Dominio público

El increíble Sánchez menguante

Sato Díaz

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados. REUTERS/Susana Vera
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados. REUTERS/Susana Vera

"Este hombre es impredecible". Esta idea protagonizaba muchos comentarios y análisis periodísticos cuando el sábado 10 de julio del 2021 se conocían por sorpresa los profundos cambios en el Gobierno que llevaba a cabo el presidente. De golpe, Pedro Sánchez largaba del Consejo de Ministros a fieles colaboradores suyos, como Carmen Calvo y José Luis Ábalos. Sobre todo, llamaba la atención la despedida fulminante de su mano derecha, Iván Redondo, entonces su director de Gabinete, quien había sido fiel escudero y estratega de sus andanzas desde poco después de aquel fatídico 1 de octubre de 2016, día que Sánchez era defenestrado de la Secretaría General del PSOE en aquel espectacular Comité Federal en la sede de Ferraz.

Y es que Sánchez se ha labrado una imagen política ligada a intangibles como ‘resistencia’, ‘valentía’, ‘irreverencia’, ‘superación’... desde que, enfrentándose a todo el aparato del partido en mayo del 2017, ganara las primarias contra pronóstico a Susana Díaz. ‘Impredecible’, ‘valiente’... calificativos que también sirven en el imaginario colectivo para explicar la personalidad del primer presidente de la democracia que abrió las puertas de la Moncloa a un Gobierno de coalición, a principios del 2020, tras el acuerdo firmado con Pablo Iglesias y Unidas Podemos después de las elecciones generales de noviembre de 2019. Quiso hacerlo antes con Albert Rivera, todo hay que decirlo, porque otra de las características de este político es su volatilidad (digámoslo así) ideológica.

En la misma línea y con epítetos parecidos se derretía la prensa progresista afín al PSOE con el presidente cuando en el verano del 2021, pocos días antes de aquella remodelación de Gobierno, ejecutaba los indultos a los presos políticos catalanes. El hervidero de Madrid era mayoritariamente contrario a esta medida para destensar el conflicto catalán; la prensa cortesana y de derechas atizaban con furia contra Sánchez, y creyó ver un clima parecido a la movilización de ‘la foto de Colón’ en febrero del 2019. Aquel invierno, una prensa derechista enconada y un nacionalismo español ruidoso doblegaron al "todopoderoso Sánchez", a quien le temblaron las piernas y convocó elecciones anticipadas antes que encontrar un mediador (o relator) para que estuviera presente entre Gobierno y Govern, Moncloa y Generalitat, como punto de partida para iniciar el diálogo tras los momentos más tensos del procès.

ERC no votaría los presupuestos del Gobierno en solitario de Sánchez y el PSOE llamó a las urnas bajo el mantra de "que llega la ultraderecha". Consiguió, con esta táctica, en abril del 2019 unos resultados espectaculares (también le iría bien en las autonómicas y municipales de mayo). La ultraderecha todavía no había despertado del todo (Ciudadanos seguía siendo algo) y los resultados de Vox (como la asistencia a la manifestación de la Plaza de Colón) fueron un bluf.

El ambiente actual recuerda en algo a la de aquel invierno-primavera de 2019, con el conflicto catalán como telón de fondo, la cuestión atávica sin resolver. Sin embargo, hay dos matices: en aquel momento Sánchez reaccionaba con agilidad; además, ahora la ultraderecha ya está consolidada como tercera fuerza política del Estado y las encuestas arrecian vientos de estribor que sitúan a Alberto Núñez Feijóo en la Moncloa gracias a la suma de PP y Vox. Ante este espectáculo, un Gobierno de coalición que ha tenido que lidiar con la más inesperada de las marejadas (una pandemia mundial) y con un incombustible incendio (una guerra en Europa cuyas consecuencias económicas, políticas, sociales y culturales son aún un enigma), parece no conseguir amarrar con fuerza el timón.

En 1957, Richard Matheson llevaba al cine su novela El increíble hombre menguante y se convirtió en una película de culto. El protagonista (Grant Williams) disfrutaba junto a su esposa (Randy Stuart) de un apacible día en barco cuando una extraña niebla le rodea. Desde entonces, él no deja de menguar y se hace cada vez más pequeño, y más pequeño, y más pequeño... Los médicos no encuentran solución para su extraña dolencia y el diminuto humano ha de adaptarse a la nueva e inesperada situación.

Sánchez ha sido un político del que destacaba, entre otras características, la capacidad de adaptación y de tesón ante circunstancias de las más dispares (pandemia y guerra mediante). Sin embargo, el ‘caso Pegasus’ ya dura más de dos semanas y no ha logrado tomar las riendas del asunto, que se va haciendo cada vez más grande. Cuando en 2020 se conformó el Gobierno de coalición, apoyado por la mayoría parlamentaria de la investidura (progresista y plurinacional), uno de sus principales retos era encauzar una salida al contencioso catalán.

Parece que Sánchez, en esto, se ha estancado. En el ‘caso Pegasus’ no acaba de reaccionar, su figura también parece menguante. Como si le vinieran grandes los problemas derivados de la propia idiosincrasia del Estado español y de su estructura profunda, como si no quisiera meter la tijera en estos asuntos, aunque la mayoría que le sustenta en el poder le obligue a hacerlo. A pesar de los evidentes logros en el plano europeo (un ejemplo al ser el primer país en recibir los Fondos Europeos o el reconocimiento a la Península Ibérica de ‘isla energética’), las profundidades del Estado le empequeñecen. Si sigue menguando su capacidad de reacción, el problema será cada vez más grande. Y la coyuntura política no acompaña en absoluto.