Opinion · Dominio público

Nada que perder, todo que perder

Fernando Lamata

Psiquiatra y ex secretario general del Ministerio de Sanidad

Fernando Lamata
Psiquiatra y ex secretario general del Ministerio de Sanidad

Muchas veces me he preguntado por qué era tan difícil desarrollar un sistema sanitario universal en EEUU y por qué, en cambio, había sido posible en Europa. Ahora que los ataques del nuevo capitalismo financiero ponen en cuestión el modelo social europeo; ahora que mientras a la sanidad pública se le recortan más de 10.000 millones € poniendo en riesgo su futuro, se le dan a Bankia otros 19.000, vuelve a cobrar actualidad esta pregunta.

La hipótesis que presenté hace dos años en una Jornada sobre la Reforma Sanitaria de Obama organizada por la FADSP apuntaba dos factores relacionados entre sí: por un lado, desde que hace cien años EEUU había comenzado a ser potencia dominante no había conocido una derrota total, seguía siendo el Imperio, y por eso no era consciente de que “podía perderse todo”. Y, por otro lado, desde que empezó a forjarse como Nación, la mayoría de los norteamericanos estaban convencidos de que una persona siempre podía salir adelante con su propio esfuerzo, gracias al ejercicio de su libertad. Eran invencibles y Dios estaba de su lado (In God We Trust).

En Europa muchos años de historia habían fraguado otra psicología colectiva. Después de siglos de feudalismo, el desarrollo del capitalismo industrial impuso a los trabajadores unas condiciones de vida muy duras; la mortalidad infantil superaba los 150 por 1000 nacidos vivos (más que hoy en los países más pobres del planeta), se pasaba hambre física y no había ninguna protección social. Los trabajadores y los campesinos no tenían “nada que perder”. Eran conscientes de que un hombre solo no podría defenderse y necesitaba asociarse con otros trabajadores. El movimiento obrero fue adquiriendo fuerza y la revolución soviética hizo patente la amenaza para el orden establecido. Las luchas obreras y el miedo al comunismo fueron creando condiciones para que los capitalistas cedieran parte de su riqueza, de su poder, en toda Europa.

El otro factor predisponerte fue la conciencia de que eran vulnerables, de que “podían perderlo todo”. Los países europeos habían sufrido muchas derrotas a manos de invasores. Lo tenían todo y todo lo perdieron. Habían mordido el polvo. Los europeos saben que los imperios de hoy caerán mañana, porque tienen las ruinas de esos imperios, de sus impresionantes templos y sus inexpugnables castillos, hundidas bajo tierra en todas sus ciudades. La guerra impone una evidencia de vulnerabilidad y crea en el ánimo del grupo una predisposición, la necesidad de colaborar juntos para salir a delante, porque podemos perderlo todo. Quizá por eso fue posible crear los sistemas obligatorios, públicos, de protección social.

En EEUU no se han dado estos dos factores. EEUU todavía no ha tenido un fracaso histórico y sus capitalistas no han sentido la amenaza de la revolución. El elemento dominante en la psicología de este gran país es la libertad, que implica un rechazo al intervencionismo del Estado. En los debates sanitarios que se han llevado a cabo en EEUU, siempre que los demócratas han intentado aumentar la cobertura sanitaria, financiada con impuestos o con cotizaciones sociales obligatorias, los republicanos han enarbolado la bandera de la libertad. “¿Cómo van a obligarnos a contratar un seguro sanitario? ¿Nos obligarán a beber una determinada marca de cerveza, a vestir con un mismo tipo de pantalón, etc.? ¿Por qué tienen que pagar otros por mi médico? Es mi problema. Yo debo trabajar duro y ahorrar para poder pagar mi factura médica. Tengo que ser capaz de tener empleo en una empresa que tenga un buen seguro médico. Es mi problema”. Y lo ven así millones de norteamericanos, porque en su vivencia está la historia del éxito en los últimos doscientos años, su historia como país. Por eso la atención sanitaria pública se ha ido implantando primero solo a los más pobres (Medicaid) y a los mayores (Medicare). Es un país joven, y triunfador. No tiene la necesidad psicológica de crear un sistema sanitario para todos, pagado por todos.

Ahora, la crisis económica iniciada en 2007 está sirviendo de coartada para intentar socavar el modelo sanitario europeo. Y el apoyo social no es tan fuerte, porque las condiciones que se dieron al construir este modelo no existen. Paradójicamente, el éxito de Europa, construyendo una convivencia pacífica, con sistemas de protección social y garantía del ejercicio de las libertades, la hace ahora más vulnerable, porque no tenemos conciencia de su necesidad. Pensábamos que estos logros estaban garantizados para siempre y bajamos la guardia. Pero las concesiones que había hecho el capitalismo, su regulación, su sometimiento a un sistema fiscal, no eran irreversibles, y fueron debilitándose a partir de 1980, mientras tomaba fuerza un nuevo capitalismo financiero global.

El nuevo capitalismo financiero, atento a estos cambios, ha visto un hueco en los sistemas de protección social, donde puede generar un negocio fabuloso como en EEUU, y por eso promueve un discurso machacón y manipulador: “los sistemas sanitarios públicos no pueden sostenerse, hay que disminuir la financiación pública (la que pagamos todos con impuestos) y que cada uno se pague su enfermedad (bien sea en el momento del uso, con copagos, o bien sea con seguros privados). Hay que introducir la gestión privada en lo que quede de sanidad pública porque ahorraremos dinero”, etc.

Para que este discurso generado desde el poder económico no se transforme en la ideología dominante, tenemos que ser capaces de elaborar otro discurso respaldado desde el poder de la ciudadanía organizada. Un discurso que incorpore la defensa de los valores que hemos sido capaces de poner en pie en Europa con el esfuerzo de todos, que son la paz, la justicia y la libertad. La libertad, para ser real, necesita también de la justicia; y solo con las dos hermanadas es viable la paz. Y el valor de la justicia exige que todas las personas tengamos derecho a la atención sanitaria adecuada independientemente de nuestra condición económica o social.

Junto a la defensa de estos valores debemos insistir en el argumento de la eficiencia. Un sistema sanitario de cobertura universal, como el europeo, es más eficiente, menos caro para el conjunto de la sociedad, con mejores resultados en salud y más sostenible que un modelo como el de EEUU. En Europa el derecho a una atención sanitaria pública de calidad es para el 100% de las personas, en EEUU no llega al 50%. La sanidad europea cuesta un 11% del PIB, la de EEUU un 18% del PIB. La esperanza de vida al nacer es tres años mayor en Europa. Es preciso, además, escuchar a la OMS, cuando recuerda en su informe de 2012 que cien millones de personas se arruinan cada año en el mundo por tener que hacer frente, con su patrimonio personal, a los gastos de asistencia sanitaria.

Se trata de forjar de nuevo una conciencia colectiva fuerte, que llene las plazas y movilice las redes sociales, los sindicatos y los Parlamentos, para exigir y respaldar a los gobiernos que defiendan una sanidad pública universal, con una calidad de servicios adecuada al nivel de renta del país. Quizás ahora no sintamos la amenaza de una guerra militar que pueda destruirlo todo, pero en Europa se está desarrollando una verdadera guerra económica entre el capitalismo financiero internacional y el conjunto de la sociedad. En esa guerra ya estamos perdiendo mucho (sanidad, educación, prestaciones sociales, empleos, derechos laborales y salarios) y, si la ciudadanía no se enfrenta con inteligencia a este adversario poderoso y voraz, tenemos todo que perder.