Dominio público

El dolor que es indiferente

Elizabeth Duval

Un soldado libanés se para frente a un cajero automático destruido mientras espera cobrar su salario, fuera de un banco local fortificado en Beirut.- DPA / EUROPA PRESS

Las cosas del mundo se deshacen y nada de su derrumbamiento parece movernos. Hace unos días, la directora de Público, Virginia P. Alonso, se preguntaba cómo era posible que noticias como la anexión por parte de Putin de territorios en Ucrania y la escalada de la guerra no suscitaran un enorme interés entre lectores; no encontraba explicación, sólo intuiciones. Algo parecido sucedió, como señaló Pepa Bueno, con el interés que los lectores tuvieron por un escándalo tan grave como el del espionaje con Pegasus.

Ella hablaba de la posibilidad de que todo nos pareciera tan inevitable y horrendo que hasta preocuparse por ello resultaba superfluo. Creo que mucho tiene que ver con una sensación de fatiga y agotamiento: nos hemos acostumbrado tanto a la catástrofe que es la catástrofe lo que se ha vuelto costumbre. Más aún cuando se trata de una catástrofe aparentemente lejana, televisada, de la cual sólo sufrimos consecuencias en forma de inflación y precios, pero que sólo llega a través de imágenes y textos, de palabras incapaces de extender infinitamente la empatía.

Ser de izquierdas o tener una intuición moral de izquierdas es una práctica exigente, huelga decir; en ocasiones, en exceso exigente para la vida cotidiana. El esfuerzo que requiere la extensión de la empatía y fraternidad más allá de nuestro círculo cercano en un mundo hiperindividualizado es costoso y cargante, como quien se impone la losa de una conciencia sobreexcitada. Lo fácil es no serlo y mirar a otro lado: lo natural, también porque así lo hemos aprendido, es que lo real de la barbarie no nos afecte demasiado.

¿Cuánto hemos aceptado que haya personas rebuscando en los contenedores cuando cruzamos de noche las calles? ¿A cuánta gente vemos dormir destrozada frente a tiendas en grandes avenidas o dentro de sucursales bancarias? ¿Cuánta atención logramos prestarle a las tragedias de la vida cotidiana? ¿Y acaso seríamos capaces de extender más esa atención, de vivir todos los días «ante el dolor de los demás», por retomar el título del ensayo de Susan Sontag?

No culpo a quienes viven en medio de las ruinas o buscan entre ellas los destellos de luz, la felicidad incluso en unas cañas, la distracción. El divertimento lleva siendo necesario para contrarrestar el peso de la existencia desde que Pascal señaló la imposibilidad de quedarnos quietos en una habitación. Todo en el mundo es demasiado: cualquier cosa que no esté en lo inmediato entra dentro de lo excesivo. Salir de esa lógica es imposible incluso para quienes lo intentan. Porque se puede ser empático, pero no exponer el corazón propio a todas las agonías del mundo. Quien lo hace sucumbe ante una tiranía demasiado poderosa.

Dice así una canción del grupo Las Víctimas Civiles: «Y todos en nuestros pisos de 200 metros cuadrados suspiramos / al ver que no somos nosotros las víctimas / de detenciones masivas torturas archivadas / violaciones sobreseídas ingestas de alcaloides / forzadas fines de semana de harina de soja / vomitada sobre souvenirs de Libia Uganda Ruanda / Heliópolis Samarkanda Esmirna en llamas / cualquier número / cualquier número de víctimas / cualquier número de víctimas civiles / cualquier número de víctimas civiles etcétera / me es indiferente».

¿Qué podemos hacer cuando el dolor y la historia nos son indiferentes? No señalar con la presunta superioridad moral de quien anuncia no caer en esa indiferencia, sino buscar los recovecos a través de los cuales deshacerla. Buscar la empatía allí donde no está. Intentar educarnos moralmente en el compromiso con el otro, incluso el otro lejano. En lo capaces que seamos para sentir de otro modo residirá el valor de nuestros proyectos políticos. No es el desinterés de los lectores la enfermedad, sino un síntoma. Y el dolor que nos es indiferente puede ser el más cruel y doloroso de todos.