Dominio público

El maltrato y la teoría del entorno

ISAAC ROSA

dominioentornoblog.jpgQue decenas de mujeres son asesinadas por sus parejas cada año y miles son maltratadas es algo conocido por todos. Pocos temas hay que en los últimos años hayan merecido más atención informativa y hayan despertado más sensibilidad ciudadana, y no es para menos, pues supone un fracaso social que nos concierne a todos. Lo que no sabíamos es que además existe una gran conspiración contra las mujeres, contra todas por el solo hecho de serlo, pero especialmente contra las maltratadas. Y que en esa conspiración participan no sólo los maltratadores, sino también muchos hombres en calidad de cómplices o encubridores, pero también medios de comunicación machistas, jueces y fiscales prevaricadores, y hasta el Gobierno y el poder legislativo, que con sus reformas dan cobertura legal a esa monstruosa campaña.
Gracias al artículo de Lidia Falcón (Malos tiempos para las mujeres, Público, 26 de abril) conocemos la existencia de ese complot misógino, y podemos señalar a sus ideólogos y ejecutores, y a sus numerosos partícipes. Y para mi sorpresa, y la de muchos hombres y mujeres, me he enterado de que yo mismo soy cómplice de esa conspiración. Según Falcón, quienes cuestionamos determinadas reformas legislativas estamos a favor de que las mujeres sean maltratadas, asesinadas, discriminadas laboralmente o calumniadas. De la misma forma, quienes estamos a favor de la custodia compartida en realidad estamos defendiendo, con la boca pequeña, a los maltratadores de niños y mujeres, y hasta a los pederastas que asesinan niñas, si no he entendido mal el artículo.
Hace años el juez Garzón inventó ese viscoso concepto de el entorno para actuar contra aquellas organizaciones y personas del abertzalismo que no tuvieran participación directa en atentados.
Numerosos juristas se llevaron las manos a la cabeza, pero el concepto hizo fortuna y la persecución se amplió a situaciones en las que no había un acto terrorista claro pero se sospechaba de afinidad. Ahora Falcón ha descubierto la existencia de el entorno de los maltratadores, al que pertenecemos muchos hombres y mujeres, pues con nuestra bienintencionada defensa de la custodia compartida estamos prestando cobertura a quienes quieren seguir golpeando impunemente o dejar de pagar la pensión por alimentos.
Sé que con el párrafo anterior me meto en una ciénaga de la que uno nunca sale limpio: en pocas líneas hablo de dos asuntos, el terrorismo etarra y la violencia doméstica, cuya hipersensibilidad social impide cualquier debate serio, pues los argumentos no logran elevarse sobre el ruido ambiente, y la unanimidad acrítica suele convertirse en acusación. Igual que muchos, aun pensando que determinadas actuaciones judiciales contra el entorno etarra son un disparate, no se atreven a decirlo en público para no ser sospechosos de simpatía por el terrorismo; de la misma forma hay quienes, estando en desacuerdo con el tratamiento político, judicial y mediático que reciben los asesinatos de mujeres, no se atreven a manifestarlo para no ser señalados como cómplices o, cuando menos, de machistas. Tal vez el artículo de Falcón, con su revoltijo de cosas que nada tienen que ver, consiga que el debate sobre la custodia compartida ingrese en ese mismo terreno sospechoso.
Que en España queda mucho por hacer en materia de igualdad de oportunidades, es cierto. Que arrastramos un atraso cultural y educativo de siglos, nadie lo duda. Que los asesinatos de mujeres son inaceptables, es evidente. El daño para nuestra convivencia es muy grande. Pero hay otro daño, menos obvio, que enturbia lo que debería ser un debate abierto y tranquilo: la imposibilidad de la discrepancia, a partir de un discurso simplista que no admite enmiendas, y la extensión de una histeria social, política y mediática que acabará por enmudecernos a todos.
Cualquier suceso, sentencia, noticia u opinión en la que aparece, aunque sea tangencialmente, el maltrato a una mujer, embota nuestra capacidad de entendimiento y nos empuja al cierre de filas. Cada poco tiempo nos desayunamos con una sentencia "escandalosa" por la que un juez quita los hijos a una maltratada y se los entrega al maltratador. Ése suele ser el titular. Al momento se activan las alarmas, todos cargamos contra el despiadado juez, nos solidarizamos con la madre, y no falta la voz política que prometa reformas para evitar casos así. Pero con frecuencia, si leemos la letra pequeña, acabamos por enterarnos de que las cosas no eran tan sencillas, que tal vez no existía condena, o incluso la denuncia había sido desestimada, o cualesquiera otros elementos que desmienten la impresión inicial. Parece que Falcón es consciente de ese carácter embotador, y hace el triple salto mortal: mezclar en un mismo texto malos tratos y custodia compartida, para que en adelante ambas cosas sean asociadas.
Desde hace años Internet se ha convertido en campo de batalla para partidarios y detractores de la custodia compartida. Una guerra atroz en la que vale todo, y en la que abundan piruetas retóricas como la que hace Falcón. En el exceso verbal, los hombres son tildados de feminicidas, y las mujeres son acusadas de inventar malos tratos para conseguir sus objetivos. Es sólo el eco del drama que viven los juzgados de familia a diario, donde hombres y mujeres en proceso de divorcio rompen todos los puentes y se destrozan mutuamente, dañando de paso a sus hijos en una guerra sucia que suele tener motivaciones económicas.
Deberíamos tener la madurez suficiente para hablar de este tipo de cosas sin perder los papeles. La violencia doméstica merece un enfoque riguroso. No vale con negar las denuncias falsas y relacionarlas con una campaña machista. De la misma forma, la custodia compartida necesita un debate serio. No es cierto que sólo la defiendan los padres para no pagar pensiones. Ni las denunciantes falsas hacen sospechosas a todas las mujeres, ni los maltratadores disfrazados de padres ejemplares pueden extender la sombra sobre todos los padres.

Isaac Rosa es autor de "El vano ayer" y "¡Otra maldita novela de la guerra civil!"

Ilustración de Iker Ayestarán