Dominio público

Le Pen hace años que ganó

Miquel Ramos

Carteles electorales de Emmanuel Macron y Marine en un colegio electoral. - EFE/EPA/SALVATORE DI NOLFI

La segunda vuelta de las elecciones en Francia se presenta como un déjà vu. Ya vivimos esto, la historia se repite como farsa, como recordaba Enric Bonet en El Salto esta semana. Y creo que es una sensación compartida por quienes observamos con desgana cómo Francia se debate una vez más entre el continuismo neoliberal y liberticida y la extrema derecha de siempre, cada vez más normalizada en el resto del planeta. A ningún demócrata le debería parecer menor que una de las mayores representantes de la ultraderecha gobierne un país, nuestro país vecino, pero las reiteradas alertas desde algunos frentes sobre la amenaza de la ultraderecha ya no producen ni escalofríos. Es más, incluso han llegado a resultar inocuas. Sobre todo, cuando quienes alertan sobre sus peligros nada tienen que envidiar de las propuestas autoritarias y las retóricas supremacistas de los ultraderechistas.

Esta misma semana, tres líderes socialdemócratas europeos alertaban una vez más sobre la posible victoria de la ultraderecha: Pedro Sánchez, António Costa y Olaf Scholz firmaban un texto que publicó El País sobre los riesgos que corría Europa si Le Pen llegaba al Elíseo. Usando como barniz los lazos que unen a la lideresa ultraderechista con Vladimir Putin, una de las armas arrojadizas de esta campaña con el telón de fondo de la invasión de Ucrania, presentan a Le Pen como la anti-Europa y el chovinismo nacionalista contrario a la Unión Europea que ya obtuvo su aval en Reino Unido con el Brexit. Es verdad que Le Pen representa una parte de lo peor de Europa, haciendo bandera del racismo y de la intolerancia hacia determinados colectivos, pero es que su existencia sirve para blanquear a quienes hacen lo mismo que ella predica, pero adornándolo de retórica ilustrada.

No creo que sean iguales Macron y Le Pen, ni que no sea peligroso que la ultraderechista llegue al poder, pero no somos pocos quienes nos negamos a regalarle a Macron la representatividad de "lo correcto" o de "los valores europeos" frente a la barbarie neofascista. Macron, como la mayoría de liberales, conservadores y una gran parte de la socialdemocracia, hace años que le regalaron otras victorias a la ultraderecha, aunque pinten de triunfo haber impedido su victoria electoral. Otra cuestión es quién decide qué son los "valores europeos", o incluso "el estilo de vida europeo" que una vez se atrevió a reivindicar Von der Leyen hablando sobre migraciones y demostrando como Europa había comprado el lenguaje y los marcos de la extrema derecha.

Le Pen y el resto de ultraderechas comparten con Macron y los socialdemócratas un proyecto europeo muy parecido, absolutamente neoliberal, racista e inofensivo para las elites. Por muchas fotos que se hagan los ultraderechistas con obreros, y por mucho que algunos los voten, sus políticas no van a cambiar ni un ápice los privilegios de las grandes fortunas ni el orden racista y capitalista. Lo explicó brillantemente Aldo Rubert en Público recientemente, ante las habituales tentaciones de la bancada rojiparda de presentar a Le Pen como la que "de verdad" se preocupa por las cuestiones de clase (nacional, por supuesto), no como la izquierda, que, según ellos, se pasa el día con mariconadas identitarias. No aprendieron nada de los cantos de sirena de un papanatas como Fusaro, que, tras dar varias charlas para nazis en Italia, se vino a Barcelona y se la coló por la escuadra, logrando sus aplausos mientras compartían asiento con viejos líderes del neofascismo español en su charla hace unos años.

