Dominio público

Piensa en los niños

Alana S. Portero

Historiadora, escritora y directora de teatro. Acaba de publicar 'La mala costumbre' (Seix Barral)

Sandra, Ana y L. son una familia preciosa. Las conocí hace algo más de dos años, a Ana un poquito antes. He visto la llegada de L. al mundo y la transformación de sus madres en eso, en madres. Una esperaría ver muchas cosas diferentes en el desempeño de la maternidad en una pareja bollera, no sé, un proceso de queerización del bebé del tipo que se imaginan en Hazte Oír, El Yunque, Vox o el Partido Popular, pero aparte de bromear con esto cuando nos reunimos, la verdad es que L. come a su hora, se mancha las camisitas, cansa a una de sus madres de tanto estar en brazos y procede a cansar a la otra en su turno.

Le dan toquecitos en los diminutos pies para regañarle, le consuelan cuando llora, le hacen muecas para entretenerle, le cantan canciones tontas cuando tiene sueño y suspiran cuando cae al fin. Todo hermoso en su mundanidad. Las tres comparten proyecto y una parte importante de la vida con Óscar, amigo, socio y habitante de esa línea difusa entre el amor y la amistad que creo que a todas nos llega cuando encontramos amigas de verdad y familia elegida. Siempre he creído que una se enamora un poco de esas personas que aparecen en la vida y se quedan en ella el tiempo suficiente como para recordarlas siempre. Es justo decir que Óscar es su tío, su función en la vida de L. viene a ser la misma que la de cualquier hermano de nuestra madre o nuestro padre especialmente cercano. Óscar tiene dos parejas maravillosas que además, son amigos míos, Rubén y Ricardo, parte de mi familia elegida o amores sutiles que una tiene la suerte de atesorar en la vida. En ese terreno difuso y maravilloso de los afectos, la red de cariño, cuidados y lugares seguros se nos va ampliando como una tela de araña y mucho tienen que fallarme las cuentas para no llegar a la conclusión de que L. tiene una familia que ya la querría para sí el más prominente de los mormones, con todo mi respeto para mormones y protestantes en general.

Hace un par de semanas la fiscalía de Padua envió una comunicación a 33 familias formadas por dos madres y su prole para que de forma retroactiva se elimine del registro a la madre no gestante. Esto es un arrancamiento de corazón y de derechos de madres e hijas en nombre de la protección de la familia tradicional. Esa que a menudo limita los afectos a la sangre y que tantas veces encubre las peores violencias para seguir produciendo células de normatividad y cerrazón. Esto no es una forma de impugnar a esas familias tradicionales que se entienden a sí mismas como les han enseñado o que se sienten más cómodas en ese esquema. Es una defensa de las familias lesbianas y sáficas, las mujeres bisexuales también se emparejan con mujeres y tienen descendencia, no solo de su amor y de sus maternidades, sobre todo de sus derechos básicos y de los de sus hijos, hijas e hijes. Se excusa la medida en un retruécano contra la gestación subrrogada, cosa que ni es un reclamo LGBTBIAQ+, ni tiene nada que ver con nosotras más que las decisiones de algunas parejas de recurrir a ella, pocas comparadas con el mundo cisheterosexual.

El movimiento del gobierno Meloni es un aviso que ya lleva incorporada la guadaña. Una señal clara y concisa sobre lo que la derecha nos tiene reservado y nuestra oportunidad para apropiarnos de esa frase que tanto les gusta vocear para causar dolor: "Es que nadie va a pensar en los niños".


La derecha, paladina de la familia, pretende dejar a niños, niñas y  niñes sin madre, más allá de las coordenadas lesbófobas imprescindibles para entender este atropello. Es así de sencillo. Romper familias, humillarlas, quebrar la ilusión de mujeres que quieren formar la suya con sus compañeras de vida y avisar a quienes vayan o vayamos después que no entremos por el ojo de la aguja del fascismo. El 23 de julio votamos y deberíamos tener esto en la cabeza. Me imagino sin problema a Vox susurrando al oído del monigote Feijoo qué cabezas hay que cortar para pactar. También me imagino con un nudo en el pecho la posibilidad de que una de las madres de L. necesite una autorización para buscar a su bebé al jardín de infancia, el mismo bebé que la ha mantenido despierta madrugadas enteras, por el que se levanta cada día y sale a mejorar el mundo. Imagino ese dolor recorriendo esa red de cuidados y afectos de nuestra familia ampliada, a tantas y tantas personas buenas sufriendo y casi tengo que dejar de escribir esta columna.
Vamos a dejarnos la vida para evitarlo, y somos muchas.

Si te importa de verdad la familia y no la pones como excusa para aplicar una visión mohosa y violenta del mundo, protege con tu voto y con tu cuerpo a todas las Anas, a todas las Sandras a todes les L. También a quienes les aman de la forma que sea. Protégenos. Piensa de verdad en los niños.

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