Dominio público

El mito de la participación en las elecciones generales de 2008

BORJA SUÁREZ CORUJO

elmitodelaparticblog.jpgEn los meses previos a la celebración de las elecciones generales del 9 de marzo los analistas parecían coincidir en que una de las principales claves del resultado final sería el nivel de participación. Era opinión extendida que una participación elevada (por encima del 75%) reforzaba las posibilidades del PSOE de repetir triunfo e incluso le podían acercar a la mayoría absoluta; mientras que una baja participación (en torno a un 70%) auguraba un resultado mucho más favorable al PP.
A la vista del resultado de las elecciones con un PSOE reforzado que se acerca a sólo siete escaños de la mayoría absoluta, el cumplimiento de la hipótesis planteada habría exigido un nivel de participación alto. ¿Ha sido así?
Sorprende que los análisis realizados después del 9 de marzo hayan asumido que la participación alcanzada ha sido alta, muy similar a la de 2004. Tal conclusión, poco rigurosa, resulta de comparar el nivel de participación final de 2004 (75,66%) con el nivel de participación provisional producido en 2008 (75,32%). La provisionalidad de este último dato reside en algo tan relevante a estos efectos como que no incluya el escrutinio del voto del Censo Electoral de Residentes-Ausentes (CERA). Esta exclusión no es baladí, como demuestra el hecho de que la participación antes del recuento del CERA en 2004 se situara en el 77,26%. A falta de datos oficiales definitivos sobre las elecciones del 9 de marzo, tal índice debería ser el término de comparación: 77,26 frente a 75,32; es decir, una participación en 2008 casi dos puntos (1,94%) inferior a la de 2004. Por tanto, la tasa de participación final (incluido, por tanto, el CERA) de las recientes elecciones generales quedará previsiblemente por debajo del 74%.
Una vez realizada esta corrección técnica, cabe preguntarse si, pese a todo, puede considerarse que ese nivel de participación inferior al 74% ha sido razonablemente alto, tal como exigiría la hipótesis de partida. Pues bien, si tomamos como referencia las elecciones generales celebradas desde 1993 (la etapa que comprende elecciones competidas entre PSOE y PP) nos encontramos con que la participación alcanzada en marzo de este año es la más baja, con la única excepción de las elecciones de 2000.
Pero esta inesperada constatación se ve complementada por una aún más impactante segunda observación que desbarata la hipótesis de partida: la disminución de la participación no sólo no afecta al PSOE, sino que este partido obtiene sus mejores resultados en las Comunidades Autónomas en las que la participación ha bajado y, en cambio, pierde apoyos en las Comunidades Autónomas en las que la participación se ha incrementado o se ha situado en cotas muy altas, en torno al 80%.

En efecto, el descenso, algo más que leve, de la participación se distribuye de forma irregular por territorios, si bien pueden ordenarse las Comunidades Autónomas (junto a las ciudades de Ceuta y Melilla) en dos grandes grupos.
En primer lugar, hay que situar aquellas Comunidades Autónomas en las que la participación ha crecido o se ha mantenido en índices muy altos. Aquí el PP obtiene unos excelentes resultados, con una excepción aislada en Melilla: en el mejor de los casos experimenta una subida a costa del PSOE (así sucede en Murcia, Comunidad Valenciana, Madrid y Castilla-La Mancha) y en el peor de ellos mantiene amplísimas mayorías (Castilla y León y, en menor medida, La Rioja y Cantabria).
Y, en segundo lugar, se agrupan aquellas otras Comunidades Autónomas en las que la participación ha descendido o se ha mantenido en índices bajos. Al contrario de lo que sucede en el caso anterior, aquí el PSOE mejora sus resultados, con un PP que se limita a mantener los suyos (País Vasco, Cataluña, Canarias y Aragón) o que incluso baja (Baleares, Asturias, Ceuta y, de forma menos marcada, Extremadura).
Quedarían como aparentes excepciones de este segundo grupo Navarra y Andalucía. Es cierto que el caso navarro no tiene perfecto encaje; pero no porque el PSOE no suba, sino porque también lo hace, y en mayor medida, el PP. Por su parte, el caso andaluz no es tal excepción si atendemos a los resultados por provincias: se cumple que el PSOE obtiene unos resultados óptimos en las provincias donde más baja la participación (Sevilla, Córdoba, Jaén, Huelva y, en cierto modo, Cádiz), mientras que en aquellas en las que la participación se mantiene en cotas más altas, similares a las de 2004, es el PP el que mejora sensiblemente sus resultados (Málaga, Almería y Granada).
A la espera de la encuesta postelectoral del CIS, parece evidente que la clave de la victoria del PSOE no ha sido su capacidad de movilización de un sector del electorado potencialmente abstencionista, sino su éxito en atraer a votantes de otros partidos, PP excluido. He ahí su fuerza y al mismo tiempo su debilidad.

Borja Suárez Corujo es profesor titular de Derecho del Trabajo y Seguridad Social en la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración de Enric Jardí