La misma farsa es la que entrona a Macron como el dique contra la ultraderecha. Quizás la perversa dicotomía que encierra este sistema electoral que te hace elegir entre el malo y el menos malo sea un mero trámite que hay que pasar rápido, pero no nos debe hacer perder el norte una vez pase este mal trago. Y es que Le Pen y sus imitadores hace tiempo que ganaron en Europa. Aunque no hayan llegado a gobernar, sus discursos, sus marcos y sus temas estrella han sido abrazados, normalizados y ejecutados por el resto de una manera no muy diferente a la que ella plantea. Solo hay que fijarse en algunos detalles que revelan cómo la metástasis neofascista es real. Y se demostró incluso en el debate electoral entre los dos candidatos, cuando los artífices del espectáculo pusieron en el mismo bloque de cuestiones a tratar la migración y la inseguridad. Punto para Le Pen antes de empezar. Cortesía de la cadena. Aquí, los medios de comunicación tienen siempre un papel estrella en cómo se enmarcan determinados asuntos. Y ya hace demasiado tiempo que no hacen más que sembrar las semillas del neofascismo en su menú diario, inmersos en temas de seguridad, en un racismo constante e insultante y en una normalización y blanqueamiento del odio como una opción democrática y legítima. Es más: la aparición de un personaje todavía más siniestro y desagradable que Marine, el fascista Éric Zemmour, sirvió para presentar a la hija de Jean Marie como moderada.

Le Pen ya ganó, insisto. Hace ahora tres años, recuerdo a Borrell denunciando que la migración era "el disolvente más grave de Europa". Sí, el mismo Borrell que hoy se llena la boca de derechos humanos con los refugiados ucranianos, usaba las mismas palabras que la ultraderecha para referirse a las personas migrantes. Pero no es tan solo retórica su victoria. Las políticas de fronteras europeas de conservadores y socialdemócratas no tienen nada que envidiar a las que propone la extrema derecha. Lo contaba Luisa Izuzquiza en Público en una entrevista de José Bautista sobre la batalla legal de esta y otras activistas contra Frontex.

Macron fue también aplaudido por una parte de la izquierda cuando propuso una ley "contra el separatismo islamista". El secuestro y la perversión del laicismo por parte de la extrema derecha ha sido aceptado por una parte de la sociedad que confunde la neutralidad del Estado con la intolerancia religiosa. Un laicismo que, en la práctica, solo suspende derechos a una parte de la población: la más estigmatizada, perseguida y marginada. El enemigo interno que para una parte de Europa son las personas musulmanas como durante siglos fueron los judíos, como advierten numerosos estudiosos de la extrema derecha como Enzo Traverso, Robert O. Paxton y todo aquél que recuerde cómo se articuló el antisemitismo durante siglos, y más recientemente con el nazismo.

Esa ley ilustrada que supuestamente ponía coto a la supuesta "islamización" de los barrios pobres franceses, ha servido recientemente para intentar ilegalizar a un grupo antifascista. Como pasa aquí con la legislación de delitos de odio, que se ha convertido en un arma de doble filo que persigue también a quienes combaten el odio. Y siguiendo con la perversión de las leyes y sus retóricas, no hay que olvidar que la campaña por el boicot, las sanciones y las desinversiones de Israel en protesta por su política de apartheid y sus constantes violaciones de la legalidad internacional, ha sido perseguida y acusada de ser antisemita, igual que otros colectivos antirracistas, propalestinos y de derechos humanos. Todo en nombre de la liberté, la fraternité y todo eso, ya saben.

El proyecto neoliberal de Europa necesita a más Le Pen, Zemmour, Abascal, Orban y sus semejantes. Su espantajo funciona y presenta el orden capitalista como un mal menor ante un fascismo que, en la práctica, no es más que su principal valedor y garante. Y esta no gana cada vez más solo porque la izquierda falle algunas veces, sino porque al establishment le viene de perlas y se dedica a promocionarla y a blanquearla comprando su mercancía. Por eso, cuando los tres líderes socialdemócratas que firmaron la citada carta alertaban sobre su peligro, metieron con calzador una vez más a "los populistas" junto a la extrema derecha. Una manera de referirse a las izquierdas transformadoras sin mencionarlas, pero poniéndolas en el mismo plano que a las extremas derechas. Mientras Le Pen les viene bien para reivindicarse como garantes de la democracia frente a la amenaza ultraderechista, las izquierdas, que en Francia han estado a un paso de llegar a la segunda vuelta, son la única alternativa real, social y popular al binomio fascismo-neoliberalismo que tan bien les está funcionando para conservar los privilegios de los de siempre.