Dominio público

Datos y experiencia

Santiago Alba Rico

Filósofo y escritor

Anders Behring Breivik levanta el brazo para hacer un saludo nazi cuando llega el primer día del juicio donde solicita la libertad condicional, el 18 de enero de 2022 en una sala de audiencias improvisada en la prisión de Skien, Noruega.- AFP
Anders Behring Breivik levanta el brazo para hacer un saludo nazi cuando llega el primer día del juicio donde solicita la libertad condicional, el 18 de enero de 2022 en una sala de audiencias improvisada en la prisión de Skien, Noruega.- AFP

Hace unos días, el perspicaz periodista argentino Pablo Stefanoni llamaba la atención sobre la obsesión de los terroristas supremacistas blancos por los manifiestos: "Necesitan matar", señala Stefanoni, "para ser leídos". Naturalmente no desdeñan formatos tecnológicos de última hora, graban sus crímenes en streaming y declaran haberse "formado" en internet, pero por eso mismo intriga aún más el hecho de que gente tan joven recurra a un medio que, al mismo tiempo, saben completamente inútil. Saben, sí, que nadie los va a leer; saben que para que alguien los lea tienen que matar.

Es quizás más complicado. Gendron, el asesino de Buffalo, dejó un largo manifiesto que, en realidad, era un plagio, cuando no un copia-y-pega, del de Tarrant, autor de los atentados de Christchurch (Nueva Zelanda) en 2019. Releyendo el elaborado panfleto de este último, uno se estremece reconociendo ahí el barullo ideológico de muchos de nuestros contemporáneos que nunca llegarán a matar: Tarrant se identifica como de derechas y de izquierdas, como fascista y ecologista, como anticapitalista y tradicionalista, como socialista y nacionalista. Justifica su horrible crimen a la manera de Anders Breivik, el fascista noruego condenado a 21 años de cárcel en 2011 por la matanza de Utoya; lo hace invocando como él el "estado de necesidad"; es decir, el imperativo moral de recurrir a la violencia para evitar un mal mayor, en este caso la extinción de la raza blanca, "reemplazada" por razas y culturas extranjeras. Por eso, dicho sea de paso, Tarmant defiende la necesidad de matar también a los niños musulmanes, pues crecerán y se convertirán en "enemigos" e "invasores": ¿no es nuestra obligación ahorrar esta tarea a nuestros propios niños, que de otra manera tendrán que matarlos cuando sean mayores?

De todo esto se ha hablado a menudo. Menos se ha citado la reflexión de Tarrant sobre -digamos- el vínculo entre la violencia y el propio manifiesto. Tarrant invita a "dejar a un lado los datos" y "buscar expresiones y experiencias emocionales". Los datos, en efecto, no sirven para nada: "la repetición de hechos y estadísticas", dice, "aburren a las masas y alejan a las personas de los rancios oradores que las propagan". No es ésa la forma de difundir el mensaje. Hay que recurrir a la poesía, la música, los grafitti, el baile, los memes: "Un solo meme", concluye, "ha hecho más por el movimiento etnonacionalista que cualquier manifiesto". Así que, en efecto, hay que dar la razón a Stefanoni y decir que los terroristas supremacistas matan para ser leídos, a condición de añadir enseguida que la violencia forma parte, precisamente, de esos medios "expresivos", "populares", "emocionales", gracias a los cuales el contenido del manifiesto se vuelve legible y además creíble. Cualquier meme vale más que un manifiesto, es verdad; pero yo quiero que lean mi manifiesto; lo convierto, en consecuencia, en el mejor meme posible a través de un gesto espectacularmente violento. El atentado mismo, pues, es un meme contagioso que, al tiempo que da credibilidad a mis convicciones, las difunde junto al medio mismo de su difusión: el asesinato de inocentes. El "paso al acto" se produce así dentro del orden simbólico o, si se quiere, del orden emocional del populismo fascista. Cada una de las "acciones" es un meme que conduce por un lado al manifiesto y por otro a una nueva acción, en una cadena potencialmente exponencial y sin límites. La matanza que nos libera del ámbito inútil de las estadísticas es, por eso mismo, tan "viral" como un twitt o un chiste.

