Opinion · Dominio público

La violencia contra las mujeres, herencia del machismo patriarcal

Maria Àngels Viladot

Escritora y profesora

Maria Àngels Viladot
Escritora y profesora

En España, a poco para que termine el 2013, llevamos a cuestas el asesinato de 43 mujeres por sus maridos o parejas sentimentales, según datos del Instituto de la Mujer.  Son miles las mujeres y niñas en el mundo que sufren violencia a manos del grupo de los hombres. Los estudios realizados nos muestran  insistentemente que el sexismo (ya sea hostil o benévolo)  conlleva el peligro de violencia contra las mujeres por el mero hecho de serlo. Violencia  heredera directa del machismo patriarcal (si es que puede haber otro tipo de machismo). Así es como creo que deberíamos denominarla. A la indignación de lo que sucede se suma el cabreo debido al casi absoluto silencio social. Ni tan siquiera las propias feministas se  aúnan para un combate que tendría que ser contundente, sin dilación, sin ningún “pero” posible.

Han transcurrido 15 años desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas acordó celebrar cada 25 de noviembre el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.  Y casi 10 años desde la promulgación de  la Ley española contra la violencia machista. Sin embargo, con porcentajes no muy distintos de un año para otro las cotas de violencia alcanzadas son alarmantes teniendo en cuenta que, como mínimo en los países occidentales, las democracias avanzan y se respetan los derechos humanos.

Las feministas han desafiado el sistema patriarcal, es decir, han retado el sistema social establecido, político y cultural, en el cual los hombres están en una posición dominante en relación con las mujeres. El patriarcado profundamente arraigado en la mente humana de todos los tiempos y lugares no solamente permite sino que legitima la agresión psicológica y física dirigida a ningunear a las mujeres y someterlas. Las vilipendia y deshumaniza hasta el punto de matarlas si no acatan el imperativo masculino. Por esto las feministas desafían las creencias,  los procesos y prácticas sociales del patriarcado y este acometer (no siempre de un modo continuado) ha despertado y despierta conciencias. Evidentemente, estos desafíos y transgresiones no son bien acogidos por la derecha que considera que semejantes barbaridades alientan a las mujeres a hacer caso omiso de su papel convencional y responsabilidades, lo cual socava los valores tradicionales y conduce al colapso social.

Sin embargo, no  anatematicemos solamente a la derecha porque el sexismo es una plaga que extiende sus pezuñas hasta en los más recónditos lugares. Se halla en los progresistas y liberales, en los alternativos y los indignados. Y en las propias mujeres de todos los sesgos ideológicos. Claro que hay diferencias en relación a la sensibilidad y el grado de discernimiento entre las derechas y las izquierdas (permítanme esta burda divisoria) y  ello se ve en el poso de legislación que unos construyen y que los otros  abolen y al revés.

Pero por mucho que gracias a las feministas las cosas han mejorado ostensiblemente, todos los productos culturales, la publicidad, los diarios, la televisión, las canciones y los nuevos multimedia están henchidos de sexismo, misoginia, androcentrismo, machismo… es decir, cargados de desigualdad estructural. Al fin y a la postre el poder de mandar sobre otras personas y conseguir que hagan lo que quien manda quiere ha estado reservado secularmente a los varones… a las mujeres se las aparta de los espacios de poder y se las considera molestas rivales.  Se las obliga a pensar de que sus intereses son otros y sus cualidades inferiores. Pero las féminas de hoy no quieren ser mujeres cumpliendo los roles tradicionales de servidumbre, no quieren ser floreros ni objetos útiles. Tienen aspiraciones y pretensiones sociales de reconocimiento y ello atenta contra los seculares privilegios masculinos. Los comportamientos y quehaceres de las mujeres de hoy revolucionan el orden social, el orden tradicional de las cosas.

Sin embargo, en las sociedades contemporáneas occidentales se niega o se intenta negar que el denominado sexo débil está aun discriminado. Lo cierto es que las manifestaciones directas de prejuicio son consideradas socialmente inaceptables y  como resultado de ello la discriminación perpetrada es menos obvia puesto que, al menos en apariencia, la sociedad ofrece nuevas oportunidades a través de la legislación y las políticas de acción afirmativa. Además, los diversos ejemplos de mujeres que han tenido éxito parecen demostrar la bonanza de la naturaleza meritocrática de la sociedad moderna. Así pues, si las mujeres ostentan los méritos suficientes y dedican el esfuerzo necesario deberían poder mejorar su posición como seres humanos, acrecentar su estatus social y familiar. Ahora bien, las estadísticas laborales, los problemas derivados de la (no) conciliación familiar, el número in crescendo de violencia machista nos indican muy mucho lo contrario.

