Dominio público

Los ecos de Mauthausen en Buffalo

Miquel Ramos

Una mujer escribe un mensaje con tiza en un monumento improvisado fuera del mercado de Tops el 15 de mayo de 2022 en Buffalo, Nueva York. Un hombre armado abrió fuego ayer en la tienda matando a diez personas e hiriendo a otras tres. Se creía que el ataque estaba motivado por el odio racial. Scott Olson / Getty Images / AFP

El atentado racista del pasado sábado en Buffalo (EE.UU) que acabó con la vida de diez personas e hirió a decenas, tan solo mereció una simple nota de sucesos en la mayoría medios generalistas. Llueve sobre mojado. Por una parte, se repite el mantra del ‘tiroteo’, una manera de esquivar la palabra ‘atentado’, solo reservada para terroristas, eso es, a personas musulmanas o de otro color de piel. Los blancos son simples enfermos. Los blancos de derechas, solo cuando están locos, son capaces de cometer tamañas atrocidades. Los de color oscuro o dios extraño son fanáticos por naturaleza, por su cultura, quieren decir.

Este terrible atentado tuvo lugar el mismo día que se llevó a cabo el homenaje anual a las víctimas del campo de exterminio de Mauthausen, en Austria, al que asistimos miles de personas de distintas partes del mundo tras dos años sin celebrarse por la pandemia. Ante el monumento a los republicanos españoles (cerca de 7.000 fueron deportados a los campos nazis) que se encuentra en la entrada del campo junto al resto de Estados, uno de los oradores recordó la naturaleza del nazi-fascismo que llevó al exterminio de millones de personas: los artífices del genocidio no eran ignorantes. Ni mucho menos enfermos mentales. Eran personas cultas, bien formadas, que sabían perfectamente lo que hacían y que tenían un proyecto de sociedad bien claro y perfectamente diseñado. Y para llevarlo a cabo, se tenía que estigmatizar, perseguir, capturar, esclavizar y exterminar a una parte de la población. Nada que Occidente no hubiese hecho antes en otros continentes durante la colonización, solo que esta vez, lo hizo con ciudadanos europeos. Primero hubo que deshumanizarlos. Después, la sociedad aceptaría lo que fuese. Y así fue.

Este proyecto excluyente, este discurso de odio y esta deshumanización sigue hoy vigente y de distintas formas asentado en el mismo continente donde se construyeron infinidad de campos como el de Mauthausen. También en España, donde además, no existen museos ni memoriales donde nos concentremos cada año bajo amparo institucional reivindicando el Nunca Más que rubricaron los supervivientes del nazi-fascismo. Hoy, el neofascismo sigue el mismo guion que entonces con otros colectivos, y amparado por la misma indiferencia y equidistancia que hicieron posible el Holocausto, la colonización y los genocidios. Los doce principios que Josef Goebbels, el propagandista de Hitler plasmó y llevó a cabo, se repiten hoy con otros actores y bajo la aceptación y la banalización de la mayoría: MENA, inmigrantes, feminazis, separatistas, moros, gitanos y los que toquen cada vez.

La Teoría del Gran Reemplazo, el Plan Kalergi y otras similares son conspiranoias semejantes a la de los Protocolos de los Sabios de Sion que usaron los nazis para reforzar el antisemitismo ya latente. Esta idea ha sido la que ha inspirado al terrorista norteamericano para asesinar a diez personas negras. Lo que a muchos les parece una chaladura es el mantra que desde hace años usa la extrema derecha para estigmatizar a las personas migrantes y musulmanas, y que se ve reforzado a diario por los medios de comunicación cuando estigmatizan a determinados colectivos. Este supuesto plan estaría urdido por unas élites ocultas (judías, por supuesto) para substituir a la población blanca en Europa por inmigrantes, diluyendo la raza a través del mestizaje y substituyendo la cultura cristiana por la sharía gracias a la izquierda ‘buenista’ que abre fronteras y es complaciente con el Islam. Por eso Breivik ejecutó a 69 adolescentes del partido socialista, los futuros dirigentes de la socialdemocracia noruega; por eso Tarrant entró en una mezquita y mató a 51 personas; y por eso, el asesino de Buffalo ha matado a diez negros, como ya hizo otro neonazi en Hanau, Alemania, en 2020 matando a once personas.


Cansa repetirlo cada vez que hay un atentado neonazi, pero ante la banalización reinante y la normalización de quienes difunden estas ideas, algunos nos lo tomamos como una obligación, y lo repetiremos las veces que haga falta: el terrorismo de extrema derecha es la principal amenaza violenta actual, y estos últimos años se ha incrementado de forma alarmante, superando incluso al terrorismo de corte religioso. Además, las ideas que nutren a estos fascistas son hoy aceptadas como una opción democrática más.

Que, con los cadáveres todavía recientes, esos discursos del gran reemplazo aterricen en las elecciones andaluzas demuestran lo lejos que estamos de estar vacunados contra estos fanáticos neofascistas. "cada vez más españoles y más europeos se sienten extraños en sus barrios de toda la vida, y cunde una sensación de desconcierto y de desposesión, de pérdida de control de sus propias vidas", dijo Abascal en un acto en Almería.

Son fanáticos, no locos. Alemania no se volvió loca en los años 30. Se fanatizó. Pero sería hipócrita señalar exclusivamente a la ultraderecha como amenaza si no advertimos de la responsabilidad que le corresponde a quienes la dejan hacer, o peor, a quienes compran sus discursos y hasta se comportan como ella. Cuando Josep Borrell dijo que "la inmigración es el disolvente más grave que tiene hoy la Unión Europea", estaba reforzando esa misma teoría y a quienes la difunden. O cuando Ursula von der Leyen denominó "Protección del Estilo de Vida Europeo" a la vicepresidencia encargada de tratar con la emigración, la seguridad, y la educación. La ultraderecha salió a aplaudirla, como era de esperar.


Y así, no solo con la retórica sino con los hechos, las políticas europeas refuerzan el encaje del neofascismo en el ‘estilo de vida europeo’. Así, la ofensiva reaccionaria está más que envalentonada, no solo contra las personas migrantes, sino contra las mujeres, el colectivo LGTBI, izquierdistas y cualquiera que se salga de su marco. El discurso mainstream dice que hay que respetar todas las opiniones, también las que pretenden acabar con los derechos humanos. Algunos nos resistimos a ello. Es algo que no dejamos de pensar mientras visitábamos las placas en recuerdo de las víctimas de Mauthausen. Esos mismos colectivos que hoy vuelven a tener la necesidad y la obligación de recordar el pasado para no volver a dejar que los herederos ideológicos de quienes fueron sus verdugos ochenta años atrás, vuelvan a repetir la historia. Y la obligación de quienes sabemos que lo que permitió también aquello, y permite hoy la normalización del odio, es la equidistancia y la indiferencia. Estas son las mejores aliadas de quienes pretenden repetir la historia.