Dominio público

Un cuento (republicano) de Navidad

Juan Carlos Monedero

Cedida.
Cedida.

A Jacinto, hijo de Jacinta Fernández y Laurel Toledo, maestros fusilados en agosto de 1936, le pidió el nuevo profesor que se pusiera de pie y le contara a sus compañeros qué significaba para España el día del Alzamiento Nacional, el 18 de julio de ese primer año glorioso de la guerra de liberación.

Todo era gris, todo era una mala digestión de ira y de tristeza. En la pared desconchada, observaba en silencio el Caudillo Francisco Franco desde un retrato idílico, observado por el doliente Cristo clavado en una oscura cruz. La bandera, ajada, con el águila de perfil que a los niños les parecía egipcia, movía inquieta el yugo y las flechas gastadas entre hilos despuntados.

Era diciembre de ese mismo año de contienda y un rocío permanente pegado a la vieja escuela parecía haberse convertido en hielo para que se detuviera el aliento.

-¿Me has oído muchachito?

Jacinto se bebió su miedo y envuelto en un sudor frío vio como la niebla de su cuerpo le arrebataba al tiempo que una hechicera le convertía en águila.

Majestuosa, le bastaron apenas dos golpes de ala para alzar el vuelo desde el pupitre. Con el empuje del aire batido por las alas se cerraron los libros, se levantaron rejas de polvo contra los últimos rayos de la tarde y se abrió la ventana golpeando las jambas las paredes. Jacinto salió como por una vidriera y sus compañeros vieron su sombra recortada y poderosa cara a un sol que ya no era de ellos.

Voló hacia el suelo, agarró del bancal con el pico olvidadas espigas de trigo rubio y entró con la misma solemnidad natural por la ventana del maestro como nadando en el aire, y se posó en la esquina de la desbarnizada mesa. Sus ojos ni olvidaban ni perdonaban.

A un golpe de su firme pata sobre el barniz gastado, las espigas de arriba se pusieron rojas y con otra señal de sus garras se tornaron las de abajo moradas. Sobrevoló la clase Jacinto convertido en águila, golpeó con la punta del ala el retrato de Franco que cayó al suelo con ruido de desastre rompiéndose en fragmentos astillados. Liberada por el maestro, el águila de la bandera salió de entre los hilos a defender su nido negro pero recibió un certero golpe de pico de Jacinto entre los ojos que la dejó con las alas encogidas y escondida con miedo tras la pata de la mesa. El maestro, desconcertado, quiso cargarse de razones con el brazo en alto mientras gritaba a los niños que acabaran con esa bestia irreverente. Pero el aleteo había descolgado la bandera roja y gualda que envolvía ahora como una mortaja su cuerpo y hacía inútiles sus correajes de cuero, paralizado, silenciado, ciego. El crucifijo vio ceder el clavo, abrirse la escarpia, lanzándose el travesaño contra la nuca del maestro usurpador mientras el madero vertical se clavaba con saña de flecha contra su espalda.

Toda la escuela había escuchado el estruendo, sonaban cañones desde la dirección y un rumor de milicia golpeaba la puerta de la clase con su ejército de vengadores batiendo con la culata de sus rifles la vieja puerta del aula.

Abajo, la pared del huerto clamaba porque no volvieran a llenarla de balas. Los niños miraban asombrados al águila volar en círculo por la sala y le gritaban "vuela, vuela" mientras señalaban con sus dedos de niño a la ventana para que huyera. Al final cedió la puerta y el horror y el odio y la venganza regresaron con su ánimo de vencedores.

-El 18 de julio nuestro amado Caudillo empezó la salvación de España liberándonos de los rojos, los ateos, los comunistas y los masones que querían acabar con la patria- balbuceó Jacinto de memoria.

-¿Y qué más?

-Y todos los enemigos de la patria, los que llenaban a los niños de mentiras, han sido castigados y ya no van a seguir crucificando a Dios y a España.

-Siéntate y la próxima vez no dudes tanto, que eso, en tu situación, no te ayuda.

El sol invernal caía sobre las espigas y sobre los tallos y sobre los granos escondidos, azulados del hielo y el abandono. Nacía al día siguiente el hijo de Dios y en el huerto una nube negra sobre la tapia parecía no querer marcharse.

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