Dominio público

La memoria y el caso alemán

JOAN GARÍ
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"Are you going to the Concentration Camp?". Aquella jovencita que me abordó en la estación de Dachau manejaba un inglés dúctil con muy buen acento y tenía –hay que reconocerlo– una sonrisa preciosa. Diligentemente me explicó sus pretensiones. Era una empleada del municipio y formaba parte de un programa local dirigido a los 600.000 visitantes anuales del tristemente famoso lager bávaro. Su objetivo era obvio: convencer a un público multicultural e internacional, atraído por la extraña fascinación del mal, de que no limitaran su viaje a olisquear los incómodos efluvios del campo.
Comprendí el problema y le hice caso. Al fin y al cabo, Dachau es una bonita villa bávara, con un castillo nueve veces centenario donde ahora se puede tomar un café y una porción de pastel de manzana con vistas a los Alpes. Y una coqueta iglesia del siglo XVII dedicada a San Jaime. Solo con que una minúscula parte de esa riada humana que recorre en peregrinación desde hace años los restos de los antiguos espacios concentracionarios se desviara hacia objetivos turísticos más convencionales, el éxito –y también la salvaguarda de un cierto pudor moral– estaba garantizado. Y, sin embargo, es un hecho que esta variante del turismo de catástrofes asuela Alemania. Y de tal modo que las autoridades no han tenido más remedio que hacer de la necesidad virtud y abordar la memoria del período nacionalsocialista con una sonrisa forzada.
Dachau es solo un aspecto simbólico más del problema. De hecho, la geografía alemana y de otros países centroeuropeos está plagada de sitios como ese. Forman parte de una memoria incómoda y es de agradecer que, al menos, la autoridad pertinente no se esfuerce ya en ocultarla. Es bien sabido que, en la inmediata posguerra, los alemanes prefirieron correr un tupido velo sobre el catálogo de horrores que habían protagonizado bajo el régimen hitleriano. Pero es que la Polonia comunista, por ejemplo, nunca explicó bien que las víctimas de Auschwitz fueron esencialmente judíos. Por no abandonar Dachau, hay que recordar que la primera exposición conmemorativa del lager fue clausurada precipitadamente por el land de Baviera en 1953 sin mediar ninguna explicación. Hoy en día, sin embargo, es corriente contemplar –yo lo hice– rebaños compactos de adolescentes teutones paseando sus atónitos ojos azules bajo la perspectiva odiosa del crematorio. Sus expresiones sinceras de sorpresa y de espanto forman parte de una pedagogía inexcusable. Su ternura virginal se da así de bruces contra el mundo de sus abuelos –quizá ya de sus bisabuelos–. La memoria es eso y nadie dijo nunca que no deba resultar dolorosa.
Vestigios nazis

¿Están de moda los campos de concentración nazis? A juzgar por la avalancha de visitantes, no nos atreveríamos a negar que su capacidad de atracción ha ido in crescendo. ¿Qué buscan buena parte de los centenares de miles de turistas que llegan al nuevo Berlín, a 20 años –pronto– de la caída del muro? Una foto en el Checkpoint Charlie, por supuesto, pero sobre todo los vestigios de la antigua capital nazi. Es decir, aquello que precisamente Berlín ya no puede ofrecer. No queda nada del antiguo sueño de Speer: ni la Cancillería, ni el búnker de Hitler (cuya superficie ocupa ahora un plácido aparcamiento), ni ningún otro edificio emblemático. Solo el antiguo Ministerio de Aviación está en pie (ahora es la sede del Ministerio de Finanzas) y enfrente se yergue lo que queda del odioso muro comunista. Una exposición alusiva, Topografía del terror, recuerda estos días todas esas catástrofes ideológicas, pero ha de contentarse con mostrar los cimientos de la Gestapo en la antigua Prinz-Albrecht-Strasse. El resto pertenece al poder evocativo de la memoria.
De una manera u otra, la valentía de la Alemania actual para enfrentarse a la pesadilla de su pasado reciente ha de ser aplaudida. Al fin y al cabo, Hitler existió realmente y si llegó al poder por métodos democráticos es porque una generación de alemanes lo auparon voluntariamente. Esa pesadilla debe ser convocada en el diván o aventada en el ágora pública. Ocultarla, negarla o minimizarla solo provocaría que la herida no cicatrizara, aunque algunos tendieran a pensar que la fiebre resultante era solamente una excitación pasajera.
Es doloroso y humillante que los turistas de hoy lleguen a Weimar, el corazón de la cultura germánica, para subirse al autobús número 6, que conecta cada hora la ciudad de Goethe con el lager de Buchenwald. Es doloroso y humillante, pero es también necesario. Al fin y al cabo, Weimar fue nazi desde primera hora –como también lo fue Baviera– y, en las balconadas del hotel Elephant, Adolf Hitler ya arengaba a sus seguidores cuando solo era la promesa de una amenaza colosal.
En la puerta de entrada al campo de Dachau, hay una verja que contiene la siguiente inscripción: "Arbeit macht Frei" ("El trabajo libera"). El lema es conocido porque el comandante de Auschwitz, Rudolph Höss, que pasó primero por Dachau, lo copió en el frontispicio del campo polaco. En realidad, y descontando el sadismo de fábrica, es una leyenda intrínsecamente falsa. Hemos aprendido a lo largo del tiempo de la aflicción que lo único que realmente libera es la memoria. Aunque su concreción turística resulte incómoda para la nueva Alemania y haya que recurrir a mensajes publicitarios que nos recuerden que el resto de la Historia también está a nuestra disposición. ¿Alguna idea homologable para las amnesias interesadas de la España postfranquista?

Joan Garí es escritor

Ilustración de Iván Solbes