Opinion · Dominio público

Cosas que la huelga general nos deja

Gaspar Llamazares

Diputado de Izquierda Unida y Portavoz de izquierda AbiertaPedro ChavesComisión Ejecutiva de Izquierda Abierta

Gaspar Llamazares
Diputado de Izquierda Unida y Portavoz de izquierda Abierta

Pedro Chaves

Comisión Ejecutiva de Izquierda Abierta

Las imágenes de las movilizaciones en las calles y plazas de España, pero también de otros países europeos, han dejado claro que la mayoría social de este país (qué decir de Grecia o Portugal) están contra las políticas de ajuste y recorte promovidas por los mercados, sustentadas por la troika y aplicadas con más o menos entusiasmo por los dóciles gobiernos europeos.

Si la derecha y Rajoy esperaban la docilidad o la silenciosa resignación de los y las españolas se han equivocado. Se entiende que sus medios ideológicos afines hayan querido desacreditar antes y después la Huelga, pero las cifras y las imágenes están ahí para desmentir tanto entusiasmado y mentiroso disparate.

Es verdad que el país no se ha parado por completo, pero ese no era el objetivo de la Huelga General. Quizá sea posible más temprano que tarde, pero no era este el momento. La clave para interpretar los datos tiene que tener en cuenta los seis millones de parados; la enorme precariedad del mercado laboral; la desfachatez clasista de una reforma laboral que además de servir solo para destruir empleo, ha modificado las reglas del juego de manera que ha trasladado el poder de decisión por completo y con escasos y ligeros límites, al empresario; servicios mínimos abusivos etc. Pues bien, en este contexto tan desfavorable, millones de trabajadores y trabajadoras han ejercido su derecho a la protesta, incluso contra pronóstico.

La continuidad de esta acción reivindicativa se expresó en las contundentes manifestaciones de esa misma tarde y decían dos cosas, al menos: que el rechazo contra las políticas de recortes era aún mayor que los datos mismos que la Huelga reflejaban y que no hay mayoría silenciosa a favor de los ajustes.

La contraprogramación que el gobierno quiso hacer de la Huelga General con la propuesta contra los desahucios ha puesto de manifiesto —otra vez más— la condición de clase de este gobierno: se ha plegado a los intereses de los bancos y a las recomendaciones de “Europa” antes que tratar de limitar el daño social brutal que la codicia sin límite del sistema financiero está produciendo.

La respuesta social masiva a favor de otra política es una deuda que la democracia contrae con esta movilización. La capacidad para politizar el malestar, la rabia y la indignación que los recortes están produciendo es un ejercicio democrático que da sentido y sustancia a nuestro sistema político. Que también le señala límites y le exige cambios en profundidad. Pero es un antídoto contra derivas populistas de diferente signo y contra la pretensión securitaria de este gobierno. Su pasión por el orden, por el ocultamiento de la información molesta, por la criminalización de la protesta o su ninguneo, muestran sus hechuras autoritarias y sus dificultades para llevar con garbo los ropajes que visten a los demócratas.

Sin duda uno de los éxitos de esta huelga está en la capacidad para haberse encontrado de centenares de organizaciones sociales y políticas de todo tipo. Todas ellas más atentas –es buena noticia- a los agravios y riesgos compartidos y menos a las diferencias de matiz que en otros momentos explicaron posiciones radicalmente diferentes. Esta voluntad política puede tener una continuidad natural en la propuesta de un referéndum que sancione o no las políticas de recortes. Es una excelente iniciativa social y sindical: es restituir la política y otorgar a la misma la relevancia que otros pretenden obviar. Llamar a que lo que está ocurriendo pueda ser debatido y votado por las sociedades víctimas de las políticas de ajuste, es lo razonable en términos democráticos.

Qué gran ocasión tendría el gobierno para demostrar con argumentos y mediante el dictamen democrático de la ciudadanía, lo que, según ellos, es evidente: que no hay alternativas a esta política y que la mayoría silenciosa les apoya. Saben que no es así y por eso el temor a la deliberación y al voto popular y por eso, también, el duro gesto de la represión y de la sanción.