Lo que quizás más me sorprende es que son muchas las mujeres que se niegan a reconocer que están discriminadas y de reconocerlo no quieren admitir que es debido al hecho de que forman parte de un grupo socialmente perjudicado. Parecería obvio que atribuirle a la discriminación la situación de desventaja del grupo de las mujeres contribuiría a mantener su autoestima elevada en la medida en que dicha discriminación sería la causa de un factor externo. A pesar de ello son muchas las mujeres que no se sienten bien cuando se les dice que es su pertenencia al grupo segregado de las mujeres lo que dificulta la igualdad social, laboral, familiar… No reconocen que están socialmente excluidas porque ello conllevaría admitir su adscripción a un grupo desventajado al cual no quieren permanecer. Nadie quiere sentirse parte de un grupo socialmente inferior y menos cuando la ideología de la meritocracia oferta un mundo sin barreras. Muchas mujeres creen en el valor de los méritos personales y que, por tanto, si se esfuerzan lo suficiente podrán llegar a la cumbre; es decir, a ser aceptadas como iguales por los hombres.

A mi parecer, el énfasis en la meritocracia es un modo sibilino de legitimar las desigualdades sociales entre las mujeres y los hombres,  y de que estos eviten sentirse culpables por las ventajas que se propinan. Ello les permite mantener sus privilegios y derechos naturales por ser hombres. Por esto es muy poco probable que intenten cambiar las reglas del juego que sostienen segregadas a las mujeres. La meritocracia es un espejismo, desdibuja la adscripción de las personas a los grupos sociales a los cuales pertenecen. Permite creer en un mundo permeable, sin fronteras. Flaco favor están haciendo estas mujeres al proceso que impulsan tantas otras para conseguir la justicia de la equidad. Prescribo aquí leer el libro de Lidia Falcón, La pasión feminista de mi vida.

Fijaros que la casuística de palizas, violaciones o asesinatos de mujeres en manos de sus maridos o parejas sentimentales se difunde por los medios de comunicación de forma aséptica. Un nuevo caso de violencia machista, nos dicen, mancha el día de hoy. Y hacen un resumen del suceso, reconociendo que es una epidemia social.  Pero fijaros también que al mismo tiempo se da a entender que las violencias perpetradas son la suma de acciones individuales, aisladas, de unos individuos que simplemente han perdido el norte, cuando lo que en realidad actúa en ellos es el machismo, esa derivación directa del orden patriarcal, aun tan arraigado en todas las sociedades del mundo. Esta vergüenza social tan aparatosa y triste —me refiero al asesinato de mujeres en España— es tan solo la punta del iceberg. Y sino para muestra un botón inmenso: en los países teocráticos el patriarcado es tan feroz que legitima cualquier acto de violencia contra las mujeres hasta matarlas si atentan contra el “honor” de los hombres. No hay elección: si desobedecen deben ser castigadas, emparedadas, rociadas con ácido y darles muerte si es necesario.

Pero volvamos a Occidente, a los países supuestamente democráticos; como decíamos, la violencia cometida contra las mujeres se desliga de los marcos del machismo patriarcal y se justifica como una acción individual, eso sí,  desaforada, poniendo el peso en el contexto y las circunstancias personales del perpetrador para atenuar y disculpar su atrocidad; esta es la estrategia social para exculpar de responsabilidades a los hombres como grupo y que estos puedan seguir llenando su cartera de privilegios hasta la perpetuidad. Está muy bien que a la  palabra “violencia [contra las mujeres]” se le apareje el término “machista” como ya se suele hacer en los medios de comunicación. Pero para que este añadido no quede vacío de sentido, la sociedad (la política, las instituciones) debería contar lo que significa y su estrecha vinculación con el sistema ideológico del patriarcado.

Otro caso de “violencia machista”, anuncian los diarios, la radio, la televisión…, como si se tratara de un incidente casual que se suma a los cientos y miles celebrados por salvajes a los que se le han ido las luces. No es de extrañar que la ciudadanía esté confusa, sumida en la perplejidad. Porque… ¿cómo es que hay tanto loco suelto que anda asediando, violando, castigando, matando a las mujeres?, se preguntan hombres y mujeres la mayoría de las veces. La respuesta es que aun vivimos en una sociedad profundamente marcada por las huellas ancestrales del patriarcado. La respuesta hay que explicarla, difundirla y combatirla poniendo los medios necesarios. Solo así se erradicarían sus perversos exabruptos.  Sin embargo, a quienes debería interesarles no les interesa: las mujeres políticas dedican su tiempo en escalar puestos y preservar su sillón; a los hombres ¿por qué  debería importarles?, a ellos no les afecta y además desperdiciarían prerrogativas, y a las feministas… ¿dónde están las feministas?