Tarrant y Gendron conocen muy bien el mundo en el que viven y matan. Todos lo sufrimos en carne propia: un mundo, es decir, en el que los datos no convencen a nadie. Es difícil saber qué estadísticas darían la razón a sus delirios supremacistas, pero eso importa poco. Lo que importa es la conciencia -esta sí común- de que los humanos contemporáneos no nos orientamos ya ni por el conocimiento ni por el razonamiento. ¿Por qué entonces? Podría decirse que nos guiamos por la "experiencia" siempre y cuando definamos bien este concepto. Se ha impuesto una tendencia "rebelde" y "antisistema" -pensemos en los antivacunas o en los terraplanistas- a reivindicar la experiencia directa como único posible criterio de verdad. Erosionada la esfera pública junto a sus medios de comunicación, desprestigiadas la ciencia y la política, tantas veces ancilares del capitalismo, la desconfianza se traduce en este nuevo prestigio de una falsa transparencia instalada en el propio cuerpo: solo creo en lo que ven mis ojos. Lo malo es que, como nos advirtió hace dos siglos Hegel, la experiencia es la más borrosa y, se se quiere, la menos inmediata de las facultades. La experiencia es siempre percepción y la percepción el resultado de múltiples factores volcados en la vista, en el tacto y en el oído. La experiencia siempre discurre -digamos- unos metros por encima de la vida y a veces a contrapelo; no es lo vivido sino lo percibido. Un ejemplo que pongo a menudo -y que viene muy al caso- es el de la islamofobia, alimentada por la percepción espontánea de que por nuestras calles pasea un número de musulmanes mucho mayor del que realmente hay: los franceses "ven" más de veinte millones de musulmanes en Francia cuando solo hay cinco millones; los españoles "vemos" más de seis millones cuando apenas alcanzan el millón. "Verlos", por lo demás, supone ya reconocerlos, clasificarlos y juzgarlos. Otro ejemplo muy citado por los sociólogos es el de la autopercepción de la clase media, de la que se declaran parte -porque así se experimentan- miles de personas que las estadísticas sitúan más bien en la clase trabajadora o incluso entre los sectores más desfavorecidos.

Así que no hay nada más material y nada más engañoso que la experiencia misma, de la que, sin embargo, se nutren nuestras decisiones éticas y políticas. Podríamos decir que hay cuatro instancias de intervención en el mundo: el razonamiento, la información, la experiencia y la vida. El razonamiento ha quedado completamente invalidado y la vida completamente ideologizada. En cuanto a los datos, todos aceptamos ya que son irrelevantes; ningún dato va a orientar o cambiar, por ejemplo, el sentido de nuestro voto. Los datos, que son lo más parecido a la verdad en relación con el ámbito público, se han disuelto de algún modo también en el recinto de la experiencia privada. Parafraseando un famoso título de Trotsky ("su moral y la nuestra"), ahora cada partido elabora "sus" propios datos o se los inventa, de tal manera que no constituyen un espacio de discusión común: es lo que llamamos la postverdad o los "hechos alternativos": el hecho, es decir, de que ha desaparecido cualquier horizonte de percepción compartida. Los datos siguen existiendo, claro, y es necesario buscarlos, retenerlos y difundirlos, pero no serán los que desactiven a Vox o impidan el próximo atentado supremacista. Ningún español "experimenta" los datos del paro, ni siquiera el que ha encontrado trabajo gracias a las políticas de Yolanda Díaz; ningún español "experimenta" tampoco la desigualdad, porque la desigualdad no es un "hecho" y la experiencia solo reconoce los hechos.

