Dominio público

La ilusión del aislamiento de Rusia y el riesgo de una nueva Guerra Fría

José Ángel Ruiz Jiménez

Director del Instituto de la Paz y los Conflictos y profesor titular del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Granada.

El presidente ruso Vladimir Putin asiste a una reunión con el primer ministro armenio Nikol Pashinyan (no en la foto) en la residencia Novo-Ogaryovo en las afueras de Moscú, Rusia, el 19 de abril de 2022.- EFE

La guerra de Ucrania nos ha sumergido de lleno en un choque de políticas interesadas, de narrativas periodísticas y de doctrinas de defensa entre, por un lado, los partidarios de Occidente y, por otro, los de Rusia en lo que ya es un conflicto de consecuencias globales gravísimas. Por ello, es necesario contrastar las circunstancias y percepciones tan distintas existentes en ambos bloques. Esto es lógico, ya que la historia, la geografía, las religiones, las tradiciones, los intereses y, por supuesto, los medios materiales de existencia de cada sociedad generan conciencias colectivas con muy diferentes sesgos que, como es natural, implican maneras muy distintas de entender y valorar el conflicto.

La interpretación más extendida entre la ciudadanía occidental sobre la guerra es que Rusia, liderada por un déspota sin escrúpulos como Vladimir Putin, ha invadido Ucrania para anexionarla por la fuerza mediante una guerra de agresión ilegítima. El hecho de que Rusia sea miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, y que por tanto tenga la facultad de paralizar cualquier intervención militar de los cascos azules, así como el que Ucrania no sea miembro de la OTAN, dejan al país agredido en unas condiciones de indefensión absoluta. De este modo, una superpotencia militar está bombardeando ciudades y ensañándose impunemente con población civil. Es por ello que Ucrania ha despertado un tsunami de simpatía que se ha traducido en innumerables acciones solidarias. Estas van desde las iniciativas simbólicas de ciudades que exhiben los colores de la bandera de Ucrania en lugares públicos y de individuos que lo hacen en la imagen de perfil de sus redes sociales, a acciones de Gobiernos orientadas fundamentalmente a acoger refugiados -que ya se cuentan por millones-, al envío de armas para que Ucrania pueda defenderse de la invasión sin que haya una confrontación directa con terceros Estados, y al castigo a la potencia agresora con duras sanciones. En esta interpretación hay una lógica indiscutible, así como una voluntad de hacer justicia y prestar apoyo a un país avasallado por una invasión militar inmisericorde. De ahí que se hayan tomado medidas tan extremas como la exclusión de Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU tras valorarse los  informes de abusos y violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario por parte de Rusia.

El que haya lecturas alternativas del conflicto nos parece incomprensible, cuando no inhumano. Por ejemplo, cuando el Estrella Roja de Belgrado se negó a portar una bandera contra la invasión de Ucrania en el partido de Euroliga disputado el pasado día 3 en Kaunas, fueron abucheados y se convirtieron en protagonistas involuntarios de periódicos de todo Occidente. Su argumento fue que no querían politizar el deporte ni llevar bandera alguna, lo que se entendió como una pobre excusa para lo que en realidad era un injustificable apoyo a la barbarie de Rusia en Ucrania. Este tipo de hechos pueden interpretarse directamente como abierta complicidad con el mal o, si somos capaces de ir más allá, como una manifestación de que existen lecturas distintas acerca de la naturaleza de esta guerra. Y es que, aunque en Ucrania las pantallas de las autopistas que daban información sobre el tráfico ahora exhiben mensajes destinados al invasor como "Soldado ruso, vuelve a casa sin sangre en las manos. Putin está perdido, el mundo entero está con Ucrania", lo cierto es que Rusia no está sola ni aislada. Más allá de su conocida cercanía a China, en países como India, Irán, Brasil, Afganistán, Vietnam, Filipinas, Serbia, Venezuela, Cuba, Eritrea, Sudáfrica o Kenia, existe un elevadísimo nivel de simpatía hacia Rusia en el conflicto. De hecho, fueron nada menos que 40 los países que se negaron a condenar la invasión de Rusia a Ucrania o se abstuvieron en la votación de la ONU, que en este caso es prácticamente lo mismo, y que representan a más de la mitad de la población mundial.

