Dominio público

Euskadi, ¿dónde estás?

Javier Sádaba

JAVIER SÁDABA

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No son pocos los que opinan que los problemas del País Vasco no tienen solución. Para que la tenga se deberían ir poniendo los medios más adecuados de forma que lográramos, si no el paraíso, una vida política sin la tensión y los sufrimientos que actualmente padecemos. Tales problemas tienen una dimensión relacionada con la violencia y otra, con la política. Ambas están, sin duda, unidas e insensato sería negarlo. Hace pocos meses ha finalizado en fracaso la negociación que se entabló, previo acuerdo parlamentario, entre el Gobierno y ETA. El fracaso puede contemplarse desde perspectivas distintas y, como ocurre habitualmente, las culpas habría que repartirlas entre todos los participantes.

Me gustaría, en este punto, ya que es casi unánime la opinión que carga todos los males en una parte, fijarme en lo que al Gobierno corresponde. La negociación estaba en su punto. No ha habido conflicto de características semejantes que no haya necesitado, de una u otra manera, de un final en el que las partes se han sentado ante una mesa. Pero una cosa es aprobar la negociación y otra tener muchas dudas sobre la forma en la que se ha negociado. Me refiero a dos puntos que considero claves. En primer lugar, no sabemos qué es lo que el Gobierno negociaba. Sabemos lo que opinan ETA, Batasuna, el PNV, el PP y todas las siglas que deseemos añadir. Seguimos sin saber qué es lo que propone el Gobierno español. Sólo hemos oído generalidades o repetir que el límite es la Constitución y el Estado de Derecho. Pero la Constitución admite modificaciones, luego es vacío hablar de ella sin añadir nada más. Y el Estado de Derecho no es tanto el conjunto de las instituciones, muchas veces inerte, sino el conjunto de los ciudadanos que se mueven, cambian y, sobre todo, deciden. Y, en segundo lugar, de una ingenuidad supina sería pensar que ETA va a limitarse a negociar sólo la salida de la cárcel de sus presos. Cualquiera que conozca mínimamente sus escritos sabrá que no dice que es ella la que va a determinar qué tipo de país ha de ser el de los vascos, pero sí que quiere que se les consulte. Y a ello, supongo, no va a renunciar fácilmente. Si se tratara exclusivamente de los presos, no habría casi necesidad de negociación. Se me dirá que ETA no es nadie para tutelar la vida política de los vascos. Sin duda. Y vaya por delante que sin ETA, al margen de la maldad moral de la acción violenta, es muy probable que los vascos estuvieran más cerca de obtener lo que reclaman que bajo la sombra de las armas. Por eso, y valga este inciso, no creo que tengan razón los que piensan que el anuncio con fecha de una consulta ayude a ETA. Todo lo contrario. Como es bien sabido, a mayor acción política suele suceder menor uso de recursos extremos y marginales. Esto nos lleva a otro intento de solución que tiene que ver con la última iniciativa del Presidente del Gobierno Vasco.

Efectivamente, Ibarretxe ha propuesto una consulta que, en principio, está diseñada para favorecer un referéndum de autodeterminación. Las protestas no se han hecho esperar. Se le ha llamado alucinado, se ha dicho que es una aventura y un desvarío. Y estas lindezas han salido de la boca de partidos de todos los colores, lo cual demuestra cuánto se asemejan cuando se pasa de cuestiones accidentales a las más sustanciales. Detrás de esta actitud de rechazo hay dos aspectos que convendría estudiar por separado. Uno es legal y es innegable que la legalidad es discutible. Y, por lo tanto, no es de extrañar que se le exija al lehendakari, una vez que participa de la legalidad española, que justifique su propuesta. Pero más importante aún es la postura de fondo que anida en el rechazo frontal a que los vascos puedan expresar sus preferencias a la hora de determinar cuál quiere ser su relación con el Estado español. En esta postura lo que existe es una primitiva y profundamente nacionalista sensación de desgarro si los vascos quisieran reivindicar algún tipo de soberanía. Tal postura lo único que manifiesta es apego emocional a signos del pasado y poca flexibilidad. Como escribió un conocido filósofo, los estados en un tiempo no existieron, actualmente existen y en un futuro podrían volver a no existir. No se entiende, por tanto, cómo algunos se aferran a un concepto de unidad que suena más a viejo organicismo que a una concepción libre de prejuicios respecto a cómo los distintos pueblos puedan formar parte de un lienzo que, al final, ha de ser internacional. Es cierto que la violencia lo embadurna todo, pero uno tiene la sospecha de que sin violencia también saldrían a la escena los fantasmas de la escisión traumática de una parte de España como si ésta fuera un cuerpo orgánico. Todavía más, algunos reprochan al lehendakari que de esta manera está dando bazas al PP. Este tipo de pseudoargumentación es bastante penoso. Se mira con lupa a una posible consecuencia para denigrar un acto. Y, lo que es más importante, la hipotética autodeterminación, al margen de que sea un derecho, fluye de las exigencias democráticas. Es la democracia, expresada a través de los individuos, la que sustenta las normas y no al revés.

El problema es, obviamente, complicado. Pero es necesario reabrirlo con todas las dificultades que presenta y no reducirlo a tiras y aflojas al servicio de los intereses de los grupos políticos. En este sentido, ¿se ha puesto en marcha algún foro que debata con claridad lo que está pasando? ¿Se ha propuesto alguna conferencia o reunión, pública y amplia, en las que se expresen con toda libertad las posturas al respecto? Parece que no. Y es esencial si se quieren ir poniendo las piedras que construyan un edificio en paz. Se objetará que todo lo dicho quedaría sepultado mientras exista la violencia. Habría que pedir a la izquierda abertzale que articule con detalle su proyecto político. De esta manera sería un movimiento autónomo y no un simple eco. Y de esta manera se iría haciendo inútil la violencia. Y a ETA habría que recordarle que los fines, por excelsos que sean, se juegan en los medios. Un medio malo destruye un fin bueno. Matar o intentar matar a un concejal o a un escolta, y es un ejemplo lamentablemente reciente, no sólo muestra lo malos que pueden ser los medios, sino cómo la misma noción de medio se ha pervertido de tal manera que todo vale. Cuando sólo vale lo que es bueno, en los fines y en los medios.

Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid