Opinion · Dominio público

Elecciones chilenas: gatos o ratones

Pablo Sapag M
Profesor-investigador de la Universidad Complutense de Madrid

Por primera vez en cuarenta años Chile tiene la posibilidad real de cambiar el modelo de democracia limitada y elitista al servicio del neoliberalismo económico implantado a sangre y fuego el 11 de septiembre de 1973. Este domingo se celebran elecciones presidenciales, las sextas desde la salida de Pinochet del poder. Se renueva también una parte importante del Parlamento, hasta ahora secuestrado por un peculiar sistema que impone un reparto de escaños casi idénticos entre el centro derecha y el centro izquierda al margen de los votos cosechados por cada coalición.

Semejante oportunidad para terminar con uno de los sistemas más segregados y desiguales del mundo es el resultado de una serie de hechos apenas percibidos desde el exterior. Fuera de Chile poco o nada se conoce de un país hábilmente caracterizado por la propaganda local y extranjera por sus índices macroeconómicos y sus élites racialmente blancas y culturalmente europeas. Esos hechos tienen que ver con la desigualdad rampante, la misma que medida por el índice Gini tiene a Chile entre los quince países más desiguales del mundo, sin que los largos años transcurridos desde que Pinochet abandonara primero la presidencia y luego la escena política modificaran un ápice semejante realidad. Esa constante ha terminado por hartar a una mayoría de los chilenos a los que durante años se les dijo que el mercado solucionaría todo y que la educación privatizada les abriría las puertas a la elite. Nada de eso ha ocurrido, mientras las familias se han endeudado lo indecible para pagar la educación privatizada más cara del mundo en relación a los ingresos medios. La burbuja de la educación ha reventado en los últimos años desnudando las trampas del sistema, las mismas que se incuban en los igualmente privatizados sistemas de salud y pensiones. Más de tres décadas después de que el Estado renunciara a casi toda actividad que no fuera la defensa y el control del orden público, una población envejecida empieza a percibir los devastadores efectos reales del modelo.

Todo eso con un sistema electoral tan desprestigiado que en las sucesivas elecciones cada vez votaba menos gente de un censo que apenas registraba a la mitad de los potenciales votantes. A tal extremo que hace cuatro años al populista de derechas Sebastián Piñera apenas lo eligió un 25% de los ciudadanos. La condición del presidente saliente le llevó a reformar el sistema electoral. El resultado es que en las municipales de 2012 votó apenas el 42% del nuevo censo, lo que como en otros países latinoamericanos refleja el escaso respaldo al sistema. La prueba de fuego será este domingo. Cantada la victoria de la ex presidenta Michelle Bachelet —sólo queda saber si se impone en primera o en segunda vuelta—, el índice de participación será clave, tanto para evaluar el apoyo que aún tiene el desprestigiado sistema político chileno como para determinar la composición del Parlamento. De una y otra cosa dependerá el que Michelle Bachelet pueda cumplir sus promesas de transformación, que pasan por una nueva Constitución que deje atrás la impuesta por Pinochet, la gratuidad de la enseñanza, el reforzamiento del papel del Estado y reformas sociales como el aborto terapéutico o el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Bachelet pretende llevar a cabo su programa de la mano de la coalición Nueva Mayoría, en la que junto a socialdemócratas y democristianos por primera vez aparece el Partido Comunista de Chile, en su día uno de los más fuertes del mundo. Quiénes y cuántos votan el domingo determinará la composición de un Parlamento en el que la derecha más o menos pinochetista puede retroceder enormemente. Las encuestas dan una votación escuálida a su candidata de circunstancias Evelyn Matthei, hija de uno de los miembros de las juntas militares que gobernaron con Pinochet. Su hundimiento puede arrastrar a quienes en su sector aspiran a un escaño en la Cámara de Diputados y el Senado. Si ello ocurre Bachelet tendrá que cumplir sus promesas o, como ella misma ha reconocido, verse arrollada por las demandas de un pueblo chileno que ya no aguanta más. Como bien refleja uno de los spots de campaña de la candidata independiente de izquierdas Roxana Miranda, la mayoría de chilenos mestizos y culturalmente nada europeos —caracterizados como ratones en el spot— ya no quieren que los sigan mandando los gatos, se llamen Matthei o Bachelet.