Dominio público

Tamara, El Yunque y una virgen bosnia

Ana Pardo de Vera

Tamara Falcó, durante su intervención en la XIV Congreso Mundial de las Familias, en Ciudad de México (México). EFE/Sáshenka Gutiérrez
Tamara Falcó, durante su intervención en la XIV Congreso Mundial de las Familias, en Ciudad de México (México). EFE/Sáshenka Gutiérrez

Soy seguidora ocasional de prensa llamada del corazón, rosa, social ..., me parece un ejercicio sociológico entretenido e incluso divertido, sobre todo, cuando es de calidad: educada, consensuada, no avasalladora ni intimidante y respetuosa con la diversidad de vidas y seres humanos, así como con sus derechos y libertades fundamentales. Nada nuevo: se trata de contar el día a día y las peculiaridades humanas de unas y otros, atractivos por infinitas circunstancias, y llevarla a los medios de comunicación. Las audiencias respaldan el interés o la curiosidad que provocan, como es mi caso.

La prensa rosa es una constante de la crónica periodística desde antes de que existiera tal concepto y, como tal, debe tener sus códigos y el respeto escrupuloso de la veracidad. Cuando la prensa rosa ejerce una especie de canonización (sic, en este caso), amparándose en valores que atentan contra los derechos humanos más elementales, tomando como referencia una secta dañina para la convivencia, se le señala y se le denuncia. Se hizo con la violencia machista continuada y constatada tras el relato de Rocío Carrasco y se hace ahora.

Franco le habría dicho a Tamara Falcó, como a Jaime Peñafiel, "Haga como yo, no se meta en política". Al dictador le fue bien: un golpe de Estado, una guerra salvaje y cuarenta años sin hacer política, simplemente, ordenando, mandando, torturando y matando a quien se saltaba sus normas nauseabundas. Esta señora Tamara ha obtenido el favor popular tras ser corneada por su novio (una novedad en este mundo nuestro, sin duda), un empresario que tiene todo para ser linchado ahora en los medios: es guapo, más joven que ella, rico, le gusta la juerga más que a mí y carece de títulos aristocráticos, como ella. Podemos entrar en el debate sobre qué aportan estos títulos a sus portadores, más que la reverencia de los/as bienmandadas, pero daría para tres columnas más. Me quedo, pues, con las palabras del dramaturgo Íñigo Ramírez de Haro sobre la aristocracia española, a la que pertenece y de la que habla, por tanto, con conocimiento de causa: "Es una secta en extinción, no conforma el mundo económico ni el político ni el cultural; es un reducto que solo interesa por el folclore, por lo esperpéntico".

Dirán ustedes que es imposible encontrar una definición más apañada para Falcó o, por ejemplo, para Luis Medina Abascal, el del caso mascarillas en Madrid. El problema es cuando pasamos de la frivolidad a la política, según Franco, y a la difusión del discurso de odio, según esta plumilla, por parte de quien dispone de un altavoz tan potente en numerosísimos medios, rosas o del color que gusten. A las pocas horas de conocerse la noticia de que los delitos de odio por orientación sexual e identidad de género aumentaron en un 67% en 2021, saltó la noticia desde el otro lado del Atlántico y la conocimos en Telecinco gracias a Jorge Javier Vázquez, furioso -y con razón- por la dolorosa parte que le tocó de joven, según contó él mismo.

Falcó se fue a México este fin de semana, a un congreso de Hazte Oír, el grupo ultracatólico y negacionista de derechos humanos, entre otros, a jalear las duras acciones discriminatorias de Hazte Oír y soltar perlas como ésta: "Ahora estamos viviendo un momento muy complicado para la humanidad, hay tantos tipos distintos de sexualidades, hay tantos sitios distintos donde puedes ejercer el mal. Creo que en otras generaciones no era tan evidente". ¿Debería sorprendernos este arrebato de fascismo puritano? No, si conocemos un poco la actividad de Hazte Oír y que el hermano pequeño de Falcó, Duarte, es presidente de una de las fundaciones de HO que milita contra el derecho al aborto.

Hazte Oír se fue a México porque de allí es originaria la filial más poderosa del integrismo católico, la secta secreta y paramilitar El Yunque, cuyos vínculos con Hazte Oír han sido acreditados judicialmente, en informaciones cuantiosas y en libros. El Yunque vive su momento más dulce en España al ver cómo su ideario fundamentalista lograba 52 escaños en el Congreso gracias a Vox y trataba de dinamitar el avance del feminismo y los derechos LGTBI. Tamara Falcó es una representante de lujo de la ideología fundamentalista de El Yunque, de Hazte Oír y de Vox, con sus centenares de miles de seguidores en redes sociales y su presencia en medios de comunicación y plataformas de todo pelaje. Es un peligro que venera a vírgenes cuyas apariciones ni siquiera ha acreditado el Vaticano, como la llamada Gosta de Medjugorje, en Bosnia, y por muy delirante que parezca todo, con sus palabras, señala no solo a su expareja por infiel, sino a millones de personas que no entran en su concepto ultracatólico de buena persona. No, "no lo vamos a permitir".