El nuevo desorden mundial

Nere Basabe

Una mujer, frente a un edificio gravemente dañado por los bombardeos rusos, en localidad de Volnovaja, en la región de Donetsk (Ucrania). REUTERS/Alexander Ermochenko
Una mujer, frente a un edificio gravemente dañado por los bombardeos rusos, en localidad de Volnovaja, en la región de Donetsk (Ucrania). REUTERS/Alexander Ermochenko

Llevamos ya treinta años viviendo en lo que los teóricos de las relaciones internacionales dieron en llamar "el nuevo orden mundial" tras la Guerra Fría, y aún no nos hemos enterado bien de qué va: y es que le falta línea argumental, o se entremezclan demasiadas tramas como para que una pueda seguir el hilo de esta abigarrada serie de Netflix. Por eso preferimos preocuparnos antes por una bofetada entre dos cómicos norteamericanos que por los cadáveres en las aceras de un país mucho más cercano.

Los estudiosos siguen discutiendo en qué consistiría ese nuevo orden mundial que ya no es tan nuevo, pero sus estudios se quedan obsoletos con una rapidez pasmosa: unos hablaban de un nuevo mundo unipolar, con Estados Unidos como único gran hegemón; otros hablaban de un mundo multipolar, con nuevas potencias emergentes actuando de polos regionales de atracción. Ha habido incluso quien ha teorizado sobre un "mundo multinodal", en referencia a la proliferación de asimetrías emergentes, coaliciones cambiantes y heterogeneidad creciente. El nuevo orden internacional, como la posmodernidad, tiene forma del rizoma de Deleuze. Algo que queda muy bien para citar en las facultades de filosofía pero que nadie sabe explicar con exactitud.

Por eso tantos siguen prefiriendo explicar el mundo con categorías ya superadas, y creen ver a Stalin reencarnado en Putin o a Estados Unidos con su eterna capa de "imperialista yanki" ansioso por hacerse con el control mundial. Con la Guerra Fría vivíamos mejor, porque al menos había un orden, terrible, pero un orden al fin y al cabo que cualquiera podía entender. Ahora, en cambio, tenemos guerras como la de Siria, donde llegaron a enfrentarse hasta cinco bandos diferentes, y el papelón subsecuente de Occidente, que ya no sabía ni a quién había que apoyar. ¿Quién era el malo, en esa guerra aún humeante? ¿El autócrata Al-Assad, buen socio comercial hasta la víspera, pero apoyado por potencias como Rusia e Irán y grupos radicales como Hezbolá? ¿O la oposición siria, reunida en un Consejo Nacional que enseguida estalló en infinidad de grupúsculos, desde los demócratas a islamistas próximos a Al-Qaeda? ¿Y el ISIS, contra quién luchaba, qué guerra era aquella que hacía por su cuenta? ¿Y los kurdos? ¿Qué hacemos con los kurdos, enemigos atávicos de los turcos pero que luchan contra el ISIS? Ocho años de guerra sangrienta, más de 13 millones de desplazados y refugiados, y un millón de muertos para quedarnos como estábamos, con lo malo conocido.

El Kremlin, que siempre ha vacilado entre su pertenencia a Europa o las tentaciones anti-occidentales, ya no es un bastión comunista, ni el Tío Sam se siente siempre cómodo con el papel de policía mundial: bastantes problemas tienen en casa, un país inmenso donde la inmensa mayoría de sus ciudadanos no tiene pasaporte porque ni ha viajado nunca al extranjero ni tiene intención de hacerlo, que sitúan a España en el mapa de Latinoamérica y de Ucrania no sabían ni que era un país. La tentación aislacionista por eso es allí siempre una candidatura con muchas papeletas de ganar: America First. Solo sus académicos más sesudos se pusieron a buscar potenciales enemigos tras el desmantelamiento de la URSS debajo de las alfombras, y ni siquiera vieron venir los aviones contras las Torres Gemelas.

Con la Guerra Fría se acabó la amenaza nuclear como referencia omnipresente en la cultura popular, como si de golpe esas bombas hubieran desaparecido de todos los arsenales del mundo. Supongo que fuimos pocos los agoreros que nos inquietamos ante la idea de un mundo "multinodal" en el que quedaban arrojados a su suerte al menos nueve países con programas nucleares, de Israel a Pakistán, y una tecnología que dejaría a las Fat Man y Little Boy en piñatas de cumpleaños. Pero a quién le importaba, si empezaba una fiesta mejor: la del capitalismo globalizado, un mercado universal al que de la noche a la mañana se sumaron unos 3.000 millones de personas deseosos de comer hamburguesas, vestirse de Zara y pasar sus vacaciones en Mallorca. Peter Sellers nos enseñó a amar la Bomba y todos acabamos abrazando su despreocupación hedonista camino del desastre.

