Opinion · Dominio público

Primarias chilenas: jaque al neoliberalismo pinochetista

Pablo Sapag M.

Profesor-Investigador Universidad Complutense de Madrid

Pablo Sapag M.
Profesor-Investigador Universidad Complutense de Madrid

Los resultados de las elecciones primarias chilenas para las presidenciales de noviembre arrojan varias conclusiones. Algunas son muy pertinentes para una España en la que interesadamente tanto se alaba el modelo neoliberal chileno. La primera es que asistimos al principio del fin de ese sistema impuesto a sangre y fuego por la dictadura de Augusto Pinochet. Un esquema ultraliberal en lo económico y darwinista en lo social sostenido tras el fin del régimen de facto en 1990 en una democracia encorsetada, de élites y con escasa participación ciudadana. Precisamente para dotar de algo de legitimidad al sistema se convocaron las primarias. Ellas han dejado claro que la mayoría se alinea con opciones de centroizquierda. Algo más de dos millones de personas han participado en la elección de la candidata del principal bloque de ese sector frente a las apenas 800.000 que lo han hecho en la primaria del centro derecha heredero del pinochetismo. El dato evidencia el ficticio respaldo con el que desde 2010 ha gobernando el representante de ese sector Sebastián Piñera, en cuya elección el 40% de los ciudadanos no formaban parte del cuerpo electoral.

Estas primarias ya se han celebrado con la inscripción automática de los votantes en el censo. Eso también explica porqué la ganadora en las de centroizquierda ha sido la ex presidenta socialista Michelle Bachelet. De los cuatro aspirantes del sector es la que ha presentado el programa más atractivo para las grandes masas hasta ahora política y económicamente excluidas. Tanto que ha sido la principal valedora de que la coalición Nueva Mayoría, sucesora de la Concertación de Partidos por la Democracia, incluyera por fin al Partido Comunista. El giro a la izquierda de Bachelet no se ha quedado solo en eso. Plantea en su programa una reforma tributaria en serio que permita a Chile aplicar políticas sociales de verdad para combatir la enorme desigualdad social. Pese al constante crecimiento del PIB, Chile sigue siendo uno de los países —según índice Gini— más desiguales del mundo. Entre otras cosas, porque tiene los sistemas de educación y sanidad más segregados y en los que las familias deben asumir directamente el elevado coste de los mismos sin apenas soporte estatal. En tal sentido, las masivas movilizaciones estudiantiles, que comenzaron precisamente durante la presidencia de Bachelet, demuestran ahora su capacidad de influir en la agenda política.

Aunque no lo ha expresado abiertamente, Bachelet no se opone frontalmente a una profunda transformación constitucional, como sí han hecho algunos de los candidatos de su sector a los que ha derrotado ampliamente en las primarias. De hecho hay miembros de su equipo de campaña que abiertamente hablan de la necesidad de convocar una asamblea constituyente como las que en otros países latinoamericanos han permitido iniciar transformaciones radicales.

La evidencia de que por primera vez en décadas el modelo pinochetista está amenazado también lo subraya el resultado de las primarias en la Alianza por Chile. Frente a un Andrés Allamand perteneciente al algo más moderado partido de Piñera, se ha impuesto el también ex ministro Pablo Longueira, de la Unión Demócrata Independiente. Se trata del más poderoso de los partidos políticos chilenos por su implantación y número de cargos electos. Desde su perspectiva ideológica gremialista, la UDI otorga un papel relevante a unos “cuerpos intermedios” que desea despolitizados para lograr su intención de terminar con las divisiones políticas originadas en las diferencias de clase, tan marcadas en un Chile donde, sin embargo, esos grupos no sólo se definen a partir de lo económico, también por lo racial y cultural.

La victoria de un Longueira, que a diferencia de Allamand nunca ha renegado del exdictador, es sintomática del espíritu de resistencia con el que la mayoría de los votantes de derecha enfrentan este primer envite real al modelo pinochetista. Para ellos es evidente que se acabó la “democracia de los acuerdos” propiciados por la castrante constitución pinochetista. Chile se adentra, por primera vez en cuarenta años, los mismos desde el golpe de Estado contra Salvador Allende, en un periodo de profundos cambios y de confrontación política real. Estas primarias  pueden ser el momento inicial de la verdadera transición chilena, una en la que sin tantas cortapisas a la participación ciudadana recoja todas las sensibilidades de una sociedad que al margen de las cifras macroeconómicas y los gestos de una elite política endogámica y de matriz occidental tampoco es tan ajena a los debates de fondo del resto de los países latinoamericanos.