Dominio público

María Salmerón y la Justicia como tortura

Marisa Kohan

Periodista de 'Público'

María Salmerón en una imagen de archivo.- EUROPA PRESS

Tal vez era cuestión de tiempo que María Salmerón entrara en prisión. Hace 20 años, cuando decidió denunciar a su expareja por violencia de género, empezó un calvario que miles de madres en este país conocen muy bien. Dos décadas de denuncias constantes por parte del padre de su hija, que reclama Justicia porque ella incumplió algunas visitas de la niña en el punto de encuentro familiar cuando esta era menor. Veinte años en los que no tuvo ningún reparo en arruinar la vida, no solo de la madre, sino también de la hija. Un daño psicológico y material del que ninguna de las dos se recuperará ya en la vida. Este sujeto que reclama las visitas que su hija no quiso tener con él ha llegado a pedir a la Justicia que subaste el piso en el que viven ambas para poder cobrar las multas a las que Salmerón fue condenada a lo largo de este calvario judicial. Todo un padrazo.

Las denuncias constantes han arruinado económica y anímicamente a María Salmerón. Una violencia económica que muchas víctimas han denunciado. La realidad es que Antonio Ruiz fue condenado en firme a 21 meses de prisión en 2008 por violencia de género hacia Salmerón, pero nunca pisó la cárcel. También hubo una denuncia por violencia sexual hacia Salmerón, un delito por el que finalmente no fue condenado. Pero no porque no se pudiera demostrar (los hechos quedaron plenamente acreditados), sino porque el juez entendió que no se trataba de un delito "punible". Seguramente porque ocurrió dentro del matrimonio.

Denuncia tras denuncia este hombre al que la Justicia parece dar la razón en momentos puntuales, pero que el sentido común se la niega, ha conseguido uno de sus objetivos. Meterla en prisión.

Denunciar insistentemente durante años es una forma habitual que utilizan los maltratadores y las organizaciones que los apoyan, para prolongar la violencia de género. Lo saben muy bien las expertas que luchan contra esta violencia. En América Latina, esto incluso tiene incluso un nombre: "querulante". El funcionamiento del sistema de Justicia es perfecto para este fin. Una justicia que mira hecho a hecho, sin tener en cuenta el contexto, es un coladero idóneo para ejercer este maltrato. No en balde, en una entrevista reciente a este medio, Salmerón afirmaba: "Mi exmarido quiere acabar conmigo y la Justicia está siendo su cómplice en el maltrato". Da igual cuántas leyes se aprueben contra la violencia hacia las mujeres y hacia la protección de los menores. Si la Justicia no revisa su funcionamiento y si existen jueces y juezas dispuestos aceptar una tortura de dos décadas contra mujeres cuya única voluntad es la de proteger a sus hijos de hombres violentos, el castigo hacia ellas estará servido. En España existen, lamentablemente, demasiados ejemplos. Miriam Ruiz Salmerón siempre afirmó no querer ver a su padre. "Me daba miedo y me lo sigue dando", explicaba en Público en la primera entrevista que concedió a un medio cuando ya había cumplido la mayoría de edad.

Ella dijo en sede judicial a sus 15 años que era ella quien no quería verle y la Justicia la oyó. Un auto estableció en 2015 que Miriam vería a su padre "cuando quiera, donde quiera y si quiere". Sin embargo, de poco sirvió esto para acabar con la violencia institucional.

Una violencia institucional que, como explica la Relatora Especial de la ONU sobre la violencia contra la mujer, puede llegar a calificarse de "tortura". Uno de los últimos episodios de esta violencia la realizó hace poco el Gobierno más progresista de la historia de nuestro país. La ministra de Justicia, Pilar Llop, decidió denegar el indulto hacia esta madre, solicitado por más de 300 organizaciones y 500 firmas individuales. En su argumentación sirvió en bandeja la cabeza de Salmerón y dio la razón a los maltratadores y a los grupos organizados de hombres que se unen contra la ley de violencia de género y contra las políticas en pro de una mayor igualdad. Según Llop, su ministerio tenía las manos atadas porque, como afirmó, Salmerón era reincidente. Reincidente de unos hechos que habían ocurrido entre los años 2012 y 2014 y que, además, no se podían volver a repetir. Reincidente de proteger a su hija de un padre maltratador, a pesar de que la legislación aprobada en los últimos años rechaza la concesión de visitas a los hombres condenados o procesados por violencia de género. Reincidente de reafirmarse una y otra vez en que lo único que hizo fue respetar la voluntad de su hija. A día de hoy los hechos por los que se condenó a María Salmerón no serían delitos.

Con los mismos mimbres dos Gobiernos del Partido Popular concedieron a Salmerón tres indultos parciales y la libraron de la cárcel. El presidente Mariano Rajoy, incluso, le dio un premio por su valentía y coraje en la lucha contra la violencia de género, lo que fue aplaudido por todos los grupos políticos.

Hoy Salmerón entró en prisión. Ahora díganle a las mujeres que denuncien la violencia de género o que recurran a los juzgados a denunciar la violencia sexual de los padres hacia sus hijos. Con la entrada en prisión de María Salmerón, las madres están más solas y los menores y adolescentes más desprotegidos. Diga lo que diga la ley.