Dominio público

Carabanchel, el templo de la memoria

JUAN ANTONIO RAMÍREZ

10-22.jpgCarabanchel está grabado a fuego en la piel moral de todos los españoles. ¿Cómo olvidar que ése es el principal santuario de nuestra memoria histórica? ¿Hay acaso otro edificio que pueda mostrar mejor la verdadera naturaleza del franquismo? Mientras la España oficial de los vencedores levantaba su granítica glorificación en el Valle de los Caídos, otras cuadrillas de presos republicanos (es decir, esclavos) construían en Carabanchel el contramonumento ominoso, un centro de represión modélico por representar arquitectónicamente, a una escala sin precedentes, el ideal punitivo del control carcelario. Es el panóptico más grande del mundo, planeado ya cuando ese modelo de cárcel estaba siendo abandonado en todas partes.

Aunque la portada principal, de granito gris, parece un remedo de las iglesias clasicistas de los discípulos de Herrera (concordando así con las ínfulas imperiales del momento), el grueso de la construcción está desornamentado, con potentes estructuras de hormigón y ladrillo visto al exterior. Es un edificio sincero en el sentido de que no oculta su función ni disimula la austera funcionalidad de sus materiales. Pero hay otras razones para considerarlo como una entidad arquitectónica excepcional. Sus ocho naves radiales, convergiendo hacia el punto donde está la torre de control, son imponentes, con cuatro pisos de celdas y potentísima iluminación cenital. Unas pasarelas transversales permitían el paso rápido hacia la zona opuesta de esas naves. ¿Cómo no recordar las vistas diagonales y los pasadizos volados en las carceri de Piranesi? Para facilitar la visibilidad desde la torre central esas galerías no tienen planta rectangular sino trapezoidal. Son alargadas estructuras cuya convergencia de líneas refuerza la sensación perspectívica de infinitud: oblicuas, casi caligarianas, como si delataran inconscientemente las implicaciones expresionistas y delirantes del lugar.

La parte central parece una consecuencia del gigantismo desaforado de sus galerías, pues sólo un cilindro cupulado, de treinta y dos metros de diámetro, podía acoger el arranque de unos radios tan colosales. Carabanchel, pues, posee la cúpula más grande de España, comparable sólo a la de la iglesia dieciochesca de San Francisco El Grande de Madrid. Pero sus características técnicas la convierten en algo muy singular, y quizá no haya en todo el mundo otro caso como éste de un casquete semiesférico de hormigón, de una sola pieza, en una escala tan desmesurada. Aunque sólo fuera por esto, ya merecería la pena mantener en pie el edificio, como un testimonio ejemplar de nuestra mejor tradición constructiva.

Pero aún hay más. Ya hemos dicho que la sobria desnudez del conjunto se avenía bien con sus funciones punitivas. Durante los primeros años del franquismo hubo entre los arquitectos una cierta pulsión metafísica, un tanto surrealizante, que se combinó con un revival clasicista no exento de contaminaciones procedentes del Movimiento Moderno. Algunos buenos profesionales de aquella época siniestra no pudieron evitar el cultivo de cierta clase de patológicas utopías. ¿Ensueños o pesadillas? La respuesta se halla en Carabanchel: la prodigiosa fantasía de una ciudad ideal, a lo Campanella, rigurosamente centralizada, controlada por el Gran Ojo Vigilante, se construyó de verdad. Y no era una maqueta sino una gran entidad para albergar bajo un régimen común, perfectamente regulado, a unos dos mil reclusos a la vez. He aquí la España ideal del régimen franquista, entre monástica y militar, materializada en un edificio aislado del resto del mundo, bunkerizado, como la delirante (anti)utopía ucrónica (y anacrónica) que fue, en fin, todo aquel largo periodo de nuestra historia reciente.

El caso es que aquella arquitectura de filiación metafísica pudo valorarse, con supuestos ideológicos contrapuestos, muchos años después (en los años setenta y ochenta), gracias a los proyectos de la italiana tendenza y a otras propuestas de la postmodernidad. Grandes figuras internacionales como Aldo Rossi, Krier o Venturi habrían amado las cualidades arquitectónicas de Carabanchel, y estoy seguro de que darían algo serio por tener la oportunidad de rahabilitarlo. Esta cárcel no es un edifico arruinado: su estructura parece intacta, a pesar del vandalismo sistemático que han consentido (o estimulado) en los últimos tiempos las autoridades responsables. La fachada, el pasadizo abovedado que conduce desde allí al centro del panóptico, así como sus galerías radiales, están en buenas condiciones y deben conservarse enteras, y no sólo la cúpula central. El resto (varios edificios adheridos, como el hospital, o la antigua cárcel de mujeres) sí podría tirarse, liberando terreno y satisfaciendo de esta manera algunos de los intereses en juego.

Los brazos del panóptico son aptos para albergar en el futuro algunas cosas de gran utilidad social. El centro de la memoria histórica que propugnan los vecinos de Carabanchel, por supuesto; pero habría espacio, también, para otros equipamientos como los que sugiero ahora sin pensarlo demasiado: almacenes del Museo Reina Sofía, estudios para artistas emergentes, museo del barrio, ¡o hasta un centro comercial! Claro que todo ello debe ser debatido por los agentes sociales, lo mismo que los eventuales proyectos de rehabilitación. Pero lo más urgente ahora es detener la demolición. Por favor, salvemos Carabanchel, que no se destruya para siempre una parte esencial de nuestra memoria histórica. No nos carguemos un monumento de primera magnitud, el espacio arquitectónico más impresionante (con mucha diferencia respecto a cualquier otro) que hay ahora en Madrid.

Juan Antonio Ramírez es catedrático de Historia del Arte de la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración de Iván Solbes