Dominio público

Ingobernables

Miquel Ramos

Kasa de la Muntanya, en Barcelona. MIQUEL RAMOS.
Kasa de la Muntanya, en Barcelona. MIQUEL RAMOS.

Volvía a Madrid tras una bonita tarde en Barcelona, en la Kasa de la Muntanya, un antiguo cuartel de la Guardia Civil situado muy cerca del Parc Güell okupado desde 1989. Las redes sociales anunciaban la okupación de un edificio en pleno centro de Madrid, propiedad de UGT, que pretendía vender a una cadena hotelera para sacar una buena tajada de su patrimonio. Lo que toda la vida se ha llamado especular. Sin embargo, la gente de La Ingobernable (que ya fue desalojada ilegalmente en 2019, como sentenció el Tribunal Supremo hace dos días), pedía a UGT que se reuniese con ellas para hablar y encontrar una solución negociada. La ilusión de ver cómo se acababa de recuperar un espacio por y para el pueblo, fue breve.

Desde la terraza de la Kasa de la Muntanya se observa la ciudad entera, atravesada por feos edificios que rompen el horizonte y lo vuelven gris. Pero giras la vista y ves los muros del centro social repletos de colores. Dos milicianas republicanas que sonríen, inmortalizadas por el muralista Roc Blackbloc, ocupan toda una fachada del antiguo edificio. A sus pies, otro muro exhibe el Gernika de Picasso bajo la leyenda Ofensiva Antifa. Las personas que se hacen cargo a diario del centro social más antiguo de la ciudad preparan la cena mientras decenas de personas debaten sobre antifascismo en este emblemático lugar donde se ha cocido gran parte de este movimiento en Barcelona. Durante varios minutos tuvimos un sospechoso dron sobrevolando nuestras cabezas. No sé si escucharon o retrataron lo que quisieron, pero no teníamos nada que esconder. Eso sí, la escena era bastante distópica.

La gente que okupó el sábado el edificio en Madrid y quienes se concentraron para mostrar su apoyo fueron pronto cercados por la policía. Se les encapsuló y no les dejaban ir ni al baño, ni a por comida, en plena vía pública. Cientos de personas mostraban su apoyo en redes, y a lo largo del día seguía llegando gente a pesar de las restricciones para acceder al perímetro. Se insistía a UGT para que se presentase allí a hablar. Incluso sus juventudes lo pidieron. Nada. Silencio absoluto. También silencio de quienes se supone, nacieron y se nutrieron de activistas sociales y que hoy en día ocupan escaños en el Ayuntamiento de Madrid y en el Congreso de los Diputados. Ni un solo tuit de Podemos ni de Más Madrid. Silencio absoluto.

Fue a las diez de la noche cuando el sindicato dijo por fin la suya a través de un comunicado: que quienes okupaban el edificio eran miembros de "un grupo de ultraizquierda radical", y comparaban la acción con el asalto a la sede del sindicato italiano CGIL en Roma por parte de grupos neofascistas meses atrás. Ahora, quienes pretendían dar un uso social y comunitario al edificio de la calle Hortaleza, estaban atentando, según UGT, contra "los intereses de las personas trabajadoras de este país". Porque construir otro hotel en el centro de Madrid es lo que necesita la clase trabajadora de este país, a la que este moribundo chiringuito se arroga su representación por sus santos cojones.

No hubo diálogo. De hecho, hasta se podrían haber ahorrado este infame comunicado (echad un ojo a la cantidad de fascistas que les dan me gusta y lo retuitean) y hacerse los suecos, como la izquierda institucional, mientras hacían lo que hicieron, es decir, llamar a la policía para que echase a los activistas, a los que sólo les faltó llamarlos guarros o perroflautas. Y eso que, según un comunicado de La Ingobernable: "Esta operación especulativa se ha realizado con la connivencia del Ayuntamiento de Almeida, que, mediante la aprobación en pleno de un Plan Especial para el edificio, permitía el cambio de uso del suelo a hospedaje en régimen exclusivo. Además, se aprobó la reestructuración de un edificio con protección patrimonial." El domingo por la mañana ya estaban fuera. Desalojados. Ya pueden seguir vendiendo el edificio para hacer su hotel, su casino o su marisquería.

Estos que no han tenido ni la decencia de sentarse a hablar no entienden o no quieren entender lo que significa la acción de recuperar espacios por y para el pueblo, usan el mismo lenguaje que los fascistas y los especuladores para esquivar incluso el diálogo. Viven al margen de los movimientos sociales porque su negocio va bien y les permite vestirse todavía de representantes de la clase obrera mientras llevan años callados y bien dóciles ante el Gobierno, a pesar de las múltiples razones que deberían haberlos motivado para salir a la calle y montar 80 huelgas generales. Es que ahora gobiernan ‘los buenos’, y si les metemos caña, vendrá la derecha. Y cuando llegue, los acusará de ser ‘ultraizquierda radical’, les quitarán subvenciones y los condenará al ostracismo, sin medallitas que colgarse por cuatro migajas concedidas sin ni siquiera una protesta, tan solo dando la patita y recibiendo una galletita. Como mi perro.

Quienes tenemos la suerte de haber conocido de cerca los movimientos sociales sabemos que estas puñaladas son siempre previsibles, que nunca sorprenden. Eso sí, sirven para retratar a más de uno, como quedaron retratados ayer unos por su comunicado de mierda y otros por su silencio, también de mierda. Y no os creáis que esto es una derrota. Para nada. Lo de este fin de semana es una alegría. Porque demuestra que sigue habiendo gente, movimiento, que se niega a permanecer impasible mientras todo arde, gobierne quien gobierne. Que toma partido, que da la cara y se la juega, mientras otros ponen el cazo o se hacen los suecos. Unos viven de ello. Otros lo hacen por amor. Por convicción.

Mientras, la Kasa de la Muntanya continúa en marcha. Como La Molinera en Valladolid o La Casa Invisible en Málaga a pesar de las amenazas de desalojo para especular con los edificios. Como La Animosa en Madrid, o el CSOA L’Horta en València, que resiste a pie de huerta en un terreno labrado por los vecinos donde crecen las lechugas y los tomates que han plantado los vecinos de Benimaclet ante la amenaza de más asfalto y hormigón. Y muchos otros centros sociales que existen en varias ciudades. Quienes llevan adelante estos proyectos son ingobernables. Da igual quién ocupe las instituciones. Su trabajo está en la calle, con la gente, no en los despachos, y no bajan la persiana cuando las calles arden para no ver lo que sucede y creer que así no les va a llegar la ceniza. Una lástima su silencio, pues quienes hace años hicieron creer a mucha gente que ellos recogerían ese espíritu rebelde para llevarlo a las instituciones, hoy se han escondido bajo la mesa. Por eso, la palabra ingobernable cobra hoy más sentido que nunca. Van a seguir estando, le pese a quien le pese. Y todavía hay demasiados edificios vacíos en este país y mucha rabia, muchas ganas y mucha imaginación capaz de transformar lo más feo y la situación más adversa en un impulso, en un reto. En una victoria. Volveremos.