Opinion · Dominio público

Arriba y abajo

Elías Trabada

Sociólogo consultor

Elías Trabada
Sociólogo consultor

El año pasado finalizó con una Tasa de Paro del 26% entre la población activa española, según los datos de la EPA del 4º trimestre (INE), mientras en el mismo momento de 2007 su significación se reducía al 8,6% de las y los activos de 16 y más años, suponiendo una subida que ha triplicado su valor (+17,4 puntos). Durante los cinco años transcurridos marcados por la crisis inmobiliaria-financiera, el fenómeno del paro ha adquirido una dimensión muy numerosa en España, que podemos calificar de desempleo de masas, pues afecta a casi 6 millones de personas (5.965.400), cantidad que implica un aumento absoluto de 4.037.800 parados y relativo de 209,5% con respecto al 4º trimestre de 2007 (1.927.600). Pero este fenómeno tan negativo también ha tendido a cronificarse: las y los activos que superan el año en la situación de desempleo simbolizan el 55% del total y los que llevan dos o más años buscando empleo representan el 32,2% de las y los parados en la EPA del 4º trimestre de 2012, cuando en el mismo periodo de 2007 su importancia se limitaba al 22,7% y 11,5%, respectivamente. En general, el desempleo afecta a muchas más personas activas pero también a más hogares: el porcentaje de hogares -al menos una persona activa- con por lo menos la mitad de sus miembros activos parados se triplicó, al aumentar de 10,5% a 31,3%. Simultáneamente, el porcentaje de hogares con todos sus miembros activos en paro se cuadruplicó al crecer de 3,6% a 14,2% del total de hogares con al menos un activo, propagándose esta situación de carencia absoluta de empleo por 1.835.500 hogares en el último trimestre de 2012.

En cuanto a la estructura por edades de las y los parados, durante el mismo período comprendido entre los últimos trimestres de 2007 y 2012, el desempleo triplicó su impacto relativo en el colectivo de activos menores de 35 años (de 11,4% a 35,8%), pero también lo hizo en las cohortes de 35 a 49 años (de 6,9% a 22,6%) y de 50 a 64 años (de 6,3% a 19,4% de Tasa de Paro). Resaltar que, en el 4º trimestre de 2012, las y los jóvenes representan el 44,8% del total de parados de ambos sexos, las y los adultos (35 a 49 años) el 37,6% y las y los maduros (50 a 64 años) el 17,4% de ese total, mientras en el último trimestre de 2007 simbolizaban, respectivamente, el 53,6%, 31,9% y 14,4% del total. Por consiguiente, en el actual escenario español de desempleo de masas, la pirámide demográfica de las y los parados se ha estrechado claramente en la base, mientras se ensancha en su parte central y también en la cumbre, expresándonos que no nos encontramos solamente ante un problema de paro y empleabilidad juvenil, sino también de personas adultas y maduras, lo que agrava la situación socio-económica entre las clases medias y obreras afectadas, ya que en las cohortes de adultos y maduros se concentran quienes desempeñan el papel de sustentadores principales de hogares con hijos menores de 35 años no emancipados. Y si atendemos a la estructura por sexo, observamos una visible tendencia a la masculinización del colectivo de desempleados, ya que la Tasa de Masculinidad aumenó de 83,9 a 113,7 hombres por cada 100 mujeres, como consecuencia de la fuerte destrucción de empleos en la construcción y subsectores económicos relacionados, los cuales presentan una estructura ocupacional masculinizada.

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El desempleo de masas, el notable aumento de los parados con dos o más años de antigüedad, de edades adultas y maduras, así como de hogares con todos sus miembros activos sin empleo, en un entorno socio-institucional de Estado del bienestar familiarista que se caracteriza por la insuficiencia de las prestaciones y recursos públicos, pues desempeñan un rol subsidiario y de mínimos frente a la institución familiar, son condiciones que favorecen el crecimiento y expansión de la desigualdad y pobreza en la sociedad española. Régimen del bienestar familiarista que, además, está sufriendo importantes recortes por la implementación de políticas neoliberales dirigidas a la reducción del déficit público como las aprobadas por el Gobierno del PP el año pasado. En este sentido, aunque el número de beneficiarios de prestaciones se duplicó entre diciembre de 2007 y 2012 -un incremento del 108%, al aumentar de 1.421.480 a 2.957.378 personas-, sin embargo la Tasa de Cobertura del Desempleo ha descendido en 7,4 puntos: de 71,4% en 2007 a 64% de beneficiarios de prestaciones sobre el total de parados registrados en diciembre de 2012, según el Servicio Público de Empleo Estatal. Al mismo tiempo, la Encuesta de Condiciones de Vida (INE) nos dice que, de 2007 a 2011, el coeficiente de Gini creció de 31,3% a 34% y si nos referimos a la Tasa de Riesgo de Pobreza o Exclusión Social (estrategia Europa 2020), este indicador subió casi tres puntos, abarcando hasta el 27,3% de la población española en 2011 (25,2% de media en la UE-27).