Pero para los sectores movilizados contra la política suicida de este capitalismo de amiguetes, es una oportunidad para seguir acercándose, encontrándose y madurando propuestas y alternativas.

El tercer factor relevante hace a la dimensión europea de la movilización. Una docena de países han vivido movilizaciones de diferente tipo en la primera acción coordinada de estas características a nivel europeo. Es una respuesta prometedora que debe ampliarse y mejorarse. Compartimos el rechazo a las políticas que está imponiendo la troika y que señalan culpablemente a las instituciones europeas. Pero afirmamos, igualmente, que la mejora de nuestro bienestar debe ser pensada en el espacio europeo, dentro de una Unión Europea refundada en lo económico, lo social y lo democrático. Y rechazamos la idea de repliegues nacionales, tan imposibles como indeseables.

En cuarto lugar, debemos contribuir a la innovación y el enriquecimiento de los repertorios de confrontación y las formas de acción colectiva asociadas a estas protestas. Creemos que hay que escuchar las demandas que reclaman que se lleven las protestas a las partes “nobles” de la ciudad, en un ejercicio de socialización del malestar imprescindible para no seguir ahondando la fractura social y urbana. O que se busquen “salidas” que den respuesta a la frustración que a menudo producen acciones colectivas que terminan sin que haya pasado nada.

Por último, pensamos que tenemos la necesidad de plantearnos como articulamos respuesta política y solidaridad social. La crisis está dejando un legado dramático en términos de caída de la calidad de vida para millones de personas. En muchos lugares este deterioro está produciendo un auténtico estado de necesidad. Si queremos reconstruir procesos de confianza política y recuperar la esperanza para millones de personas, tenemos que empezar a ser solución real y práctica para sus problemas cotidianos. Necesitamos involucrarnos en iniciativas como los bancos de alimentos, bancos de tiempo, redes de apoyo mutuo en educación infantil, atención a mayores etc. Debemos ser parte esencial de propuestas que integren socialmente y que no diferencien. Los sectores populares más vulnerables son hoy plurales y diversos, en ellos los y las inmigrantes son parte sustancial del mismo, contribuir a integrar es ayudar a no criminalizar ni estigmatizar. La sociedad que sufre debe saber que este tejido plural de izquierdas, alternativo y comprometido es, también, voluntad de respuesta a sus problemas del día a día.

Poner el acento en lo común, en lo que nos une, en aquello a lo que tenemos derecho, es ayudar a reconstruir una cultura del compartir, de la solidaridad entre los y las de abajo. Es diagnosticar los problemas en términos de fracaso de unas determinadas políticas y denunciar las estrategias de individualizar el sufrimiento, como fruto de malas decisiones personales.

Pensamos que hay una oportunidad para la esperanza y que esta oportunidad pasa por pensar con generosidad y de manera nueva el espacio de representación política de lo alternativo y lo transformador. Ser conscientes de que nadie hoy, por sí solo, está en condiciones de pretender representar ese espacio.

Por otra parte, el enemigo, su voracidad, su ausencia de límites, está poniendo en riesgo la vida decente para las mayorías. El desafío es de tal magnitud que requiere una respuesta al mismo nivel.

Pensamos que un Frente amplio de izquierdas, una propuesta que reúna lo social y lo político crítico en un gran acuerdo político, sería la respuesta adecuada al momento en el que nos encontramos. Una convergencia de la dignidad y la esperanza para proponer otro destino a la actual situación económica. El empeño del 1% de nuestra sociedad por insistir en la guerra contra el 99% restante nos está llevando a una situación sin retorno, inadmisible desde el punto de vista de la dignidad humana.

Hay razones para la rabia y necesidad de resistencia, y oportunidades, también, para comenzar a reunir a cuantos pensamos que es momento para ofrecer esperanza.