Dominio público

¿Dónde está la alternativa republicana?

Sato Díaz

Un hombre sostiene una bandera de la República en una concentración por las víctimas del franquismo delante del Congreso de los Diputados. E.P./Isabel Infantes
Un hombre sostiene una bandera de la República en una concentración por las víctimas del franquismo delante del Congreso de los Diputados. E.P./Isabel Infantes

No es extraño que el historiador Xavi Domènech recuerde en alguno de sus textos o en sus conferencias que no debemos subestimar la (in)capacidad de los Borbones para ser causantes de que regrese la República a España. Esta familia real es capaz de aportar tantos momentos cómicos como trágicos a la historia española. De escribir su propio fin o de llevarse al hoyo a quien haga falta para mantenerse en el poder. Y así es, lo seguimos viendo.

El sainete de los últimos años de Juan Carlos I produce risa, la caída en Bostwana pudo ser el culmen de la comedia hace una década; los amoríos que le han llevado a perder la cabeza (y la cartera) al (antihéroe) macho español también invitarían a la carcajada de no ser por el tufo machista que desprenden.

Generan rabia e impotencia, sin embargo, las noticias relacionadas con el emérito que han tenido que ver con sus alianzas con sátrapas y líderes internacionales que han hecho de la muerte, la guerra y las constantes violaciones de los derechos humanos más elementales una forma de vida, de gobierno y de negocio. Ni una mueca, tampoco, de sonrisa crea la evidencia de que sus negocios turbios no serán juzgados en España y, posiblemente, en ningún sitio. La constancia de que no somos iguales ante la ley en pleno S.XXI debería llevarnos a una reflexión y, sobre todo, a la acción. La tragicomedia borbónica, ese género tan puramente español, que no nos abandona, ora ríes, ora lloras.

Como cada mes de abril, celebramos el aniversario de la II República. Ya van 91 años desde que en las elecciones municipales se apostara en las ciudades por los partidos republicanos que impugnaban el régimen que coronaba Alfonso XIII y que mantenía la sociedad española en un retraso crónico (político, económico, social...) con respecto a las potencias del entorno.

Los atávicos problemas españoles (grandes capas de población no representadas en el turnismo político, clases populares pauperizadas, el contraste campo-ciudad, las belicosas relaciones con el norte de África, el problema territorial con la punzante cuestión catalana siempre presente, la reacción constante por parte de las élites para cargarse la democracia cuando algo no iba a su antojo...) seguían sin ser solucionados. La Restauración Borbónica estancó los anhelos de avance desorganizados y caóticos de la I República Española.

Alfonso XIII vivió su exilio, tras su salida en 1931, principalmente en París, habitando en lujosos hoteles que podía pagar gracias al dinero depositado previamente en cuentas bancarias suizas e inglesas. La historia no se repite, pero rima, y rima en consonante: "Los Borbones son unos ladrones". En abril del 2018 un grupo de raperos se unía para corear este estribillo en una canción coral y protestar y reivindicar la libertad de expresión y rechazar "la represión" que sufren los músicos condenados por delitos de opinión, como las injurias al rey.

El rechazo que suscita la monarquía en amplias capas de la opinión pública española es un hecho, un fenómeno que, sin embargo, no se ve correspondido en la relevancia que le correspondería en la opinión publicada, en las tribunas y tertulias de la prensa, especialmente de la prensa cortesana madrileña. Sabemos que la opción republicana en el Estado está ligado mayoritariamente a tres cuestiones. Primera, a la generacional, las personas jóvenes quieren menos un sistema monárquico que las mayores. Segunda, a la política, la República es una opción vinculada íntimamente con las opciones de izquierdas. En tercer lugar, la geográfica: las realidades nacionales diferenciadas (sobre todo Euskadi y Catalunya) son mayoritariamente republicanas frente a las regiones mesetarias.

El 12 de octubre de 2020, la Plataforma de Medios Independientes (PMI), de la que forma parte Público, publicaba la primera gran encuesta sobre la monarquía. El CIS dirigido por José Luis Tezanos (a pesar de habérsele requerido en más de una ocasión) se negaba a cuestionar a la población sobre el asunto de la Jefatura del Estado y la última (y única) vez que el instituto público preguntó por la valoración de Felipe VI, el monarca suspendió. Fue en el año 2015, llevaba un añito en el trono.

