Opinión · Dominio público

Allende, la lección de un hombre leal

Oleguer Sarsanedas
Periodista

Hay Estados, como el español, que muestran una reticencia manifiesta a afrontar los crímenes de su pasado antidemocrático reciente. Otros en cambio, a la vez con arrojo y dolor profundo, cumplen con la sociedad y la historia y se responsabilizan de su pasado oscuro. Es cuestión de coraje político – y de decencia.

Por ejemplo: el pasado 4 de septiembre, siete días antes del 40 aniversario del golpe de estado que puso fin al gobierno de la Unidad Popular presidido por Salvador Allende, los miembros del Poder Judicial chileno pidieron perdón al país por las “acciones y omisiones impropias de su función” en las que incurrieron los tribunales tras el golpe. Dice en su comunicado la Asociación de Magistrados: “Sin ambigüedades ni equívocos, estimamos que ha llegado la hora de pedir perdón a las víctimas, sus deudos y a la sociedad chilena (…) Hay que decirlo y reconocerlo con claridad y entereza: el Poder Judicial y en especial la Corte Suprema claudicaron en su labor esencial de tutelar los derechos fundamentales y proteger a quienes fueron víctimas de la dictadura”.

En Chile no ha habido pactos políticos para la amnesia. La sociedad chilena, que se toma sus obligaciones cívicas muy en serio, mantiene vivo el recuerdo de la dictadura por dos grandes motivos: primero, como acto de reparación a las víctimas pero, sobre todo, para que no pueda volver a ocurrir. Un ejemplo de la determinación con la que los chilenos han decidido afrontar la brutalidad del pinochetismo e impedir su olvido es, sin duda, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en Santiago, cuya misión es dar visibilidad a las violaciones de los derechos humanos cometidas por los militares y sus cómplices, dignificar a las víctimas y sus familias y promover el estudio y el debate en torno a lo sucedido – y, por extensión, en torno a la intolerancia en el mundo.

Cuentan que Salvador Allende, en los últimos meses de su vida, tenía dos obsesiones: evitar una guerra civil y cumplir con su deber de dejar tras de sí un legado digno – de dignidad humana y política. Pensaba que una guerra civil era un mal infinitamente peor que la barbarie de la represión que se avecinaba y no sabemos hasta qué punto pudo intuir. A los que le aconsejaban, ante la deslealtad cada vez más evidente de las fuerzas armadas, que movilizara a las masas, les lanzaba la siguiente pregunta: “Y cuántas masas hacen falta para parar a un tanque?”.

Allende tenía buenos amigos, con los que mantenía relaciones intensas, y por ellos sabemos que amaba la vida. Pero sabemos también, como explicaba Régis Debray en The Guardian al conocerse su muerte, que “Su pasión era la lealtad, la nobleza, la integridad: allá lo llaman hombría – un término que no puede traducirse en inglés. Salvador Allende era un caballero, algo así como un gran gentleman. Defendía valores que quizás puedan parecer obsoletos, pertenecientes a otra época, pero valores por los que ha pagado con creces.”

El entonces Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger mostró el camino a seguir al decir aquello de: “No veo por qué deberíamos permitir que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su pueblo”. A las nueve y diez de la mañana del 11 de septiembre de 1973, mientras el Palacio de la Moneda era atacado por militares sublevados contra la legalidad constitucional, el presidente Allende hacía en Radio Magallanes su última alocución: “No voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo (…) Tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente (…) Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección. Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.”

Así ha sido – en Chile y más allá. Poco podían sospechar  los patrocinadores de las dictaduras militares de la Operación Cóndor que cuarenta años después de la muerte de Salvador Allende, América Latina sería hoy tan diferente de cómo la imaginaron: una América Latina mayoritariamente gobernada por una “nueva izquierda” que gana inapelablemente en las urnas y que, cuando asume el poder, se ocupa de lo que nunca nadie se había ocupado antes: facilitar que los hasta ahora excluidos puedan ejercer como ciudadanos. Una América Latina que por primera vez, doscientos años después de que le fuera concedido el título honorífico de Libertador a Simón Bolívar, se encuentra dando los primeros pasos en el camino de desarrollar relaciones internacionales autónomas. Una América Latina que ejerce cada vez con más fuerza su independencia real y que se ha convertido ya en un referente.

Decía Salvador Allende: “Yo soy cada día más partidario de las mujeres”.  Según todas las encuestas, será una mujer la que arrasará en las urnas el próximo 17 de noviembre y se convertirá en sucesora de Allende a la presidencia de Chile: Michelle Bachelet, militante del Partido Socialista y candidata por el pacto Nueva Mayoría, hija de Alberto Bachelet, general de la Fuerza Aérea de Chile y miembro del gobierno de la Unidad Popular, muerto en prisión tras su detención por la dictadura militar.

A los que venimos de dictaduras lo que más nos preocupa es que las nuevas generaciones puedan desarrollarse con normalidad y, por consiguiente, queremos tener la certeza de que estamos haciendo todo lo posible para que no pueda reproducirse nada parecido a lo que vivimos nosotros. Por esto desde Chile nos miran con asombro y nosotros a ellos, desde España, con admiración.