Opinion · Dominio público

Chile, menos vals tirolés y más cumbia latinoamericana

Pablo Sapag M.

Profesor-Investigador de la Universidad Complutense de Madrid

Pablo Sapag M.
Profesor-Investigador de la Universidad Complutense de Madrid

Consumada la elección de Michelle Bachelet, Chile se enfrenta a la realidad del descrédito de su sistema político, económico y social. Eso y no otra cosa explica la elevadísima abstención de casi un 60% en estas elecciones, la que pese a su victoria deja a Bachelet en precaria posición.

La propaganda neoliberal ha situado a Chile como modelo a seguir en América Latina y otras latitudes —España incluida—. Sin embargo, esa propaganda esconde que Chile es uno de los países más desiguales del mundo en lo que a distribución del ingreso se refiere, una brecha que el espectacular crecimiento económico de las tres últimas décadas no ha modificado ni un ápice. Oculta también la conexión entre ese dato y la escasa participación política de una mayoría de chilenos que no se sienten representados por una democracia poco inclusiva y diseñada y gestionada por la minoría racialmente blanca y culturalmente europea que desde siempre gobierna a la aplastante mayoría mestiza. En cuanto el voto ha sido voluntario y no obligatorio como hasta ahora, los chilenos han hablado alto y claro. La diferencia de participación por distritos electorales es relevante en ese sentido. Es en Santiago Oriente, donde mayoritariamente viven los blancos de origen europeo, donde más se vota.

Por todo ello y con cuatro años de gobierno por delante sin apoyo real de la población Bachelet haría bien en hacer lo que la elite chilena a la que ella pertenece por origen étnico siempre ha rechazado: entender que Chile es un país latinoamericano y no otra cosa. Por extraño que parezca, semejante evidencia no es tal para la clase dirigente chilena, obsesionada desde siempre con buscar modelos fuera de la región a la que pertenece, algo que ya no hace ni la Argentina con un 65% de descendientes de europeos. En varias ocasiones la propia Bachelet ha aludido a los países nórdicos, Australia y Nueva Zelanda como “like minded countries” o países parecidos a la hora de definir lo que quiere para Chile. Cosa curiosa teniendo en cuenta que ella es de origen francés. Su rival en estas elecciones, la alemana de origen Evelyn Matthei, no se ha cansado durante la campaña de situar como referente a la Alemania de Merkel. Al margen de etiquetas políticas, ni una ni otra conectan con la mayoría de los chilenos, latinoamericanos típicos dada su condición de mestizos y no de descendientes de inmigrantes europeos como la propaganda chilena y extranjera han hecho creer.

Bachelet, entonces, debería seguir el ejemplo de Álvaro García Linera. El vicepresidente del estado plurinacional boliviano hace tiempo que dejó claro que pese a su origen hispano europeo renunciaba al paternalista despotismo ilustrado para ponerse al servicio total de las grandes mayorías de su país. Asumiendo la realidad étnica boliviana García Linera ha hecho un gran servicio al gobierno presidido por el aymara Evo Morales, cuyo principal logro ha sido reconciliar las instituciones con la realidad étnico-demográfica de un país que hasta su llegada al poder tenía más golpes de estado que años de vida independiente. A mayor sintonía entre sistema político y población, mayor fortaleza institucional y estabilidad democrática. Lo mismo en Ecuador o Venezuela.

Chile es junto a Brasil el país más rezagado de América Latina en lo que a sinceramiento étnico se refiere. Eso se traduce en que sencillamente la mayoría de la población no se ve representada por un sistema y unos políticos que buscan metas muy lógicas desde su perspectiva cultural pero ajenas a la forma de pensar de la mayoría. Los enormes sacrificios que la elite gobernante de izquierda o derecha ha impuesto a la población para que Chile sea miembro de la OCDE son buen ejemplo de ello.

Hace ya más de una década que Venezuela, Bolivia, Perú, Ecuador o incluso Argentina han incorporado al discurso político la cuestión étnico-cultural. A partir de ahí algunos han definido nuevos marcos constitucionales que atienden a realidades en los que la economía o la participación política se entienden desde el indigenismo o el mestizaje cultural —sería el caso de Chile—. Ver en campaña a las muy europeas Bachelet y Matthei acompañadas en sus mítines por conjuntos musicales que para agradar al público interpretaban la muy mestiza cumbia, refleja la enorme contradicción chilena. La abstención masiva ha lanzado un mensaje claro a la presidenta electa. No basta con bailar cumbia en campaña. Los chilenos no creen en un sistema diseñado desde arriba y que les impone metas ajenas a sus propias aspiraciones. Las respuestas políticas y económicas pueden estar, como en la cumbia, en una América Latina que por fin ganaría a un Chile al que sus elites han escindido política y culturalmente de su entorno natural. Bachelet tiene la palabra.