Dominio público

Begoño, el PSOE y la ‘ley trans’

Elizabeth Duval

Begoña Gómez durante el acto de clausura del Congreso Ruraltivity, en las Torres Kio de Madrid, a 15 de junio de 2022, en Madrid (España).- EUROPA PRESS

Nos hemos levantado esta semana con unas cuantas noticias, a cada cual más repugnante, que nos arrastran de golpe de vuelta al eternísimo día de la marmota que vivíamos allá por 2020. Una de ellas es un bulo, la otra es una expresión de malicia. Es más fácil encontrar puntos en común entre las dos de lo que puede parecer. Analicémoslas una por una y luego en su conjunto.

La primera, antes de que surgiera polémica alguna con la ‘ley trans’ en sí misma, tiene que ver con Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez. Resulta que una tertuliana particularmente dada a la conspiranoia decidió difundir en una cadena irrelevante, y por enésima vez, el bulo según el cual Begoña Gómez sería en realidad un tal «Begoño», o sea, una mujer trans, o sea, en sus palabras, habría nacido varón, y encima narcotraficante cuya información personal incautada dejaría a la seguridad nacional española a la servidumbre de Marruecos. Se basaba en fotitos retocadas de una supuesta Begoña pre-transición; el moderador, igual de irrelevante que ella, afirmaba que esta información era «de sobra conocida», probada por muy diversas fuentes.

Brigitte Macron, primera ministra francesa, ya suficientemente bajo la lupa del escrutinio público por ser bastante mayor que su marido, ya demandó en 2021 a quienes afirmaban lo mismo de ella, asegurando que en realidad se trataba de un hombre que respondía al nombre de Jean-Michel Trogneux y jugando con los viejos bulos respectivos sobre la homosexualidad de Macron. Lo mismo le sucedió a Michelle Obama —Michael, la llamaban—, con mil fotomontajes ridículos: los greatest hits de la conspiranoia dicen que más o menos tres cuartos de los famosos son trans y se basan para ello en la forma de caminar y la posición de su pelvis.

Ya nos hemos indignado todas mucho con las gravísimas acusaciones vertidas contra Begoña Gómez, etcétera, y ha tenido su tiempo de expresar solidaridad y lamentos hasta Macarena Olona, para quien, presuponemos, que alguien insinúe que eres trans es muchísimo peor que lo que le dijeron sus excompañeros de Vox a Irene Montero el otro día en el Congreso o las palabras de una concejala de Ciudadanos sobre cómo fue «fecundada por un macho alfa». Es interesante analizar las palabras de algunos: se considera que, al insinuar de alguien que es trans, se le está «sometiendo a una humillación» o «transgrediendo una línea roja».


De fondo, incluso en estas supuestas defensas de concienzudos aliados que siempre se cuidarían de decir algo malo de alguna persona trans, subyace la tosca idea de que las mujeres trans somos indeseables, de que ser como nosotras es una humillación, que somos una vergüenza para nosotras mismas o para nuestras parejas, y también, como corolario, que ellos no caerían en estas falsificaciones o bulos. Julia Serano analizaba en su libro Whipping Girl, publicado en 2017, los arquetipos prevalentes en los medios de comunicación sobre las mujeres trans. Uno de ellos, quizá el principal, era de la mujer trans engañosa: en Juego de lágrimas, un hombre va a acostarse con una mujer, descubre que es trans, la abofetea y huye al baño a vomitar; en Ace Ventura, un detective diferente, el protagonista desnuda a una mujer trans frente a veinte agentes de Policía, la humilla, exhibe su pene, sus testículos, y todos proceden tan alegremente a vomitar.

Lo que esconde en una multitud de casos esta teatralización tan exagerada de la repulsa y el asco al descubrir de una mujer que se trata de una mujer trans es que, en una multitud de casos, las mujeres trans nos vemos, en realidad, convertidas en fetiche u objeto de un deseo perverso —intenso, pero escondido— por parte de hombres incapaces de responder al cuestionamiento social de su heterosexualidad que una relación así podría suponer con otra reacción que no sea la violencia. Y esta fetichización coloca en posiciones de inmensa vulnerabilidad, permite agresiones, reduce a seres humanos a la mera condición de objetos o receptáculos sexuales de un deseo ajeno, tabú extendidísimo.