En definitiva, durante los cinco años de crisis económica se ha incrementado con significación la desigualdad socio-económica, así como los hogares y personas en situaciones de pobreza, cuando no de exclusión. Crisis económica que impulsa los procesos de desclasamiento hacia abajo de los hogares de las clases obreras y medias más afectados por la crisis en cantidad y calidad del empleo, así como por el endeudamiento, como nos revela el drama social de los desahucios de viviendas. No obstante, conviene recordar que durante el anterior ciclo de crecimiento capitalista que finalizó en 2007, las diferencias salariales se acentuaron y la desigualdad entre los ingresos de los hogares aumentaron significativamente en la mayoría de los países de la OCDE, alcanzando en 2008 el nivel más alto de los últimos treinta años en el entorno de los 34 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, según las conclusiones de un estudio realizado por esa misma organización internacional (Estamos divididos: por qué sigue aumentando la desigualdad, diciembre 2011). Por tanto, vivimos en un capitalismo globalizado y de consumo que se caracteriza por la desigualdad estructural y donde el constructo del Estado del bienestar resulta claramente insuficiente para contrarrestar los factores generadores de desigualdad socio-económica y paliar sus efectos, no sólo en los momentos de crisis y recesión, sino también en los de crecimiento económico.

Ahora bien, con los cinco años de crisis económica no sólo se han incrementado las desigualdades entre las clases sociales, además pensamos que está en curso un proceso de polarización socio-económica, el cual puede cristalizar en una sociedad que se dualiza a medio plazo: entre burgueses y proletarios, entre las clases sociales de arriba y abajo, con declive de la importancia de las capas medias en la estructura social española. Durante esta crisis asistimos a un incremento de la riqueza de las grandes fortunas y de los ricos, así como del consumo de objetos y servicios de lujo, mientras han retrocedido los ingresos y el consumo de primera necesidad en los hogares de las clases populares. Cuantitativamente, la diferencia entre la renta percibida por el 20% más rico y el 20% más pobre de la población española (distribución de la renta S80/S20) creció de 5,3 en 2007 a 6,8 en 2011, el mayor aumento entre los 27 Estados de la UE que, además, nos sitúa en la primera posición del ranking en la UE-27, encabezando el grupo de cinco países con mayor desigualdad en la distribución de la renta, junto a Letonia (6,6), Bulgaria (6,5), Rumanía (6,2) y Grecia (6).

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Estructura social que cambia impulsada por una economía capitalista que se dualiza: por un lado, las actividades – empresas que participan en la globalización y han penetrado con éxito en los mercados emergentes, como es el caso de los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China), y, por otro, aquellas actividades – empresas cuya dimensión se ciñe al ámbito nacional o local. En las primeras, los beneficios empresariales y retribuciones salariales pueden crecer, pero en las segundas tiende a suceder lo contrario. Incluso, la política neoliberal de reducción del déficit público mediante recortes del gasto social limita, cuando no cercena, la potencialidad decrecimiento de las segundas, al depender de una demanda interna a la baja. Tengamos en cuenta que el desempleo de masas y la propagación de la pobreza derivan en crecientes capas sociales cuyo consumo depende de prestaciones sociales y de desempleo, que la política neoliberal de recorte del gasto social tiende a reducir y, por consiguiente, a debilitar más la capacidad de consumo de los grupos sociales afectados.

En ese contexto de capitalismo dualizado, las capas medias y obreras que se emplean en las empresas globalizadas podrán mejorar sus niveles de renta y estatus, pero las que se insertan en las empresas nacionales-locales y en las Administraciones públicas tenderán a perder posiciones. En resumidas cuentas, estamos asistiendo a un cambio relevante hacia la polarización de la estructura socio-económica que apunta a una sociedad que se dualiza, entre las clases de arriba y abajo, donde el espacio social de las clases medias tenderá a menguar, pues predominarán las capas sociales en situación de vulnerabilidad y precariedad económica que se precipitarán hacia abajo, tanto de la pequeña burguesía tradicional como de las nuevas clases medias que, anteriormente, crecieron con la globalización y los cambios tecnológicos, la terciarización, burocratización y expansión de los servicios públicos que tuvo lugar durante las tres últimas décadas.

Sociedad que se polariza-dualiza con la nueva vuelta de tuerca hacia la utopía neoliberal, que pretende una economía basada exclusivamente en la lógica de libre mercado (laissez faire, laissez passer), donde el Estado-gestor desempeña un rol regulador que favorece la acumulación y obtención privada del codiciado beneficio, reduciendo al mínimo su gasto social, mientras refuerza su carácter de Estado-Leviatán para controlar posibles conflictos y subversiones. Política neoliberal que implica una progresiva supeditación de la sociedad al mercado capitalista, que erosiona y desestructura el entramado social y cultural, generando precariedad y paro, desigualdad y pobreza, pero también sufrimiento, desafiliación social y anomia entre las capas sociales que van quedando al margen del desarrollo neoliberal. En fin, la sociedad de la utopía neoliberal es un paraíso para quién dispone de suficiente capital para dedicarse al emprendimiento empresarial, especulación o rentismo, pero puede ser un infierno para quién sólo dispone de su capacidad de trabajar y no tiene empleabilidad, o si la tiene es sobreviviendo en trayectorias de precariedad y desestructuración, que proliferan tras flexibilizar más los mercados de trabajo y recortar las partidas del gasto público que favorecen la cohesión e inclusión social. Parafraseando al sociólogo Zygmunt Bauman (Vidas desperdiciadas, 2005: 168), en esa sociedad neoliberal “un ser humano les sirve a otros seres humanos únicamente en la medida en que pueda ser explotado en provecho de éstos; que el cubo de la basura, destino final de los excluidos, es la expectativa final para aquellos que ya no encajan o que ya no desean ser explotados de semejante forma; que supervivencia es el nombre del juego de la convivencia humana y que la apuesta máxima de la supervivencia consiste en sobrevivir a los demás”.