Porque la globalización solo globalizó a los multimillonarios, mientras dejaba crecer la desigualdad: a los jeques árabes, oligarcas rusos o CEOs de tecnológicas estadounidenses les gustan los yates y los aviones privados por igual, y apenas les diferencia su afición a comprar clubs de fútbol europeos. La crisis contagiosa de 2008, la pandemia de 2020 y ahora la guerra de Ucrania nos han enseñado otros peligros de este gran bazar mundial: la dependencia comercial de socios poco fiables. Solo ahora nos hemos enterado de que el 80% los microchips, por ejemplo, se fabrican en cuatro únicos países: China, Japón, Taiwan y Corea del Sur. La Unión Europea comenzó su integración consciente de la importancia de un mercado clave: el del carbón y el acero, y así nació su primera institución, la CECA. Pero pronto el carbón dejó de ser un sector energético primordial, y a nadie pareció inquietarle que en Europa no se produjese gas o petróleo.

El orden mundial se puede entender en un sentido hobbesiano, como una estructura de poderes e intereses geoestratégicos donde campa la voluntad del más fuerte, o en un sentido kantiano, con el cosmopolitismo y los ideales de paz y justicia como meta común. En esa tensión entre la experiencia histórica y las expectativas de futuro se desenvuelve un concepto tan esquivo como el de orden mundial. La experiencia y la teoría apuntan a que esa anhelada paz mundial solo se puede conseguir de dos modos: o sometiendo al planeta a un imperio global, o mediante la creación de leyes y organizaciones supranacionales que regulen las relaciones multilaterales. Ambas han resultado sin embargo infructuosas, por la contradicción existente entre el discurso liberal y sus prácticas estatales; entre su concepción universalista de la humanidad como un todo y la terca realidad de que esa misma humanidad fraterna está inexorablemente parcelada en Estados soberanos y ensimismada en nacionalismos de todo signo.

Bush padre, triunfante tras su nice little war en la primera Guerra del Golfo, no dudó en afirmar: "hemos ahuyentado el desorden mundial". Menos mal que se murió para no ver hasta qué punto se había equivocado. La OTAN, que no ha dudado en intervenir en Serbia, Afganistán, Irak o Siria, dice ahora que no interviene en un país invadido como Ucrania porque no es un Estado miembro de la alianza atlántica. La disuasión nuclear, después de todo, sigue funcionando, pero que no nos tomen por idiotas. Tener frente a Putin a personajes como Biden o Borrell, que compensan su inactividad con diatribas bravuconas y algo seniles, tampoco ayuda a conciliar tranquilamente el sueño.

Así que lo fiamos todo a la diplomacia, el diálogo y las negociaciones entre las partes: que se arreglen entre ellos. Desde el siglo XVIII parece que no hemos avanzado mucho. Porque negociación viene de negocio, no de justicia. ¿A qué tipo de acuerdo puedes llegar con el matón de patio de colegio que cada día te espera a la salida de clase para darte una paliza y robarte el bocadillo de la merienda? ¿Y con una superpotencia, militarmente más poderosa que tú, que ha invadido parte de tu territorio y bombardea las ciudades de tu país?

El británico John Locke, padre del liberalismo, justificó el pacto social que hoy rige nuestras sociedades occidentales en la necesidad de un gobierno-árbitro imparcial que mediase en los litigios entre particulares: pese a que somos seres racionales con capacidad de juzgar, no podemos ser juez y parte: si nos peleamos por el vecino a cuenta de las lindes, lo más probable es que uno de los dos saque tarde o temprano la escopeta. Hemos aceptado estas reglas del juego a nivel estatal, pero seguimos siendo incapaces de aplicarlas a nivel internacional, cuando la solución es "sencilla":

Rusia y Ucrania necesitan un árbitro imparcial. Para eso se creó la ONU. Pero para que la capacidad de actuación y mediación de la ONU sea realmente efectiva, esta necesita de una profunda remodelación interna: 1) Debe desaparecer el derecho de veto de los miembros permanentes de Consejo de Seguridad, para que no se imponga siempre la voluntad de Rusia o Estados Unidos. Una mayoría cualificada debería bastar, con igualdad de condiciones de los miembros rotatorios no-permanentes. 2) El voto en la Asamblea General debe ser secreto, para que no sepamos quién apoya a quién y los países más débiles puedan posicionarse libremente, sin estar sometidos a presiones. 3) Las resoluciones de la ONU deben ser de obligado cumplimiento: en Palestina o en el Sahara Occidental. 4) La OTAN solo podrá actuar bajo mandato de la ONU.

Solución utópica donde las haya, no soy ingenua, y con derivas menos sencillas de atajar: porque este novísimo orden mundial, ¿sería en la práctica un orden multilateral cooperativo o un nuevo imperio global? Y sus principios rectores (paz, justicia, derechos humanos, democracia), ¿serían realmente universales o tan solo otra imposición occidental? No todas las sociedades creen en la libertad por encima de la obediencia, en la razón por encima de la autoridad y la tradición, en la igualdad por encima de la jerarquía, en el cambio climático por encima del beneficio o en la ciencia por encima de la religión. Ni siquiera, claro está, en nuestras cómodas y cínicas sociedades primermundistas.

Y mientras nos desgarramos en estos debates bizantinos, podríamos estar corriendo, sin darnos cuenta, a otro tipo de orden mundial mucho más inquietante: un rearme generalizado que deja de lado los objetivos de la transición ecológica, China haciendo piña con Rusia, India y Corea del Norte aprovechando el desconcierto general para hacer pruebas con misiles, Orbán y su "democracia iliberal" arrasando en Hungría y Marine Le Pen acariciando con la punta de los dedos el Elíseo este domingo.