Algo que me molesta profundamente de la defensa que se ha hecho estos días en redes de Begoña Gómez es que no se piense en ningún caso en las mujeres trans como sujetos con agencia; ya no es que se conciba que podamos ser objetos de deseo, cosa que se niega, sino que no parece que tengamos ni voluntades, ni inclinaciones, ni impulsos propios. Las mujeres trans quedamos en un lugar extraño, alejado de las vicisitudes del resto de interacciones humana; lo peor es que es el mismo lugar al cual nos confinan muchos discursos que también nos otorgan derechos, cual pobrecitas desvalidas, marginados conceptos abstractos. Apoyarnos se reduce a una gesticulación retórica; si se nos puede apoyar haciéndonos permanecer en la otredad más absoluta, mejor.

Este lunes, la FELGTBI+, Chrysallis y Fundación Triángulo anunciaban que convocarán movilizaciones contra la intención anunciada por el PSOE de recortar, enmiendas mediante, la ‘ley trans’; declaraba Irene Montero, por la mañana, que no había acuerdo a día de hoy con el PSOE, que exigía blindar la «seguridad jurídica» de la ley (concepto mágico al cual apelar cuando no se sabe muy bien qué decir), aprovechando en buena parte la coyuntura provocada por las polémicas con la ley ‘sólo sí es sí’. Con toda probabilidad, su aprobación quedará retrasada a 2023, si acaso llega.

En su día, cuando tuvo que dejar de ocultar su pensamiento, tras abandonar el Gobierno, Carmen Calvo declaró, en una entrevista para El Mundo, que lo que comprometía la seguridad jurídica «y toda la legislación de Igualdad» era la introducción de la teoría queer en los textos legales. Sigo esperando a que alguien me explique cómo alguno de estos proyectos de ley introduce lo que sea que sea esa fantasmagórica «teoría queer», claro, pero no quiero volver a escribir por enésima vez la misma columna o, Dios me libre, libro entero sobre este tema.

Me resulta particularmente insoportable, insisto, que el apoyo que se nos ofrezca se quede en un mero instrumento retórico, indignándose sobremanera el PSOE cuando se insinúa que en sus filas hay avisperos de transfobia —porque los hay— o que actúan por interés en relación con un tema —lo trans— que les dio soberana y absolutamente igual hasta que se vieron presionados a ello; no por convencimiento, sino porque apoyarlo era lo moderno, lo que estaba bien y lo que tenían que hacer, aunque en lo más profundo de su fuero interno les importara más bien poco, si no poquísimo.

Nunca he estado aquí para pedir que se me otorguen derechos como a una pobrecita, no he deseado su misericordia, menos aún ser víctima, y su forma de convertirnos en un vulgar debate de guerrillas me asquea tanto como su hipocresía. Sólo tiene un sentido instrumental y político que al PSOE le parezca fatal lo que firmaba de su puño y letra en 2019. Es un sentido instrumental y político profundamente asqueroso y repugnante. Porque negarse a responder ante Pablo Iglesias si consideraba o no a Carla Antonelli una mujer, como hizo Carmen Calvo en la SER, no tiene detrás ninguna fundamentación sobre estatus jurídico, identidad, constitucionalismo o redacciones legales: es una cuestión de decencia y, en tanto que decencia, la que a ella ahí le faltó, una cuestión política.

¿Qué diferencia profunda hay entre quienes llaman «Begoño» a la esposa de Pedro Sánchez y Amelia Valcárcel, que llamó a Carla Antonelli «tipo de sesenta años con nombre artístico que se viste como cree que vestimos las mujeres», o «persona que alardea de tener sus partes genésicas viriles en perfectas condiciones»? En el fondo, ninguna: quizá Valcárcel tenga algo más de refinamiento intelectual, por poco que se le note, pero son profundas expresiones de lo mismo. No puedo simpatizar con quien se indigna mucho ante lo primero y poco con lo segundo, con quien permite a Valcárcel seguir en la militancia socialista. Hay todo un mundo en la política para el cual, por más que al final cedan en lo que otorgar derechos implica, las mujeres trans seguiremos siendo de segunda. Ya no ciudadanas, sino personas; ya no en las leyes, sino en sus cabezas. Y qué pena y lástima tan profundas al ver a alguien sostener una mirada tan hostil sobre el mundo.