Más allá del titular (aguó la Fiesta Nacional de hace dos años a la Corte) de que en un supuesto referéndum el 40,9% de los consultados votaría a favor de una república y el 34,9%, de la monarquía, la encuesta organizada por el Instituto 40db dirigido por Belén Barreiro ofrecía deliciosos datos sobre la materia. Así, llama la atención cómo la institución monárquica suspendía en la valoración ciudadana con un 4,3, sin embargo, no era la institución peor parada. En contraste con las Fuerzas Armadas, que obtenían una nota del 6,2, y con un Poder Judicial que rozaba sorprendentemente el aprobado con un 4,7, las peores calificaciones eran para los partidos políticos (3,0), la Iglesia Católica (3,2) y los sindicatos (3,7). El Parlamento (4,2) y los medios de comunicación (4,3) empataban en suspenso con la Monarquía.

Entendiendo la alternativa republicana como aquella que tiene como objetivo materializar y consolidar en la práctica política los valores de igualdad, libertad y fraternidad, estos datos que arrojaba la encuesta de la PMI no eran, en absoluto, halagadores. Si a la república se le presupone una mayor conciencia de la ciudadanía para tomar las riendas de la sociedad, a través de herramientas de participación y conocimiento, la poca confianza que las personas preguntadas arrojaban sobre instituciones laicas como los partidos políticos, los sindicatos, el Parlamento o los propios medios de comunicación es una mala señal. O la ciudadanía no está para repúblicas o las instituciones democráticas (republicanas) sufren un desgaste que debería ponernos en alerta.

Sin olvidar el consejo del historiador Domènech (los Borbones son capaces de crear ellos solos una república con su quehacer cotidiano), no estaría de más que los republicanos nos animáramos en eso de "hacer república", de "construir una alternativa republicana" y no nos jugáramos su llegada al todo o nada del fracaso de los Borbones. Para ello, las mayorías políticas surgidas de las elecciones de noviembre del 2019 sugieren alguna propuesta.

Aquello que Pablo Iglesias quiso llamar una "dirección de Estado alternativa" (incluyendo en ella a ERC, PNV e, incluso, EH Bildu junto a PSOE y Unidas Podemos) podría ser un embrión en la política parlamentaria de esa alternativa republicana. Lo que fue la mayoría de la investidura de Pedro Sánchez a inicios del 2020 muestran una España con dos características: progresista y plurinacional. Una visión de España progresista y plurinacional, por la propia idiosincrasia española, no puede comprenderse sin que fuera esta una apuesta republicana.

Sin embargo, más allá de la evidencia de que el PSOE solo puede ser sumado a esta mayoría porque se necesitan mutuamente para gobernar, llama la atención la falta de proyecto conjunto entre el resto de fuerzas políticas del bloque progresista que, con horizontes nacionales diferentes, tienen mucho más en común de lo que les separa. Entendiendo que los partidos políticos pueden ser aliados y rivales al mismo tiempo, la falta de agenda compartida desde una perspectiva progresista y plurinacional al mismo tiempo que la derecha reaccionaria la va gestando a ojos de todo el mundo es una gran oportunidad perdida. Si UP, ERC, EH Bildu, BNG, Más País... pudieran plasmar en un calendario objetivos y avances que lograr para los que se necesitan y poner de acuerdo a sus bases sociales en ello sería el inicio de un camino, una senda republicana por la que avanzar.

Y, sin embargo, la alternativa republicana necesita mucho más que un acuerdo entre fuerzas políticas (una suerte de nuevo Pacto de San Sebastián). Necesita de organizaciones sociales, instituciones cívicas y ciudadanas que sean capaces de impulsar el debate, la acción política y la integración en la misma a sectores que ahora mismo no se ven seducidos por algo así y, sin los cuales, es imposible. Si un proyecto republicano se diferencia en algo, principalmente, de otro monárquico es que el primero apela a la ciudadanía para dejar de ser subalterna, para tomar las riendas, decidirlo todo de arriba a abajo. Sin debate republicano previo, difícil será encontrar una alternativa republicana.

Y para ello, no solo se trata de poner en el orden del día de la discusión pública la necesidad de poner fin a la monarquía, sino de tratar los temas ciudadanos que la propia ciudadanía se marque. Que los problemas de la gente estén en el epicentro de las conversaciones y que los resultados de las mismas gocen de las herramientas para poderse llevar a cabo y materializarse. Otra forma de debatir, de relacionarse, de encontrarse, de poner en común, de mirar al futuro... ¿Dónde está la alternativa republicana? Pues, no hay respuesta para ello, pero quizás por aquí debamos empezar a buscarla. ¡Salud y república!