De cualquier modo, más allá de los matices de cada caso, este conjunto de países comparten su justificación al ataque ruso a Ucrania como respuesta defensiva ante el cada vez más estrecho cerco al que la está sometiendo la OTAN, a la que perciben como poderoso brazo militar de las potencias occidentales para someter al resto del mundo. En este sentido, se sienten en parte representados por Rusia y por Putin, al que perciben como el único líder mundial que desafía a los arrogantes estadounidenses y europeos y a su imperialismo globalizador neocolonial.

Además, critican el hipócrita doble rasero de Occidente, protagonista de invasiones, ocupaciones y derrocamientos de gobiernos, caso de Vietnam (1959-75), Panamá (1989) Serbia (1999), Afganistán (2000-2021), Iraq (2003-hoy) y Libia (2011), por citar solo algunos de los más conocidos. Les parece indignante que quienes ahora se rasgan las vestiduras por la invasión de Ucrania, nunca se plantearan condenas ni sanciones a los protagonistas de aquellas violencias, que tanto daño causaron a los países que las sufrieron. También denuncian que el intervencionismo ruso en su extranjero cercano es sumamente modesto comparado con las doctrinas estadounidenses del gran garrote, de la seguridad nacional y de la agresión positiva, por las que EEUU se ha arrogado el derecho a actuar militarmente allá donde sus intereses se vean afectados, así se trate de países lejanos que no hayan atacado a EEUU ni supongan una amenaza directa para ellos, caso de los anteriormente citados. Tampoco respetan las protestas occidentales por la brutalidad de los ataques rusos a ciudades y civiles ucranianos, pese a que se hayan usado bombas hipersónicas, de racimo y de vacío, siguiendo la doctrina Grozni. Ésta, perfeccionada por Rusia en Alepo, consiste en destruir las ciudades impidiendo así la temida guerrilla urbana. Contraargumentan que eso no es peor que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, las de Napalm en Vietnam o la ofensiva de conmoción y pavor usada contra la población urbana de Irak, con bombardeos tan intensos que los defensores morían o acababan extenuados, mientras los civiles, incluso los más rebeldes, quedaban reducidos a tales niveles de pánico y miseria que agradecían el alivio que suponía la rendición.

Asimismo, censuran la impostura de Occidente cuando enfatiza que es imprescindible actuar en Ucrania por el alto número víctimas civiles que se están causando, cuando hay guerras más cruentas en curso, caso de República Centroafricana o Yemen, ante cuyos muertos sólo ha mostrado indiferencia o incluso ha aprovechado la oportunidad para hacer negocio vendiendo armas están causando principalmente víctimas civiles. Condenan que el caso de Ucrania es distinto para Occidente sólo porque le permite, suministrando material bélico al gobierno de Kiev por razones supuestamente humanitarias, que estas víctimas en particular puedan desgastar a su enemigo, Rusia, convirtiéndose involuntariamente en carne de cañón útil a Occidente mientras luchan por proteger su territorio nacional.

Como ejemplo ilustrativo, baste decir que escribo este artículo desde Serbia, uno de estos países, donde gran parte de la prensa escrita y audiovisual apoya las tesis rusas que justifican la invasión, mientras se denuncia lo sesgado de la prensa occidental. Un ejemplo de esto fue el partido de liga disputado por Estrella Roja de Belgrado y Kolubara en el estadio Rajko Mitic, el más importante de Serbia, el pasado 20 de marzo, donde unas pancartas no exentas de sarcasmo recorrían varias filas de las gradas citando todas las intervenciones militares estadounidenses en terceros países para concluir con la frase en inglés give peace a chance (da una oportunidad a la paz).

