Dominio público

Ayuso, la fruta y el negacionismo

Pepe Viyuela

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ofrece declaraciones a los medios después de asistir a un desayuno informativo en Madrid. EUROPA PRESS/Alberto Ortega
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ofrece declaraciones a los medios después de asistir a un desayuno informativo en Madrid. EUROPA PRESS/Alberto Ortega

Cuando escuchamos hablar a un negacionista a algunos se nos queda la boca abierta, quizá porque nos cuesta creer que se pueda tener tanta cara, estar tan engañado o, sencillamente, que él o ella puedan pensar que somos tan tontos como para tragarnos las bolas de pellet playero con las que pretenden hacernos comulgar.

El negacionista profesional puede llegar a extremos tales como negar que ha dicho lo que ha dicho y sustituir eso que ha dicho por otra frase que quizá recuerda a lo que se dijo, pero que no tiene nada que ver con lo que en realidad se dijo.

Esto, que puede parecer un trabalenguas, constituye la ceremonia de la confusión a la que asistimos a diario en el paisaje político planetario. En el gran supermercado de mentiras que es el mundo, por ejemplo, se puede llegar a plantear como necesidad de defenderse lo que es un genocidio con todas las letras o definir como un ejercicio de libertad presentarse a unas elecciones presidenciales siendo un delincuente.

Pero no es necesario abordar temas tan tremebundos para encontrar ejemplos de cinismo de libro en nuestro entorno. La amada líder Isabel Díaz Ayuso, no solo niega, por ejemplo, el cambio climático y se queda tan ancha, sino que acusa de comunistas a quienes lo denuncian.

Para ella, por lo visto, el calentamiento global tiene filiación política y constituye una ideología y no un hecho demostrado científicamente. Siguiendo sus argumentos uno llega a pensar que los científicos que hablan del cambio climático son Guardias Rojos amenazando el palacio de invierno del capitalismo ultraliberal que ella defiende con uñas y dientes.

La señora Ayuso se está convirtirtiendo en un fenómeno sociológico que será estudiado en el futuro como un ejemplo de cómo la simplicidad y la cara dura pueden convencer más que la inteligencia y la honestidad.

Va tan lejos en sus flipantes viajes negacionistas que es capaz de decir que dijo que le gusta la fruta, cuando la frase que todos sabemos que espetó -ella la primera-, fue otra muy distinta. Y nuevamente se queda tan ancha, exhibiendo eso que se empeña en hacernos creer que es una sonrisa y que no es más que una mueca de desprecio hacia los que no están de su lado.

Se argumentará que eso de la fruta está dicho desde el humor, que es una broma  y que constituye solamente un chiste. Bien, admitamos que Ayuso tiene sentido del humor; pero admitamos también que la broma le ha servido de arma arrojadiza y, sobre todo, para evitar pedir disculpas.  Su broma ha sido usada no como un elemento de distensión, sino para aumentar la tensión de la cuerda política de la que es, hay que reconocerlo, una maravillosa funambulista.

Con su exhibición humorística, Ayuso queda de nuevo investida como la graciosa oficial ante la inmensa cohorte de aduladores con la que cuenta, y que aplauden cualquier ocurrencia suya convirtiendo hasta sus estornudos en un motivo de fiesta y de celebración, ya sea en forma de camisetas, consignas en manifestaciones patrióticas o regalos de fruteros navideños.

Quien ya utilizó el "que te vote Chapote" como lema electoral o ha elevado a categoría de discurso político la consigna "libertad o comunismo", quien tiene una pizza con su nombre ("Madonna Ayuso"), un plato de huevos con patatas ("Huevos a la Ayuso") y hasta una cerveza dedicada con el nombre "La caña de España", se ha convertido en la monologuista favorita de la derecha, con los fans más furibundos y que se pirran por consumir su merchandising. ¿Alguien da más?

Ojo, no seré yo quien niegue las bondades y la necesidad del humor. Pero sí me gustaría decir que el humor no necesariamente es bueno de por sí y que en ocasiones puede resultar hasta nocivo. Hay un humor macarra y de barra de bar que suele terminar en bronca. Lo peor de ese tipo de humor no es quien lo ejerce, sino más bien, como queda dicho, quien lo jalea.

Siempre se ha hablado de buenos y malos humores. Ya Hipócrates se refería a los cuatro que nos componen: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Así como a la necesidad de buscar el equilibrio entre ellos, para conformar una personalidad estable y propicia a la convivencia.

No sé qué tipo de humor es del que abusa la presidenta, pero sería deseable algo más de flema en sus manifestaciones y un poco menos de bilis sea del color que sea, así como un cierto enfriamiento de la sangre de quien la jalea y le aplaude las gracias.

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