Dominio público

¿Dónde vas, Pedro Sánchez?

Joan Tardà i Coma

Exdiputado en el Congreso por Esquerra Republicana de Catalunya

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sale a recibir al primer ministro de Letonia, Arturs Krisjanis Karins, a su llegada al Palacio de La Moncloa, este lunes, en Madrid. EFE/ Emilio Naranjo

Todo parece indicar que Pedro Sánchez no está dispuesto a zarandear el tablero respecto a Catalunya. Bajo una mirada republicana, no ha querido responder satisfactoriamente a las demandas del independentismo a raíz del caso Pegasus, no ha establecido una relación de confianza ya muy maltrecha con el gobierno de Catalunya inhibiéndose ante el sabotaje al mismo Comité Olímpico Español por parte de su correligionario Lambán, que ha dado al traste con la candidatura de los Juegos Olímpicos de Inverno 2030 o a raíz de los datos relativos a la ejecución presupuestaria que sitúa Catalunya en la cola de todas las Comunidades Autónomas.

De igual manera, no se ha involucrado en el progresivo desencuentro entre el grupo socialista en el Congreso y el republicano. En este sentido, clama el cielo la insensatez con la que actúa el gobierno de coalición y el grupo parlamentario socialista, por acción u omisión, respecto al republicanismo, a pesar de la actitud constructiva mantenida por parte de Gabriel Rufián. A título de ejemplos valgan desde el menosprecio con el que se formuló el trágala de la reforma laboral impuesta por la CEOE hasta las triquiñuelas horas antes de la aprobación de la Ley General de la Comunicación Audiovisual, que tantos esfuerzos había requerido a ambos grupos para acordar complicidades, para así favorecer a los grandes grupos empresariales audiovisuales, pasando por los estériles intentos de chantajear al republicanismo con el proyecto de ley de Memoria Histórica o la ley Mordaza.

Su accidentalismo lo alejan cada vez más del respeto del que son merecedores aquellos políticos que en momentos graves asumen liderazgos de estadista. En conclusión, relativizó el calado de la aportación del republicanismo catalán en un contexto emocional provocado por el encarcelamiento y exilio de sus dirigentes que hubiera podido dar lugar a respuestas no tan sensatas y menospreció el valor de los costes políticos que Esquerra estaba pagando facilitando su investidura y aprobando los presupuestos generales del Estado en un marco de crecientes críticas de Junts por llevarlo a cabo. Lo fio todo a la creencia que con las medidas de gracia estaba en posesión de un cheque en blanco.

De una sola tacada, pues, se negó a la creación de una Comisión de Investigación en el Congreso pese a que ha quedado demostrado que Pere Aragonès fue espiado incluso durante los días en los que ambos debatían sobre la idoneidad de los presupuestos, lo cual ejemplifica que aquello que en cualquier democracia hubiese sido motivo de crisis irreparable en España se relativiza incluso hasta el extremo de justificar la negativa a dar voz al parlamento. Con ello ha generado víctimas colaterales como dejar huérfanos de argumentos a quienes apostaron por la necesidad de apoyar las cuentas del Estado e incluso se atrevió a rizar el rizo cínicamente durante la campaña electoral andaluza argumentando sus éxitos en el reencuentro con Catalunya y publicitando inversiones históricas. Todo ello culminado con la parálisis de la Mesa de Diálogo atendiendo al pavor que le produce asumir la responsabilidad de presentar su proyecto alternativo frente a la demanda expresada en su primera reunión por parte del independentismo de proceder a legislar una amnistía y concretar fórmulas para acordar un referéndum en Catalunya.

Hoy los puentes están resquebrajados y el independentismo catalán que optó por construir plataformas de entendimiento con el PSOE empieza a preguntarse si no habrá incurrido de nuevo en otro error al no haber aprendido la lección de cuando Rodríguez Zapatero optó por traicionar a ERC, la fuerza política republicana que lo había investido en el año 2004,  para proceder a pactar con Artur Mas el Estatut, sacrificando de paso a Pasqual Maragall, y contribuyendo desde la Moncloa a finiquitar el Tripartito de José Montilla en aras a devolver a las aguas tranquilas de los grandes acuerdos entre el socialismo español y CiU.

Sin duda, cada vez se asemejan más los últimos años de gobierno de Rodríguez Zapatero a los tiempos actuales, todavía cuando en los de hoy ya no aparece en el escenario español el nacionalismo, también accidentalista, de matriz pujoliana. Dicho de otro modo, ya no existe en el Congreso de los Diputados un grupo parlamentario catalán autonomista al que agarrarse ni una figura política deseosa de formar parte de un gabinete español como Duran i Lleida.

La realidad es otra muy distinta. Tan distinta como diferente es el sistema político catalán postprocés. El independentismo, a pesar de no gozar de una hegemonía social, a tenor de las proyecciones electorales basadas en su implantación municipal está en condiciones de volver a ganar las elecciones municipales del próximo año e incluso renovar la victoria por número de sufragios en Barcelona y así mantener una correlación de fuerzas favorable en el Parlament. Más allá de las disfunciones entre ERC y Junts, el independentismo en Catalunya no solo no ha supuesto un suflé sino que se ha convertido en una opción normalizada y plenamente asentada,  lo cual lo equipara, como producto ideológico normalizado, a cualquier otro para competir bajo la bandera de la eficacia en la gestión  y la utilidad para el ciudadano.

Todo ello debería ser motivo de interés y preocupación para el PSOE. A saber, que hoy día es imposible pretender mantener una gobernabilidad en el Estad  que tienda a sustentarse en actuaciones progresistas para encarar los grandes retos globales, urgentes y transcendentales que se abaten sobre nuestras sociedades sin una alianza histórica entre las fuerzas progresistas de las distintas naciones del Estado en diálogo con la sociedad civil organizada, con los movimientos sociales y con el pensamiento académico.

Convencido de ello, genera pavor el contemplar cómo se tiran por la borda las oportunidades y cómo Pedro Sánchez va mimetizándose con Rodríguez Zapatero en una crónica de derrota anunciada con el  retorno de las derechas a la Moncloa. Habiendo conseguido salir vencedor en una batalla suicida: convencer al electorado del republicanismo catalán que, al fin y al cabo, tanto da que gobiernen los unos, y él, como los otros. ¡Cuánta irresponsabilidad!