Volviendo al mencionado partido de Kaunas, en Serbia resulta indignante la condena global a la negativa del Estrella Roja a oponerse activamente a la invasión de Ucrania. Y es que en el resto del mundo no solo nadie recuerda, sino que en su momento se ignoró un precedente muy llamativo. Cuando el 31 de marzo de 1999 se disputó en el Palau Blaugrana de Barcelona la final de la Copa Korac de baloncesto entre el FC Barcelona y el Estudiantes de Madrid, la OTAN estaba bombardeando Serbia sin autorización del Consejo de Seguridad y violando la Carta de las Naciones Unidas. Se trataba de una operación a gran escala en apoyo al movimiento independentista de los guerrilleros albaneses del UÇK frente a una entonces Yugoslavia que trataba de preservar su integridad territorial. El país, entonces víctima de una grave crisis económica y que apenas contaba con 9 millones de habitantes, se veía así atacado por el mayor ejército de la historia en una guerra de agresión ilegal. El FC Barcelona contaba con dos jugadores serbios, Aleksandar Djordjevic y Milan Gurovic, que eran sus estrellas y que resultaron decisivos para ganar la competición. Tras la victoria, ambos exhibieron sendas pancartas en las que se podía leer Stop the War. Ni el equipo rival, ni el público, ni la prensa, ni siquiera sus compañeros hicieron otra cosa que ignorarlos, convencidos de que se trataba de una guerra humanitaria. EEUU terminaría dictando las nuevas fronteras de Serbia desposeyéndola de Kosovo, donde instaló la base militar de Camp Bondsteel, la más grande que posee fuera del país americano. Rusia, debilitada e impotente bajo el Gobierno de Boris Yeltsyn, fue incapaz de auxiliar a su aliado balcánico y sintió la humillación de que EEUU hiciera y deshiciera a su antojo en su área de influencia histórica sin que la ONU, la sociedad civil occidental ni la comunidad internacional reaccionasen, o más bien lo hicieran sólo enviando ayudas millonarias a los albanokosovares. De ahí que al Estrella Roja serbio le pareciera casi vejatorio que quienes contemplaron con indiferencia cómo se bombardeaban objetivos civiles de su país en una guerra ilegal que partió en dos su territorio nacional, ahora les exigieran la solidaridad que les habían negado. El argumento de la OTAN en Kosovo es que se estaba cometiendo un genocidio contra los albaneses que vivían en Serbia. El mismo que Putin ha rescatado oportunamente para dividir Ucrania en 2022, devolviéndole a EEUU, con sus propios argumentos y proceder, la jugada de Kosovo, como ya hizo anteriormente en las georgianas Osetia del Sur y Abjasia (2008) y en la ucraniana Crimea (2014).

Así sea algo aparentemente anecdótico, añado una experiencia personal de hace unos días, extraída de entre muchas otras: un pope ortodoxo, conversando con unos feligreses, les dijo tranquilamente "Gracias a Dios por enviarnos a Vladimir Putin", lo que fue recibido con toda tranquilidad por sus interlocutores.

En cualquier caso, no deja de llamar la atención que en todos estos países que muestran apoyo a Rusia y a la vez se perciben como adalides de la justicia y la ética frente al neoimperialismo occidental, rara vez se cuestione la naturaleza autoritaria, cleptócrata y represiva del régimen de Putin.

La semana pasada realicé una estancia como profesor visitante en Sarajevo. La ciudad se encuentra dividida entre la zona oeste, poblada mayoritariamente por bosnios musulmanes, y la zona este, donde se concentra la población serbia. Cada una tiene su propia Universidad, y me resultó tan llamativo como alarmante que incluso en un ambiente de gente joven, culta, viajada y políglota, tratándose además de dos comunidades que prácticamente comparten el mismo espacio, sólo encontrase partidarios de Rusia en la Universidad de Sarajevo Este (serbia) y de Occidente en la de Sarajevo (musulmana). Naturalmente, la mayor impresión que me llevé del viaje fue ver cómo la ciudad parece una reproducción a escala del mundo bipolar al que nos vamos acercando. Y es que estamos en un diálogo de sordos, en dos cámaras de eco donde la información, ideas y narrativas se transmiten en un sistema cerrado donde las visiones diferentes son ignoradas, censuradas, prohibidas o minoritariamente representadas. Consecuencias como la exclusión de Rusia del Comité de Derechos Humanos de la ONU no son sino pasos que nos van acercando a una bipolaridad en la que incluso el sistema de Naciones Unidas está en serio riesgo de colapsar en beneficio de dos bloques enfrentados, en permanente carrera armamentística y convencidos de su superioridad moral en una suerte de nueva y peligrosa Guerra Fría.