Opinion · Dominio público

Juicio a la libre empresa

Robert Reich

Exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas y autor de AftershockIlustración de Diego Mir

Robert Reich
Exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas y autor de Aftershock
Ilustración de Diego Mir

Mitt Romney está presentando la compaña de 2012 como un “juicio a la libre empresa”, definiendo a esta como la consecución de éxito a través de “trabajo duro y asunción de riesgo”. El senador Jim De Mint, favorito del Tea Party, dice que él apoya a Romney porque “necesitamos realmente a alguien que entienda cómo tomar riesgos, es la vía para crear trabajo y oportunidades, y expandir libertad”.

Esperad un minuto. ¿Quiénes, según ellos, están soportando los riesgos? Sus alabanzas sobre la asunción de riesgos de la empresa privada tienen trampa. Cuanto más alto subes en la economía, más fácil es hacer dinero sin tomar ningún riesgo financiero personal. Cuanto más bajo vayas, mayores serán los riesgos. Wall Street se ha convertido en el centro de la libre empresa sin riesgo. Los banqueros arriesgan el dinero de otras personas. Si los negocios van mal, reciben sus honorarios de todos modos. La industria de los hedge funds está diseñada para cazar apuestas de modo que los grandes inversores puedan hacer dinero si el precio de los bienes por los que apuestan suben o caen. Y si sucede lo peor, los banqueros e inversores más grandes saben que serán rescatados por los contribuyentes porque son muy grandes para quebrar.

Pero los peores ejemplos de empresa libre sin riesgo son los consejeros delegados que reciben millones tras torcer regiamente las cosas. A finales de 2007, Charles Prince renunció como consejero delegado de Citigroup después de anunciar que el banco necesitaría 8 millones de dólares adicionales a los 11 millones en anotaciones relativas a hipotecas subprime que se habían ido al garete. Prince se marchó con una pensión principesca de 30 millones de dólares, además de premios en acciones y opciones sobre acciones, junto con un despacho, un coche y un chófer durante cinco años. Philip Purcell, que dejó Morgan Stanley en 2005 después de que un accionista se levantara en su contra, se llevó 43,9 millones de dólares más 250.000 al año de por vida.

El pago-por-fracaso se extiende mucho más allá de Wall Street. En un estudio difundido recientemente, GMI, una prestigiosa firma de investigación que monitorea el pago a los ejecutivos, analizó los mayores paquetes recibidos por ex consejeros delegados desde 2000.
En la lista: Thomas E. Freston, que duró apenas nueve meses como consejero delegado de Viacom antes de que fuera liquidada, y se marchó con un paquete de 101 millones de dólares. También está William D. McGuire, quien en 2006 fue forzado a dimitir como consejero delegado de UnitedHealth por un escándalo de opciones sobre acciones, y recibió pagos por valor de 286 millones de dólares.

Si hay alguna cosa que esté en ascenso es el pago por fracasar. En septiembre pasado, a Leo Potheker le mostraron la puerta de salida de Hewlett-Packard, con un paquete de salida de 13 millones de dólares. Stpehen Hilbert dejó Conseco con un pago de 72 millones de dólares, aunque el valor de las acciones de la empresa durante su mandato se hundió de 57 dólares a 5 en su camino hacia la bancarrota.

Pero al tiempo que la asunción de riesgo ha declinado en la cima, ha aumentado en las capas medias y bajas. Más del 20% de la fuerza laboral de EEUU es hoy “contingente”: trabajadores temporales, contratistas, consultores independientes, sin la menor seguridad. Incluso los trabajadores de tiempo completo que han estado décadas en las compañías pueden verse de repente sin empleo, sin ayudas para encontrar trabajo y sin seguro sanitario.

Mientras tanto, la proporción de compañías de tamaño grande y medio (200 o más trabajadores) que ofrecen a sus empleados cobertura total sanitaria sigue disminuyendo, del 64% en 1980 a menos del 10% hoy. Hace 25 años, dos tercios de las empresas grandes y medianas proveían seguro sanitario a sus jubilados. Hoy, menos del 15% lo hace.
El riesgo de envejecer sin pensión también está aumentando. En 1980, más del 80% de las firmas grandes y medianas proporcionaba a sus trabajadores pensiones de “beneficio definido”, que garantizaban una cantidad fija de dinero al mes tras la jubilación. Hoy sólo lo hace un 10% de las empresas. En su lugar, ofrecen planes de “contribución definida” en los que el riesgo recae en los trabajadores. Cuando el mercado de valores se desploma, como lo hizo en 2008, el plan también se desploma. Hoy, un tercio de todos los trabajadores con estos planes no aportan contribuciones, lo que significa que sus empleadores tampoco lo hacen.

Y el riesgo de perder ingresos continúa en aumento. Antes incluso del crash de 2008, el Panel de Estudios de la Dinámica de Ingresos de la Universidad de Michigan encontró que, en cualquier franja dada de dos años, cerca de la mitad de las familias experimentaba algún declive en sus ingresos. Y las caídas se estaban volviendo cada vez más largas. En los años 70, la caída típica era del 25%. Hacia finales de los 90, era del 40%.

Lo que Romney y su coro de la “libre empresa que asume riesgos” no quiere que sepas es que los riesgos de la economía se han estado desviando de manera sistemática desde los consejeros delegados y Wall Street hacia la clase trabajadora. No se trata sólo de que los ingresos y las riquezas se estén concentrando en la cima. También lo está haciendo la seguridad económica, dejando encallados a los demás los ciudadanos. Asumiendo que la libre empresa esté sometida a juicio, la pregunta real sería si el sistema está inclinado en favor de aquellos en la cima que son recompensados sin que importe lo mal que han exprimido al resto, mientras el resto de nosotros somos exprimidos sin importar lo duro que trabajamos. El único modo de que la economía mejore es que haya realmente más riesgo en la cima y más seguridad económica abajo.