Dominio público

La metástasis ultra

Miquel Ramos

Georgia Meloni, líder del partido de extrema derecha Fratelli d'Italia. -REUTERS
Georgia Meloni, lideresa del partido de extrema derecha Fratelli d'Italia. -REUTERS

Dice el politólogo neerlandés Cas Mudde, uno de los mayores expertos en extrema derecha, que nos encontramos ante una nueva ola ultraderechista, la cuarta ola para ser exactos. La primera ola correspondería al período posterior a la Segunda Guerra Mundial, hasta 1955 aproximadamente, cuando los grupos nazi-fascistas sobrevivían mayoritariamente en la marginalidad o en la clandestinidad. La segunda ola estaría caracterizada por la progresiva reconversión hacia un populismo de derechas, así como por la reinvención de neofascistas y neonazis como el National Front británico o el NPD alemán a mediados de los 60. La tercera ola nos lleva hasta inicios de siglo XXI, cuando la extrema derecha ya empieza a dar algunos sustos a nivel electoral, como el Frente Nacional de Jean-Marine Le Pen o el FPÖ del austríaco Jörg Haider. Hoy nos encontraríamos ya en la cuarta ola, según Mudde, autor de una magnífica y sencilla obra llamada Ultraderecha (Paidós, 2021), en la que explica todo este proceso y las características, elementos comunes y diferencias de estas nuevas ultraderechas. Esta nueva ola se caracteriza por el acomodo de las formaciones ultraderechistas en las democracias liberales y la contaminación del resto de partidos con sus discursos y sus políticas, además de un progresivo asalto al sentido común, un éxito de lo que se conoce como guerra cultural.

Faltan pocos días para que Italia elija nuevo gobierno, y todas las encuestas auguran que podría ser la neofascista Meloni quien se lleve el gato al agua. Tras el paso de Salvini y Berlusconi por el gobierno estas últimas décadas, no resulta ya ninguna sorpresa que sea ahora otra ultraderechista quien coja el relevo, apoyada, además, por estos últimos. Sobre la rehabilitación del fascismo en Italia escribió la compañera Alba Sidera, corresponsal de El Punt-Avui en Roma, en un magnífico libro titulado Feixisme Persistent (Saldonar, 2020). En él se cuenta todo el proceso hasta la actualidad, pero se hace hincapié en el papel que jugaron y siguen jugando los medios de comunicación en la normalización y el blanqueamiento del fascismo hasta que parece ya un yerno estupendo al que invitar a comer los domingos. "Salvini y Meloni no son la extrema derecha", decía el expresidente del Parlamento Europeo y líder del partido de Berlusconi entrevistado en El País hace unos días y cuya sentencia elegía este medio para titular la pieza.

Existen múltiples obras, algunas recientes y otras de hace años, que alertan sobre la senda que transita el monstruo hasta colarse por la ventana. El problema es que éste ha pasado de trepar de noche por la fachada a llamar al timbre a media tarde y que le abran y le inviten a té y pastitas. En 1980 tan solo había ocho partidos de extrema derecha en los 17 países que formaban parte entonces de la Unión Europea, y cosechaban tan solo una media del 1,1% de los votos. Veinte años después, Mudde identifica treinta y cuatro partidos ultraderechistas que ya en 2019 recogían una media del 7,5% de los votos. Aquí hay que explicar que, es la media entre algunos que siguen siendo marginales, y otros que gobiernan con amplias mayorías como el PiS polaco o el Fidesz húngaro, así como otros que ocupan primeras posiciones y condicionan gobiernos o forman coaliciones. Tres años después de este recuento, las ultraderechas todavía han subido más.

Pero la característica de estos últimos tiempos que tanto Mudde como otros investigadores de la extrema derecha resaltan, y atribuyen a esta cuarta ola, es que ésta ha conseguido que otros partidos adopten su agenda, su lenguaje y sus políticas. Por lo tanto, independientemente de los votos que consigan, la metástasis ultra es ya una realidad en la Europa actual y más allá. Solo hay que revisar el marco con el que juegan a menudo figuras representativas tanto socialdemócratas como, sobre todo conservadoras desde hace tiempo, absolutamente cómodo para la ultraderecha cuando hablan de migración, de seguridad pública, de minorías étnicas o religiosas, de lenguas cooficiales y de tantos otros asuntos en los que la ultraderecha escribió hace años el guion.

No es solo la habilidad de la extrema derecha para colarse, sino la complicidad de algunos medios y la poca atención que se le prestó desde la izquierda al no tener representación institucional hasta hace nada. Se creía que no llegaría nunca o que ésta se limitaba a las cuatro formaciones franquistas y nazi-fascistas que llevaban décadas predicando en el desierto. No prestaron atención a cómo el embrión ultra se despegaba de la casa común de las derechas (el PP) hace quince años, y cómo la batalla cultural que desde entonces llevan librando ha avanzado tantas trincheras que se cuela hasta en el cuartel general de quienes dicen combatirla y se come las lentejas.

Gobernando quienes se consideran progresistas y a las puertas de una recesión económica, no se están implementando medidas suficientes contra la precariedad y los abusos de las élites. Las medidas anunciadas pueden suponer alivios a corto plazo para los más vulnerables, pero no tocan las estructuras que perpetúan las desigualdades. Así es como se deja una puerta abierta para que sea el populismo derechista y el autoritarismo el que recoja el descontento y extienda su punitivismo securitario cuando dichas medidas no den más de sí. Y venda que se acaba con la pobreza derribando chabolas, por ejemplo.

Está por ver qué pasará el domingo en Italia, aunque todas las encuestas apuntan que será Meloni, la lideresa neofascista, la que logre vencer. Esta semana, su partido prescindía de uno de sus candidatos, Calogero Pisano, tras conocerse sus publicaciones en redes sociales glorificando a Hitler. Dudo que esto les pase factura. Habrá que ver hasta dónde llegan las tragaderas de los adalides de la democracia que siguen apelando a que toda opinión es respetable, a que no se puede hacer más contra las desigualdades, a que no hay motivos para exigir más y a que a los fascistas se les va la mano alguna vez, pero se les puede convencer cantando Imagine.