Dominio público

La OTAN pierde un peón y gana dos alfiles

LUIS SOLANA

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La dramática situación que está viviendo Georgia requiere un análisis prudente, porque las cosas en política internacional suelen ser difíciles de interpretar, suelen venir de muy lejos y las últimas consecuencias pueden tardar mucho en conocerse.
Que nadie se plantee que los movimientos que se han producido y siguen produciéndose en Georgia pasan por casualidad.

¿Es el presidente de Georgia un insensato que se olvida en qué contexto internacional manda a sus tropas a recuperar la provincia autónoma georgiana de Osetia del Sur? Creo que no. ¿Sabía que Rusia haría algún movimiento para recuperar un statu quo que la llegada de los soldados georgianos rompía? No tengo la menor duda. Más aun, esos soldados georgianos se movieron con el conocimiento de los servicios de información de la OTAN y de los EEUU. ¿Aprobación? Eso no se hace nunca.

La respuesta rusa a este movimiento de un país sin apenas fuerzas armadas ha sido la que algunos debían tener calculada: brutal, primitiva y sin matices. Ese modelo ruso, de herencia soviética –en él, las vidas no valen nada– y donde la tecnología es sustituida por masas de soldados, nos ha recordado viejas fotos de la II Guerra Mundial. Ese modestísimo ejército de Georgia ha sido derrotado en todos los frentes. Pero, y la OTAN, ¿ha sido derrotada?
Digo esto porque Georgia había anunciado sus deseos de incorporarse a la Alianza Atlántica y ahora eso es impensable.

Cuando se apaguen los incendios en la zona se verá que el ganador es y será la OTAN.
Llevaban tiempo los EEUU pidiendo instalar un escudo antimisiles en suelo europeo. ¿Para qué? Se dice que para evitar ataques desde Corea del Norte o desde Irán. No digo que no sea cierto, pero lo importante para la OTAN y para los EEUU era y es garantizar al mundo occidental que las amenazas de una Rusia rearmada y con tentaciones imperiales son inútiles. Europa se resistía a ese planteamiento que sospechaba iba a irritar a los rusos. Pero, ahora, tras la visión de los tanques rusos entrando en Georgia, ningún europeo va a levantar ni una voz de protesta.

Polonia ha aceptado ya que se instalen en su territorio los misiles antimisiles. Chequia ha comunicado su visto bueno a que ahí se coloquen los radares de precisión. ¿Alguien ha dicho algo en la Unión Europea? Nadie. La invasión de
Georgia tapa todas las bocas.

Georgia ha sido (y es) un aliado en punta de lanza de los EEUU en las parte baja de Rusia. Había pedido la integración en la OTAN. No era fácil aceptarla en el club porque venía con dos conflictos territoriales debajo del brazo: Abjasia y Osetia del Sur. Y los dos con Rusia.

Ahora, seguramente, tardará mucho tiempo en poder replantearse su incorporación, pero a la OTAN le ha hecho un gran favor: ha colocado a Rusia en el papel de peligrosa potencia imperialista capaz de agredir a los países fronterizos. Un éxito para quien haya diseñado la operación.

La OTAN ha perdido a corto plazo un peón (Georgia) pero ha ganado dos alfiles. El primero, la rápida aceptación de todos los aliados de la construcción del escudo antimisiles; el segundo, la posibilidad de aceptar a Ucrania en el seno de la Alianza Atlántica. Rusia se ha negado a aceptar a Georgia en la OTAN y ahora se puede encontrar a Ucrania como serio candidato. Si algo significaría un cambio trascendental en la Alianza Atlántica, eso sería que Ucrania se incorporase a la OTAN. Aporta habitantes, aporta territorio y aporta, sobre todo, un cambio histórico a favor de los valores democráticos como prioridad en las llanuras de la Europa del Este.

¿Y España? A un país como el nuestro al que eso de la política internacional le interesa poco –y si, además, hay armas por el medio, mucho menos– Georgia es una anécdota de telediario. El ministro español de Asuntos Exteriores y Cooperación ha declarado que, como antes con la independencia de Kosovo, España no acepta la segregación de Abjasia y de Osetia del Sur. Poco más.

Que España se dedique a defender las fronteras de todo el mundo en todo el mundo sólo puede ser consecuencia de un psiquiátrico miedo a que en España pueda ocurrir lo mismo. Y no lo acepto. Que se tenga miedo a que alguna comunidad autónoma quiera cambiar nuestras fronteras, no puede definir nuestra política internacional. Porque las situaciones aquí no son iguales a las que se producen a miles de kilómetros y a cientos de años de Historia. Establecer, por ese miedo, que ninguna frontera del mundo se puede cambiar, es un sinsentido. Y un esfuerzo inútil.

Muchos hubiéramos deseado escuchar al ministro Moratinos su opinión sobre la actitud de Rusia y sobre la posibilidad de sanciones o no. Pero sólo hemos escuchado que la unidad nacional de todo Estado es intocable. Comparto la idea de que a Rusia no hay que plantearle una política de sanciones, pero tampoco de elegantes olvidos de lo que hemos visto.
España tiene también ahora ocasión de decir algo sobre la Alianza Atlántica. Esta exageración rusa en Georgia es buen momento para reclamar la extensión de la OTAN hacia el Este.

Ya sé que no me lo va a contestar por aquí, pero, ministro Moratinos, ¿apoyaría España la incorporación de Ucrania a la OTAN?

Cuando una cierta izquierda antigua ha decidido apoyar a Rusia frente a la OTAN y EEUU tiene que saber algunas cosas. Primera, que la OTAN representa frente a Rusia a una serie de países democráticos; segunda, que muchos países que sufrieron la tiranía soviética quieren sentir la seguridad que les da la OTAN. Y las democracias tenemos que dársela. España incluida.

Contra lo que algunos creen, la OTAN está ganando la batalla de la libertad europea hacia el Este.

Y algún día llegará a Moscú.

LUIS SOLANA es ex diputado del PSOE por Segovia y promotor de Nuevas Tecnológías

Ilustración de PATRICK THOMAS