Dominio público

Por un cordón sanitario

Jonathan Martínez

Retrato de Rafael Riego.
Retrato de Rafael Riego.

Cuentan las crónicas que el general Rafael del Riego, harto ya de los arbitrios del rey Fernando VII, decidió celebrar el año nuevo de 1820 llamando a sus soldados a la insurgencia. La mecha prendió en Las Cabezas de San Juan y se extendió por geografías insospechadas en un revuelo de pólvora y disturbios. Hubo tal confusión que Riego llegó a creerse vencido justo cuando Fernando VII asumía en público su derrota y juraba las leyes de Cádiz: "Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional".

Varios años después, Karl Marx iba a analizar este episodio en una columna del New-York Daily Tribune. ¿Cómo es posible que la rebelión triunfara aun cuando las fuerzas sublevadas eran insuficientes? No conviene subestimar el poder de la imaginación. La audacia de Riego estimuló  las fantasías insurreccionales del pueblo hasta que todo el mundo terminó por ver triunfos militares donde nunca los hubo. España estaba tan dispuesta a la revolución, dice Marx, que bastaron unas cuantas noticias falsas para provocarla.

La imaginación viajó también hasta el Palacio de las Tullerías. En la corte de Luis XVIII tenían motivos fundados para temer que el ejemplo de Riego cundiera más allá de los Pirineos. Sin embargo, cualquier reacción absolutista hubiera parecido más un gesto de debilidad que de prevención. Entonces llegó la fiebre amarilla a Barcelona y el duque de Richelieu encontró el pretexto más oportuno para guarnecer la frontera. En sus memorias, Luis XVIII admite haber instalado un "cordón sanitario" con un "doble propósito de interés nacional y de prudencia diplomática".

Con la analogía del cordón sanitario, la monarquía francesa presenta la defensa de los viejos valores en términos inmunológicos. Si algo han demostrado las ideas liberales es su naturaleza contagiosa, de modo que hay que sofocar la disidencia igual que se ataja una epidemia: aislándola, demonizándola y encerrándola en un lazareto. Las metáforas, dice George Lakoff, no son un mero recurso poético sino un esquema conceptual que condiciona lo que pensamos. Dar nombre a las cosas, dice Judith Butler, es un modo de fijar una frontera y de inculcar una norma.

En 1917, la Revolución de Octubre desató un seísmo social con varias réplicas repartidas por Europa. Basta recordar a los obreros armados al mando de la fábrica de Alfa Romeo en Milán durante el Bienio Rosso o los paros mineros de Riotinto durante el Trienio Bolchevique en Andalucía. Para entonces, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Stephen Pichon, ya había urdido su propia agenda inmunitaria: un cordón sanitario que se extendiera desde Odesa hasta Riga para que el virus de la subversión no penetrara en el continente. Un telón de acero antes del telón de acero.

En mayo de 1989, cuando el muro de Berlín estaba a punto de desmoronarse, los partidos mayoritarios de Flandes suscribieron un protocolo para aislar a la extrema derecha. El pacto fue conocido como cordón sanitario y vetaba cualquier cooperación con el Vlaams Blok, una formación que había destacado en las elecciones municipales de 1988 con un endurecido relato contra la inmigración. Los firmantes tardaron pocos días en desentenderse del acuerdo. Solo el Partido Socialista y los verdes de Agalev se mantuvieron en sus trece.

La hipótesis del cordón sanitario resucitó en Europa cuando las nuevas formaciones xenófobas comenzaron a alterar el paisaje parlamentario. En 2017, las fuerzas del Bundestag abrieron la nueva legislatura impidiendo que Alternativa para Alemania alojara a Albrecht Glaser en la vicepresidencia de la cámara. La misma disyuntiva se presentó en 2018 en Andalucía, cuando Vox entró en escena con doce escaños. Juan Manuel Moreno, que había perdido el 29.5 % de sus votantes y había vuelto a quedar por debajo de Susana Díaz, no desperdició la ocasión de ser presidente con los votos ultras.

Quizá por primera vez en la historia, la metáfora del aislamiento ideológico no se aplica tanto a las corrientes renovadoras como a las fuerzas reaccionarias. Hemos llegado a un extremo tan desolador que vivimos condenados a defender las ruinas de nuestras conquistas. Dice Walter Benjamin que las revoluciones tal vez no sean, como sostiene Marx, la locomotora de la historia sino su freno de emergencia. Hay algo de eso en la opción del cordón sanitario: la profilaxis desesperada ante un agente patógeno que ya empieza a contaminar el cuerpo social con su veneno.

Pero la noción misma del cordón sanitario ha desaparecido del horizonte político español. Y si alguna vez fue una posibilidad, tardamos poco en descartarla. El Partido Popular normalizó los acuerdos con Vox y la llegada de Feijóo terminó por consagrar a la ultraderecha en el gobierno de Castilla y León. El gallinero mediático hubo de admitir que no habría cordón mientras uno de los partidos mayoritarios renunciara a aplicarlo. La otra posibilidad, un tanto incómoda, era reconocer que los cordones antifascistas tal vez deberían empezar por rodear Génova.

Vienen tiempos electorales y las encuestas dibujan nuevos mapas de poder. Leo en la prensa que en los próximos comicios generales se dirime una batalla entre el PP y el PSOE. Leo que habrá que elegir entre un gobierno de Sánchez y uno de Feijóo. Si uno echa un vistazo a los titulares podría parecer que ha regresado el viejo turnismo bipartidista. Que todos estos años de siglas multicolores y pactos a dos bandas no han sido más que un borroso espejismo, un paréntesis de excepción en el curso natural de los acontecimientos.

Las narrativas dominantes querrán minimizar una década de convulsiones locales y globales que han cambiado para siempre nuestras conciencias. Desde las huelgas feministas hasta el Ni Una Menos. Desde las luchas contra los CIEs hasta el Black Lives Matter. Desde las Marchas de la Dignidad hasta Occupy Wall Street. Desde las mareas blancas hasta los chalecos amarillos. No han escaseado los movimientos capaces de imaginar otros mundos, voces en pie de guerra a favor de la vida y contra la dictadura de la resignación.

Pero tampoco han faltado a su cita las fuerzas de la contrarreforma para emponzoñar el debate público con sus prácticas infecciosas: el negacionismo climático, la transfobia, el militarismo, la fascinación autoritaria, el culto a la clase dominante, los escraches antiabortistas, el exabrupto xenófobo, el fetiche de la evasión fiscal, la liquidación de la memoria histórica. Hace falta un cordón sanitario. No un cortafuegos electoral ni una frontera blindada sino un nudo corredizo que se cierre para siempre sobre los fantasmas monstruosos del pasado.