Opinion · Dominio público

Socialismo activador

Antonio Estella
Catedrático Jean Monnet de la Universidad Carlos III de Madrid
Ilustración de Enric Jardí

A la hora de reflexionar sobre la necesidad de renovación del pensamiento socialdemócrata, es necesario partir de la siguiente creencia: la gente está convencida de que su futuro será peor que su presente. Esta creencia está instalada en toda la sociedad, es independiente de la actual situación de grave crisis económica que padecemos (aunque ha sido amplificada por ésta), y afecta sobre todo a los más jóvenes. La socialdemocracia tiene que ser capaz de invertir esta creencia. Tiene que ser capaz de prometer que el futuro será mejor que el presente. Tiene que ser capaz, en definitiva, de reactivar la esperanza y la ilusión de los ciudadanos en la constante mejora y perfección de nuestras sociedades. La idea de socialismo activador, que yo defiendo en estas páginas, no solamente sirve para reformular los fines que pretende la socialdemocracia (un futuro mejor que nuestro presente y nuestro pasado), sino que también puede servir de eje sobre el que reorientar una profunda revisión de los instrumentos que necesitamos para encaminarnos hacia ese objetivo.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la socialdemocracia ha tenido éxito en Europa porque, a pesar de su aceptación del mercado, prometió su modulación a través del establecimiento y desarrollo de un conjunto de políticas que estaban dirigidas a paliar sus efectos más negativos. La expresión más clara de ese conjunto de políticas se denomina Estado del bienestar. A través del Estado del bienestar, la socialdemocracia prometía una salvaguardia casi completa frente a los riesgos de “caída” del sistema. Si caías enfermo, entonces el Estado te protegía a través de su sistema público de salud. Si caías en paro, entonces el Estado te protegía a través del seguro de desempleo. Si llegabas a una edad determinada, entonces el estado te protegía a través de un potente sistema de pensiones públicas. El Estado era el garante del bienestar de los ciudadanos, protegiéndoles frente a las contingencias que pudieran ir surgiendo a lo largo del ciclo de la vida.

Por importante que haya sido, la nueva socialdemocracia no puede quedarse simplemente en la defensa de la vertiente “pasiva” del Estado del bienestar. Y no puede hacerlo, fundamentalmente, porque las políticas ligadas a esa compensación que la socialdemocracia ofrece frente a los efectos más negativos derivados de la aceptación del mercado, tienen que tener un perfil mucho más activo, mucho más activador. A partir de ahora, la socialdemocracia tiene que poder prometer que hará todo lo posible para que nadie caiga del sistema, y si cae, tiene que poder prometer que hará todo lo posible para que quien haya caído se vuelva a insertar en él. La socialdemocracia tiene que ser una barrera frente al fracaso, no solamente un mero remedio una vez que éste se ha constatado.

Esta nueva orientación de la socialdemocracia, que supone el socialismo activador, plantea una agenda de reformas muy interesante. Es crucial ponerlo de manifiesto, justo ahora, cuando se pensaba que la socialdemocracia se había quedado sin agenda política. El punto de partida de dicha agenda consiste en situar al Estado en el centro de esta gran acción activadora. Para empezar, en materia económica, el Estado tiene que cumplir un papel esencial a la hora de establecer los incentivos adecuados para que las actividades económicas más sostenibles, que mejor garantizan que nuestro futuro vaya a ser mejor que nuestro presente, sean privilegiadas sobre aquellas que no lo hacen, que miran solamente al corto plazo. En este sentido, es fundamental recuperar sin miedo la idea de política industrial.

Además de ello, las políticas sociales, la parte más exquisita de la tradicional herencia socialdemócrata, tienen que estar mucho más orientadas a la prevención de las contingencias que puedan ir surgiendo en el futuro, más que a paliar sus efectos. Y una vez que surjan, deben estar orientadas a intentar dejar a la persona en una situación al menos similar a aquella en la que estaba antes de que surgiera la contingencia de que se trate. Los ejemplos son variados, y afectan de lleno al corazón de las políticas que la socialdemocracia ha defendido tradicionalmente. En materia de salud, no bastará con poner el acento en desarrollar un sistema sanitario que atienda a una persona cuando tiene un infarto a los cuarenta años. Es más importante, si cabe, intentar que el surgimiento de esa contingencia se retrase lo más posible en el tiempo. Será fundamental, por tanto, poner el acento en la prevención, más que en la actuación a posteriori. En materia de educación, uno de los elementos fundamentales es la movilidad social de las personas, existe la evidencia cada vez más contundente que indica que los esfuerzos deben realizarse, sobre todo, en los primeros años de la vida, específicamente, desde los cero a los seis años. A partir de ahí, los esfuerzos por limitar o paliar las desigualdades fruto del origen social se diluyen en mucha mayor medida, son menos eficaces. La idea es la misma: activemos nuestros recursos en las primeras etapas de la vida y replanteemos si, en un entorno de recursos escasos, deben de aplicarse con la misma intensidad en las etapas posteriores de la educación de las personas. El último ejemplo lo constituyen las políticas de desempleo: no será suficiente con proteger a través de los seguros de desempleo. Por el contrario, deberemos activar a los desempleados, a través de la reorientación de las políticas de desempleo en políticas de recapitalización de las personas que sufren esta situación.

En definitiva, la idea del socialismo activador nos invita a realizar una reflexión profunda sobre la necesidad que la socialdemocracia tiene de cambiar el foco sobre dos cuestiones fundamentales: cuáles son los fines de nuestra sociedad y qué instrumentos son válidos para llegar a ellos de la forma más eficaz posible.