Dominio público

Algunos datos, no tan optimistas, sobre el mercado de trabajo

Julen Bollain

Es innegable que la reforma laboral aprobada por el Gobierno ha permitido la creación de más empleo y de mayor calidad. De hecho, son los casi más de medio de millón de empleos creados en el año 2022 los que han conseguido que el consumo agregado se mantuviera pese a la bajada del consumo familiar individual, con una reducción de la renta de los hogares de un 4,5%. Una reforma laboral que ha logrado que el número de personas paradas sea el más bajo desde el año 2007 (2.837.653 personas al finalizar 2022), el número de personas ocupadas se encuentre por encima de los veinte millones (20.296.271) y la afiliación a la Seguridad Social sea la más alta de la historia. Y eso que, según el Partido Popular, la subida del Salario Mínimo Interprofesional iba a destruir la economía y la reforma laboral iba a destrozar el mercado laboral. Pues ya hemos visto que ni uno ni otro.

Sin embargo, los datos siguen siendo muy crudos y no cabe esconderlos o maquillarlos. La fragilidad y la precariedad del mercado laboral español no dejan demasiado espacio para el optimismo. Es cierto que la tasa de desempleo española se ha reducido un 52% en la última década —del 25,8% en diciembre de 2012 al 12,4% en diciembre de 2022—, pero sigue habiendo más de dos millones de personas en situación de desempleo.

Un problema que golpea con especial virulencia a las personas paradas de larga duración —es decir, que llevan más de un año buscando empleo— y a las personas jóvenes —sobre todo, a las menores de 25 años—. Respecto a las personas desempleadas de larga duración, el último dato disponible que ofrece el Instituto Nacional de Estadística nos muestra que el 44,4% de las mujeres y el 38,5% de los hombres desempleados eran parados de larga duración en España a finales de 2021, lo que permite apreciar una clara brecha de género que afecta especialmente a las mujeres. En relación a las personas jóvenes, y aunque a la reforma laboral ha provocado un aumento del 142% en el número de jóvenes con contratos indefinidos, los datos siguen siendo extremadamente preocupantes. Actualmente la tasa de desempleo juvenil en España es la más alta de Europa —32,3%—, seguido de cerca por Grecia —31,3%— y con Italia en tercer lugar —23%—. Lejos queda el 55,5% de desempleo juvenil que se alcanzó en el año 2014, pero también la distancia es abismal con la media europea que se sitúa en el 15,1%. Es decir, aunque la tasa de desempleo juvenil española se haya reducido un 42% desde su máximo en 2014, todavía dobla a la media europea y sigue siendo realmente preocupante. De hecho, el 38% del total de las personas jóvenes que se fueron al paro en 2022 en la Unión Europea son españolas.

Pero incluso con todo lo que estos datos representan, te toca escuchar a Isabel Díaz Ayuso decir que a las personas jóvenes "les falta esa cultura del esfuerzo que se ha ido perdiendo" y que "lo tienen todo". Sí, Díaz Ayuso, la misma que lleva viviendo del dinero público desde los 27 años mientras llama "mantenidos subvencionados" a las personas que pasan hambre y que tienen que hacer cola en los bancos de alimentos. En la misma línea se manifestó una conocida psicóloga en la televisión pública española, afirmando que "a la última generación se lo hemos puesto más fácil [...] y ellos se han acostumbrado". Otras personas te dirán, basándose en el tantas veces desmentido relato meritocrático, que todo es cuestión de esfuerzo. Ahora bien, ya es casualidad que la gran mayoría de la juventud española no se esfuerce lo suficiente.

Si las décadas de los 80 y los 90 dejaron a la sociedad una generación entera estructuralmente dañada al haber tenido que convivir junto a tres crisis económicas y sus duras consecuencias, el nuevo milenio está dejando una generación perdida. Hay tres datos que son demoledores y que dibujan a la perfección la realidad de la juventud española: La mitad —45,5%— de los trabajadores menores de 30 años cobra menos del Salario Mínimo Interprofesional; los salarios de las personas jóvenes se sitúan al nivel del año 1999; desde 2008 los alquileres han incrementado ocho veces más que los salarios de las personas jóvenes. Es asombroso cómo en tan solo una década el mileurismo ha pasado de ser un concepto de denuncia de la precariedad del mercado laboral a una aspiración para la que, además, es requisito tener estudios universitarios y dominar idiomas.

Y, lo que es peor, el nuevo milenio nos ha traído una generación sin expectativas. Porque más allá de la precariedad del mercado laboral y de la enorme dificultad para poder acceder a una vivienda digna es, sobre todo, la falta de expectativas lo que está echando toda una generación por la borda. Una gran amiga mía reflejó y resumió perfectamente el problema en una conversación que mantuvimos hace pocos meses: Tanto a los boomers, como a los millennials y a los centennials, nos han dicho "estudia, llega a la universidad, consigue un trabajo estable, cómprate un piso y forma una familia". Pero, a la hora de la verdad se aprecia que los boomers lo pudieron más o menos hacer realidad, los millennials lo pusimos en duda y, aunque nos seguimos llevando hostia tras hostia, seguimos intentando hacerlo realidad, pero los centennials ya directamente no confían en nada de esto.

España es, por mucho, el país de la Unión Europea que más años ha tenido la tasa de desempleo por encima del 15%. Actualmente, y como decíamos anteriormente, la tasa de desempleo se sitúa en el 12,4%, casi el doble que la media de la Unión Europa —6,5%—. Las series temporales de los datos de empleo también evidencian la fragilidad del tejido productivo español, de escasas dimensiones y muy centrado en determinados sectores, incapaz de aportar al crecimiento del empleo y de la productividad. Es por ello que, si queremos que la creación de empleo de calidad sea una variable significativa a la hora de dotar de seguridad y expectativas a la juventud, la herramienta para conseguirlo no puede basarse en meros retoques estéticos. Son necesarios cambios estructurales que transformen, modernicen y sitúen la economía en el camino correcto para afrontar los retos del siglo XXI. Debemos celebrar los éxitos, sí, pero siempre con los pies en el suelo, también en el relato, y no ser una izquierda separada de la realidad. Porque decir que Yolanda Díaz es una gran ministra de Trabajo no debería privarnos de denunciar el inestable mercado laboral y el débil tejido productivo español.