Opinion · Dominio público

Crecimiento sí, pero

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

Quienes lo ignoramos todo sobre macroeconomía (la práctica totalidad de los habitantes de este planeta, incluyendo muchos economistas y casi todos los políticos) no tenemos otro remedio que fiarnos de aquellos expertos cuya ideología coincide con la nuestra, de tal modo que consideramos un buen libro o artículo aquel que confirma nuestros prejuicios. Dicho lo cual, no debemos renunciar a nuestro derecho a opinar: la economía es una cosa demasiado seria para dejarla en manos de los economistas, cuyos aciertos en esta materia son equiparables a los nuestros.

Hace tiempo que todos los economistas que podríamos calificar de izquierdas –y algunos otros- vienen denunciando la política económica que se sigue en Europa: la obsesión por el déficit y la inflación condena a muchos países a una crisis perpetua, en la medida en que tal política solo beneficia a ciertos bancos, a muchos especuladores y a alguna nación, pero impide la recuperación de los países más débiles. Lentamente se va abriendo camino en Europa la necesidad de desarrollar políticas de crecimiento, que sean capaces de reactivar una economía que languidece. Veremos si Alemania lo permite.

Sin embargo no se trata de reemplazar el mantra del déficit por el del crecimiento. Muchos expertos de reconocido prestigio llevan años advirtiendo que nuestro pobre planeta es incapaz de soportar un crecimiento desorbitado como el que se ha producido en las últimas décadas. Jared Diamond, un geógrafo, sociólogo y economista norteamericano que está lejos de militar en la izquierda, ha publicado en 2008 en el New York Times un artículo titulado ¿Cuál es su factor de consumo? (que puede encontrarse en la web) en el que afirma que la diferencia entre el consumo de recursos y la producción de residuos del mundo desarrollado y el del resto del mundo es aproximadamente de treinta y dos veces. Cada uno de nosotros consume y contamina treinta y dos veces más que un habitante de Kenia. De proseguir el ritmo actual de crecimiento –transitoriamente limitado por la crisis- la desigualdad entre ambos mundos seguirá creciendo. Como ya lo hace.

Si todo el mundo alcanzara los niveles de consumo y de contaminación de los Estados Unidos, Canadá, Europa occidental, Japón y Australia el consumo mundial equivaldría a una población de 72.000 millones de personas, es decir, un número absolutamente imposible de mantener en un planeta como el nuestro, cuyos recursos son limitados. Por supuesto que este hecho no se producirá. Pero en el mismo artículo Diamond advierte que si solo China y la India alcanzaran ese nivel, la tasa de consumo y contaminación mundial se triplicaría, lo cual también resultaría insoportable. Y es obvio que esos países, y algunos otros, no están dispuestos a reducir sus planes de desarrollo en homenaje al cuidado del medio ambiente.

Kenneth Boulding, uno de los creadores de la teoría general de sistemas, es el autor de la famosa frase: “si alguien piensa que un crecimiento infinito es posible en un planeta finito, es un loco o un economista”. La biosfera es un sistema cerrado (si exceptuamos el efecto de la energía solar) que dispone de recursos limitados, algunos de los cuales tardan milenios en recuperarse, tantos como exige la eliminación de algunos residuos que el crecimiento provoca, de tal modo que son irrecuperables a escala humana. Los expertos utilizan el concepto de “huella ecológica” para definir la relación entre el consumo de recursos y su disponibilidad en el planeta. El mundo desarrollado ha sobrepasado hace tiempo el equilibrio entre uno y otro (consume y contamina en mayor medida que la posibilidad que tiene la tierra para recuperarse de ese impacto), mientras que la mayoría de la población mundial no puede disponer ni siquiera de los recursos que hoy consideramos indispensables para una vida digna, hasta el punto de provocar la muerte por hambre de millones de personas cada año. ¿Alguien puede suponer que esta relación entre sobreexplotación y miseria puede prolongarse indefinidamente en el tiempo sin que nos enfrentemos a algún tipo de colapso de nuestra civilización, como el que han sufrido muchas otras a lo largo de la historia?

Podrá objetarse que falta mucho tiempo para ello. Pero si comparamos la curva del crecimiento de la producción mundial desde la antigüedad hasta nuestros días veremos que habiendo sido una línea casi horizontal desde el comienzo de nuestra era, se pasa en un breve período de tiempo a un trazado que cada año tiende más a la verticalidad, hasta el punto de parecerse a lo que en matemáticas se llama progresión geométrica.

“¿Significa esto que avanzamos hacia el desastre”?, se pregunta Diamond. Su respuesta es “cautamente optimista”: opina que los niveles de vida no están estrechamente ligados a las tasas de consumo, ya que una parte muy importante de ese consumo se debe al despilfarro de recursos naturales (como el petróleo, la pesca, los bosques) que podrían controlarse sin que se vea afectada la calidad de nuestra vida. Seguramente es verdad. Pero creo que esta racionalización del consumo y la contaminación es incompatible con el sistema capitalista, al menos en su etapa actual caracterizada por una globalización que deja fuera de control al sistema financiero. Una vez sustituido en buena parte el poder del sistema democrático sobre la orientación de la economía por el dominio de los mercados financieros, el destino del dinero necesario para un cambio de rumbo depende de anónimos inversores cuya única motivación es lograr una rentabilidad inmediata. Pedirles a esos mercados que piensen en el destino del planeta y en la necesidad de un desarrollo racional y armónico que tenga en cuenta la disminución de las desigualdades y el cuidado del medio ambiente constituye una utopía en el peor sentido de la palabra. Probablemente –y lamentablemente- haya que esperar algún tipo de catástrofe no deseable que haga necesario un cambio de rumbo.

Todo lo cual, y volviendo al comienzo, no niega la necesidad de impulsar en nuestra Europa una política de crecimiento. Pero creo que sería suicida entender ese crecimiento como una irracional inversión en cualquier empresa que haga crecer el PIB a costa de la salud del planeta o inventando necesidades ficticias, como destinar esos fondos para producir más automóviles o para lograr que los teléfonos pesen unos gramos menos. Por no hablar del siniestro proyecto de Eurovegas. Existen muchas inversiones que podrían reactivar nuestra maltrecha economía contribuyendo a racionalizar su desarrollo. Por ejemplo, la sustitución de las energías contaminantes por energías renovables, el desarrollo del transporte público, las empresas de atención a la discapacidad, la mejora de los sistemas educativos, las inversiones en necesidades del tercer mundo, la reforma de la edificación existente para adaptarla a nuevas necesidades, etc.

No cualquier crecimiento es deseable: la metástasis también es crecimiento.