Opinion · Dominio público

Hartos de las naciones

ANDRÉS GASTEY

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Algunos asistimos con creciente asombro y preocupación al renacer de las patrias. La “cuestión nacional” se ha apoderado del debate político. Nuestros dirigentes se enfrascan en trifulcas sobre esencias, sentimientos y pertenencias, mientras se extiende la legítima sospecha de que postergan los asuntos más importantes y nos están dando otra vez gato por liebre.

Cuarenta años de dictadura nos vacunaron a casi todos contra el nacionalismo estentóreo que, junto a la religión institucionalizada, asentó la base doctrinal del régimen. El programa político que el franquismo propugnaba para nuestro país, su constitución como la España eterna, luz de Trento, martillo de herejes, espada de Roma, vigía de Occidente y cuna del Cid, se antojaba ya a mediados de los años 70 del siglo pasado como algo demasiado fatigoso. Por eso, y fallecido el dictador, caímos en cierto aburguesamiento alicorto y decidimos modestamente hacernos ciudadanos de un “Estado social y democrático de Derecho”. Así definimos nuestro país, según reza el primer artículo de la Constitución que adoptamos en 1978.

Lo nacional, sin embargo, no desapareció de nuestras vidas. Iba a encontrar un nuevo acomodo para prosperar a través de los nacionalismos otrora llamados periféricos.

Los españoles veíamos con simpatía, o como una fatalidad, el que se articulasen políticamente las aspiraciones de quienes habían padecido doble persecución bajo el franquismo: ciertamente, la dictadura había sojuzgado a catalanes, vascos o gallegos del mismo modo que al resto de los españoles; pero, además, había proscrito su cultura y les había impedido desenvolverse en su idioma. Parecía, por tanto, lógico que se produjera una efervescencia reivindicativa compensatoria, de la que surgió el sistema cuasi federal de organización territorial que dimos en llamar Estado de las Autonomías. Los estatutos a través de los que se instrumentó este compromiso fueron refrendados por mayorías amplias.

Debido a su propia naturaleza y en la medida en que implican renuncias, los compromisos siempre resultan insatisfactorios para quienes en ellos intervienen. Entre los nacionalistas vascos, algunos no están en absoluto satisfechos, hasta el punto de que, vigente ya nuestro régimen de libertades y por el bien de su nación, han considerado necesario matar a varios centenares de policías, militares, concejales o amas de casa. Unos pocos persisten en esta idea y acaban de abrasarle la cara y las manos a un guardaespaldas.

Por fortuna, la mayoría de nuestros nacionalistas no son partidarios de la violencia. Pero tampoco están satisfechos, y mantienen abierta una reivindicación permanente de mayores cotas de poder y de más recursos económicos. Construyen su plataforma política sobre dos conceptos clave: hecho diferencial y agravio histórico. En cuanto al primero, Maragall afirma que hay que sumar diversitat a la tríada revolucionaria de liberté, égalité, fraternité, como si la diversidad fuera un valor que debe promoverse, y no una mera realidad que hay que respetar. En cuanto al segundo, es sorprendente cómo el nacionalismo interioriza hechos adversos de un pasado remoto, que se convierten en títulos para reclamar hogaño.

La situación ha experimentado una evolución insospechada porque, si bien hay que recordar que el rancio españolismo nunca nos dejó del todo, en los últimos tiempos asistimos a su revitalización de la mano de quienes vuelven a la carga con un discurso campanudo, premoderno.

Cuando una fuerza política se plantea como objetivo monopolizar un sentimiento nacional (“nosotros somos España”), está asociando ideología y nación, de manera que excluye de la nación a quien no comulga con esa ideología. Si lo que se pretende es reforzar la nación, lo que se consigue es lo contrario, alienando del sentimiento nacional a aquella parte de la comunidad que no está dispuesta a identificarse con un programa político concreto.

Pero parece que en este renacimiento de la patria impulsado por el PP no se persigue, en realidad, ningún objetivo integrador; estamos ante un movimiento coherente (propuesta de letra para el himno, uso profuso de la bandera y de la Marcha Real en las manifestaciones, eslóganes patrimonializadores de lo nacional) diseñado para movilizar a través del sentimiento.

Sin embargo, no se puede organizar la convivencia dentro de la comunidad política sobre la base de los sentimientos. Los sentimientos de identidad o de pertenencia no sirven para ejercer una acción de gobierno; pertenecen
a una esfera individual, prepolítica, como sucede con los sentimientos religiosos.

Muchos españoles estamos hartos de las naciones. Desde que vivimos en un país democrático más o menos homologable con los del entorno, nos encontramos razonablemente a gusto en nuestra realidad política. Nos cuesta experimentar emociones con las banderas. Haber nacido en España es para nosotros una circunstancia relevante, pero no un motivo de orgullo. Naturalmente, sentimos afecto por la gente de nuestro entorno y mayor o menor afinidad respecto a nuestros conciudadanos. Deseamos que las cosas vayan bien para todos. Nos alegramos con los triunfos propios y ajenos, somos solidarios en la dificultad y en la derrota. Queremos que la gente tenga libertad para vivir como quiera y expresarse como le dé la gana. Aspiramos, en definitiva, a menos nación (menos naciones), y más paz, libertad, justicia y prosperidad.

Es, por ello, preocupante que las naciones contraataquen. Incluso algún eminente filósofo que escribió “contra las patrias” se apunta ahora a la moda de arremeter con banderas y estandartes. Que no cuenten conmigo.

Andrés Gastey es escritor. Su última novela se titula Gutiérrez y el Imperio del Mal