Dominio público

Neocolonialismo académico en África

MANUEL DOMÍNGUEZ-RODRIGO

05-27.jpgLlevo casi 20 años investigando en África el origen del ser humano. He trabajado en Kenia, Etiopía, Uganda, Sudáfrica y he hecho de Tanzania mi segundo hogar. En estos años he trabajado solo, a veces durmiendo a la intemperie en sabanas africanas, he colaborado con equipos estadounidenses y he tenido el privilegio de dirigir el primer equipo de arqueólogos íntegramente español que estudia nuestros orígenes en el continente donde el ser humano vio la luz por primera vez.

Durante diez años, nuestro equipo ha sacado centenares de fósiles en las inmediaciones del lago Natron (Tanzania) aportando información muy valiosa de los primeros seres humanos y sus hábitos cinegéticos. En la actualidad, nuestras preguntas nos han trasladado al lugar que preserva de manera excepcional los yacimientos arqueológicos más importantes para reconstruir cómo eran los primeros humanos: la garganta de Olduvai (Tanzania). Dicha garganta, que es para la arqueología prehistórica lo que la Capilla Sixtina es para el arte, ha sido estudiada durante décadas por la familia Leakey y en los últimos 20 años se ha convertido en coto privado de un equipo de la Universidad de Rutgers liderado por R. Blumenschine.

En nuestra actual investigación en Olduvai estamos experimentando más de lo que por desgracia he visto en cada país africano donde he trabajado: algunos investigadores estadounidenses convierten extensas áreas fosilíferas (a veces de varios centenares de kilómetros cuadrados) en feudos particulares con los que mantienen posiciones académicas hegemónicas durante décadas. En dichas zonas impiden que cualquier otro investigador pueda acceder, incluso en situaciones de ausencia de incompatibilidad de objetivos, aunque se trate de investigadores nativos. Dada su incapacidad para abarcar áreas tan amplias, esto se traduce en que cada año centenares de fósiles (quién sabe cuántos de homínidos) desaparecen por falta de atención. Este gesto neocolonial, manifestando que el que tiene los recursos sigue imponiendo su ley sobre lo que es de otros, en este caso, patrimonio primero de los africanos y luego de la humanidad, no es sino una expresión particular de la política internacional de un país que dicta los principios por los que se rige la globalización.

Esta conducta neocolonial va emparejada y se nutre retroactivamente de uno de los peores vicios de algunas sociedades africanas: el elevado grado de corrupción. La investigación de la evolución humana en África está plagada de ejemplos semejantes y muchas otras controversias, que restan apoyo social a una disciplina que es la única que puede combatir con eficacia al resurgimiento de ideas antievolucionistas y creacionistas disfrazadas de diseño inteligente tan de moda en la actualidad. Algunas de estas historias y pugnas acaban de ser recogidas de manera ejemplar en un libro publicado por una periodista de la revista Science (Ann Gibbons, The First Human, Anchor Books, Nueva York). Sería injusto calificar a cada paleoantropólogo estadounidense de esta guisa; de hecho, nuestro equipo está codirigido por un investigador de la Universidad de Wisconsin (Henry Bunn) que es ejemplo de los muchos investigadores procedentes de EEUU cuya excelencia académica y humana he tenido la oportunidad de conocer en mis años de estancia en aquel país. Sin embargo, el sistema académico estadounidense refleja la feroz competencia, casi darwiniana en su sentido más denostado, de investigadores cuya supervivencia depende de su productividad científica. La productividad sólo se consigue con proyectos de investigación, preferiblemente de primer nivel, y en el campo de la evolución humana, eso significa buscar homínidos en África. Una manera de mitigar la competencia es limitar el número de competidores y eso se hace reclamando derechos señoriales sobre zonas de gran riqueza fosilífera.

Trabajar en África es un reto para un investigador español. El reto empieza en casa. Primero, la mentalidad de ciertos gestores ministeriales y políticos incentiva el derroche en yacimientos arqueológicos cuya relevancia es estrictamente parroquial y los recursos disponibles para excavar en yacimientos de envergadura e impacto internacional en el extranjero son irrisorios. Las inversiones importantes en la arqueología nacional se hacen frecuentemente en yacimientos más por su interés político que por su contenido científico. Esta no es una buena política para colocar la investigación arqueológica española en el panorama internacional. Luego, cuando los recursos se conceden, la gestión administrativa de los mismos es surrealista. Yo, en 20 años de investigación, jamás he podido irme a África ni una sola vez sin haber echado mano de mi escaso patrimonio, ya que las ayudas llegan siempre mal y tarde. Una ayuda concedida a principios o mediados de un año, se puede materializar del ministerio a la institución académica a finales del mismo (si hay suerte) y la tramitación interna de ésta se dilata de tal manera que ocurre que el investigador reciba la ayuda al año siguiente. Luego, a veces gestionar los permisos de investigación en el país africano se transforma en un esfuerzo de meses similar al de la gestión de recursos en casa. Y cuando por fin llega uno al campo, además de preocuparse por los riesgos de integridad física (malarias, amebas, escorpiones y serpientes, por no hablar de la fauna grande), le queda enfrentarse al juego sucio de ciertos colegas dotados de mucho más apoyo financiero y a sabiendas de que sus artimañas mafiosas no se conocerán más allá de las zonas recónditas donde los fósiles tienen la mala virtud de preservarse mejor.

A pesar de eso, los que nos dedicamos a esto seguimos y descubrimos, siempre ayudados por la diosa Fortuna, fósiles e información que sirve para explicar como nos convertimos en primates tan excepcionales.

Manuel Domínguez-Rodrigo es profesor titular de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de Iván Solbes