Nos queda, pues, la experiencia, refugio empirista de todos los delirios y todos los sentidos: también del "sentido común". Cuando hablamos de "batalla cultural", a veces con desprecio, nos olvidamos de que estamos hablando en realidad de la disputa de la experiencia, donde se forjan nuestros gustos, nuestras lealtades, nuestras solidaridades, nuestros rechazos. No se puede cambiar, por ejemplo, la percepción del número de musulmanes mediante estadísticas y cifras; hay que cambiar la percepción que tenemos de los musulmanes mismos; y esa batalla -sirva de botón de muestra- tampoco puede depender de los llamados "discursos buenistas". Hay que transformar -o refundar- el espacio compartido.

Las dos experiencias elementales, por encima de la vida y por debajo del razonamiento, son el odio y la autoestima; reducidos al chasis del empirismo ideológico por la crisis global, demandamos hoy experiencias de solidaridad negativa y de esperanza irracional que solo la derecha puede dar. Leo que el 77%  de los votantes del PP y el 93% de los de Vox no cree en la política; a los que habrá que añadir un puñado no pequeño de otros partidos. Si no hay política, hay odio y miedo; y ahí solo pueden vencer los memes del destropopulismo, incluido el del "paso al acto" como último refugio de la credibilidad. Las ideologías han vuelto pero ahora sin política; y un  mundo de ideología sin política es un mundo tentado por la autodestrucción. En el orden de la negación, no hay nada más "positivo", "propositivo", que la violencia en todas sus variantes.

La izquierda en España intentó en un momento favorable modular la experiencia hacia el razonamiento y hacia la vida, pero perdió la batalla. Podemos dedicar el próximo millón de años a discutir por qué se desperdició la oportunidad, pero hay qué pensar más bien en qué podemos hacer allí donde el estado objetivo del mundo -pandemias, guerras, colapso climático- no parece dejar más opciones a la experiencia que el derrotismo o la "libertad". ¿Será esa la disyuntiva? Y si es así, ¿cómo vamos a ganar jamás las elecciones?

De manera que la pregunta es: ¿se puede construir aún una experiencia común sin violencia y sin esperanza irracional? Como no me gustaría que me regañase Elizabeth Duval -o que dejase con razón de leerme- acabaré con "un poquito de fe": esa experiencia se está construyendo ya, en la "penumbra", cada vez que se hace de nuevo de día; es decir, cada vez que "agarramos" en el mundo, como agarra la retama de Leopardi en la ladera estéril del Vesubio. Tengo un amigo sacerdote al que aprecio mucho, teólogo brillante y sensible, al que sostiene la fe en medio de la desesperanza y que me decía el otro día en un intercambio de mails: "Mi deber es consolar". Y añadía de un modo tajante: "Consolar es la verdad". No me siento a la altura de ese deber, que me parece hoy, sin embargo, muy de izquierdas, pero me gusta mucho ese concepto de verdad, inversión y desmentido del meme terrible del terrorista asesino. El "consolado" se levanta de la cama, hace el desayuno a los niños, trabaja, se reúne con unos amigos, va a intentar parar un desahucio, echa un polvo, se ríe; ya no es dueño de sí mismo y, aún más, genera por eso mismo una situación en la que la contingencia colectiva es por primera vez concebible. En una ocasión escribí un artículo en el que me preguntaba: ¿qué es lo contrario de una bomba? Respondía que, tenga el nombre que tenga, lo contrario de una bomba introduce en el mundo efectos que, al revés que las heridas y las balas, no se pueden medir y no se pueden contar -aunque sí narrar. ¿Qué es lo contrario de Tarrant y Gendron? Esos millones de personas que son aún capaces de organizar su experiencia, pese a las dificultades, en torno al razonamiento y la vida. La tarea es imposible, pero realizable. Habrá que pedir a los partidos de izquierda que colaboren un poco con la gente.