Dominio público

De la radicalidad realista a la criollización: la izquierda a la ofensiva

Marga Ferré

Copresidenta de Transform Europe

Una flecha apunta hacia la izquierda

Yo no poseo un pensamiento original ni especialmente inteligente; de lo que sí presumo es de detectarlo en los demás. De vez en cuando, entre lecturas y debates, oigo o leo una idea que me llama la atención, que me abre ventanas; en el campo de la izquierda y las últimas semanas me ha ocurrido en dos ocasiones y quisiera compartirlo con ustedes. Dos ideas que desafían y a la vez proponen, es decir, a la ofensiva, si entendemos por izquierda algo más amplio que los estrechos límites de la institución y los aún más estrechos de la sociología electoral.

En ese "extramuros" es donde encuentro en nuestro presente muchas voces que desafían el There Is No Alternative tatcheriano y el estruendo acallador de las bombas del discurso belicista dominante.

Por una radicalidad realista

El azar me llevó, semanas ha, a la inauguración del Congreso de Syriza en Grecia. Sentada andaba yo entre los 5000 delegados y dispuesta, casi aburrida, a escuchar los discursos habituales cuando me sacó de mi sopor e hizo que levantara, sorprendida, las orejas, la apelación de uno de los oradores a la radicalidad realista.

Se refiere a que unas sociedades que no actúan contra el cambio climático, que naturalizan la desigualdad y la plutocracia (el gobierno de los más ricos), que privatiza el conocimiento y los datos, degrada el trabajo y amenaza con una guerra nuclear, las medidas que la izquierda propone son mucho más realistas para enfrentar estos retos. La radicalidad realista pasa de la idea de que es "posible" el programa de la izquierda (democratizar la economía, derechos y servicios, subir salarios, igualdad de género, producir y consumir de manera racional, compartir conocimiento, cuidar el planeta, vivir en paz...) a que es mucho más "realista" que la resignación que el capitalismo propone.

La radicalidad realista actúa como el reverso positivo de lo que tan acertadamente describiera Mark Fisher en su libro Realismo capitalista ¿no hay alternativa? En él, Fisher disecciona el capitalismo y su propuesta de que el futuro no existe, sino un presente perpetuo en el que solo cabe la resignación ante las distopías a la que vamos: un planeta que se calienta con devastadoras consecuencias, una desigualdad que se acrecienta de forma obscena a favor de los mega-ricos, el trabajo precario y arsenales de armas sobre la amenaza de una guerra nuclear. Es tan horrible que, por eso (acierta Fisher) el realismo capitalista se asienta en "conceptualizaciones del mundo que rechazan los hechos que se encuentran fuera de sus interpretaciones". Ese rechazar los hechos, los datos, la realidad por parte de la derecha y su extremo, persiguen la resignación y por eso (argumentaba el orador griego ante mi aplauso) hoy ser realista ya no implica moderación, sino radicalidad.

Criollizar identidades

En otro país, Francia, la Union Populaire puede hacer historia este mes en las elecciones legislativas siendo la fuerza política más votada, pero más allá del acierto tardío de la unidad de la izquierda francesa, lo que me sorprendió, como un destello, en la campaña a las presidenciales fue la forma en la que Jean-Luc Mélenchon la desbarató con su apelación a la criollización.

Sabido es que en el país vecino el debate sobre el choque cultural con la emigración (especialmente con la árabe y africana) es el abono sobre el que crece la extrema derecha: el miedo a la "islamización de Francia" por usar las palabras de Zemmour, la extrema derecha a la derecha de Le Penn, que ya son ganas. Frente a los que quieren conservar las esencias de lo francés frente a lo foráneo, el otro, el extranjero, el que no es como yo.... Mélenchon rescata la idea de criollización, es decir, una mezcla de culturas que crea algo nuevo, que no pertenece a ninguna de las culturas que lo componen ni las disuelve. La criollización crea lo nuevo sin rechazar el pasado, sino una nueva cultura que nace de la reciprocidad y la aportación de sus componentes, que siguen existiendo y que a la vez conforman lo nuevo. La criollización es una identidad basada en la relación que comporta una apertura al otro sin peligro de disolución. De hecho, ocurre de forma natural, la gente se mezcla y genera culturas y relaciones nuevas para desesperación de los racistas.

Aunque tanto el político francés como el antillano Eduard Gissant (de quien toma la idea) se refieren exclusivamente a las identidades culturales, me sirve de excusa para ir más allá, otra vez extramuros, trasladarlo al ámbito político y desde ahí reflexionar sobre la construcción de los frentes amplios que pretende unir la diversidad.

Hay muchos ejemplos en la historia, incluida la nuestra, de frentes amplios o frentes populares, pero como se trata de pensar el siglo XXI bueno me parece aportar desde otra perspectiva, la de unas clases populares y una clase trabajadora mucho más diversa que las que se analizaban en los modelos del siglo XX. Por eso, quizá, la idea de criollización me pareció tan buena; por eso y porque lo que propone es que:

Para que se favorezca la creación de una identidad o una organización nueva que no disuelva las identidades que la componen, la relación entre los elementos no puede ser jerárquica. Y no es un capricho, es que la creatividad surge de la relación dinámica entre distintos. Una organización jerárquica (la que sea, de organización del conocimiento, de un club de futbol, o de modelo de análisis o una empresa) parte de la asunción de que los elementos o sujetos que están en el nivel superior son fuente de verdad que baja a los estratos inferiores, pero no al revés. No hay relación dinámica, sino imposición, lo que, créanme, cercena la creatividad, es decir, la posibilidad de algo nuevo.

Más útil me parecería pensar en este siglo XXI formas más creativas e integradoras de organización política en las que cada elemento se influya entre sí sin importar su posición en el conjunto.

En resumen, les destilo dos ideas que recojo de otros para proponerles que quizá fuera positivo darle una vuelta a esto de la radicalidad realista como programa y la criollización como forma de organización política. A fin de cuentas, las ideas están y no surgen de la nada, si alguien las ha pensado es porque había una necesidad.