Dominio público

Todo lo sagrado se profana: los límites de la izquierda

Jorge Moruno

  DanziSociólogo y autor del blog larevueltadelasneuronas.com

 Jorge Moruno Danzi
Sociólogo y autor del blog larevueltadelasneuronas.com

Donde se corta leña, saltan astillas
Lenin

 La historia de las luchas sociales y los proyectos políticos que buscan mejorar la vida de la mayoría siempre han contado con esa doble capacidad de generar solidaridad, confianza e instituciones entre los desfavorecidos, los de abajo, a la par que miedo y angustia a los de arriba cuando ven peligrar sus privilegios. La seguridad de los expropiados conlleva el miedo de los expropiadores. El temor de los poderosos no se ha conseguido infundir  tanto con la crítica de lo existente y el simple desorden, como sobre todo, con la fortaleza de crear un orden distinto que normalice  en lo cotidiano los grandes cambios deseados a gran escala. Un orden que se orienta hacia la gestión y el disfrute común de los recursos y propiedades que son de todos y todas, en lugar de un orden en donde unos pocos se los apropien para  poder privar a otros de su uso. Hacer de la riqueza socialmente producida un bien social y no uno privado parece ser una conclusión mucho más lógica, que el imperio de ese eufemismo llamado libertad económica, tras el que se esconde la libertad que tienen unos pocos para jugar con la economía de muchos. Ahora bien, las herramientas y métodos que existen para lograrlo o al menos para intentarlo, no responden a criterios que trascienden las relaciones humanas, se encuentran en las acciones y efectos propios de esas relaciones que varían en cada periodo histórico.

El diagnóstico del actual estado de las cosas no puede depender de la creencia previa en torno a cómo deben articularse las estrategias de batalla, ni se puede elegir la munición a utilizar antes de conocer las armas de las que se dispone. Los espejismos  conducen a equívocos, hacen creer que vemos un oasis donde solo se extiende más desierto. La política no le debe lealtades a nada ni a nadie per se, no existe el copyright de la rebeldía, no existen las vanguardias autoproclamadas ni los argumentos que se justifican partiendo de la conclusión final. Nadie puede creer que ostenta la legitimidad al margen de la construcción de la realidad. La realidad no es estática, no es atemporal, no se puede disecar, la manera de afrontarla tampoco puede serlo. No se puede confiar en llevar la razón y caer en la misma trampa que el protagonista de la obra de teatro Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen, quien pensaba ilusamente que apoyándose en la verdad abstracta bastaba para ganar un conflicto. Son necesarios otros ingredientes para completar la receta. Sin emoción no hay política, sin generar pasión la razón se queda huérfana en su frustración de incomprendida. Sin hambre la leona no caza, sin astucia la zorra es cazada. Tenemos que bailar como un boxeador y rimar con el flow de un buen rapero, necesitamos el gesto político de Maquiavelo para no cometer el error de Savonarola y convertirnos en profetas desarmados. Todo lo que no mata engorda y todo lo que les engorda nos acaba matando.

Decía el filósofo Ludwig Wittgenstein aquello de que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", dando a entender que mi mundo es ese conjunto de cosas y actos que consiguen ser expresados y conocidos a través del lenguaje. Ese lenguaje que consigue hilvanar y ofrecer un sentido lógico a lo que antes no éramos capaces de describir y por lo tanto, se situaba al margen de los hechos reconocibles como tales. Wittgenstein nos ofrece con esta frase una sentencia breve que sirve de lección y podría resultar útil para pensar la política. Sobre todo desde la perspectiva de quien busca distorsionar las relaciones de poder en favor de las partes de la sociedad que actualmente salen perjudicadas. Para ello es crucial cambiar el orden de los factores para que finalmente se altere el producto.

Cuando la izquierda observa, por poner un ejemplo, que en la franja de edad que va de los 18 a los 30 años se proyecta un 52% de abstención en intención de voto, debería replantearse muy seriamente cuál es su mundo y por qué sus contornos de influencia son tan estrechos. Este punto en conflicto vale tanto para quienes apuestan por formas electorales como para quienes no las contemplan, el mundo sigue siendo igual de limitado, como el lenguaje que abarca. Existe cierta reticencia en ampliar los límites del lenguaje, del discurso, de la estética, de la imagen, de lo que se proyecta y cómo se proyecta, de la puesta en escena y la manera de comunicar. La partida y el partido se juegan cada vez más de cara hacia afuera, donde las decisiones intestinas determinan cada vez menos la capacidad política de la organización y la influencia social se presenta como determinante a la hora de tomar decisiones. La comunicación adopta un giro copernicano donde cambia la línea y proliferan otras nuevas, entre quien emite y quien recibe, entre quien obedece y manda, y sucede como nos recuerda Marx en su III Tesis sobre Feuerbach, que el propio educador necesita ser educado.

En el momento político actual no se debería insistir en priorizar las pautas ideológicas, las lecciones aprendidas por encima de aprender otras nuevas. Hay que huir de la intención conservadora por mantener celosamente un mundo cada vez más reducido, cegado, acotado y más alejado de eso que William James entendía como una hipótesis viva: la que solicita con posibilidad real a aquél a quien se propone. Sin esa posibilidad real nada importa, al menos en política, sin rastrear otras posibilidades que desborden lo viejo conocido acabaremos pensado que la manera de ser de izquierdas se fundamenta más en cómo se expresa, que en lo que hace posible que se exprese. Cambiar la prioridad, ampliar los límites más allá del lenguaje de la izquierda, de sus códigos, jergas y maneras de abordar, implica ampliar la capacidad de ser de izquierdas en este mundo, de lo contrario, nuestros límites serán cada vez más minúsculos y poco se podrá hacer ya. Es el momento de cortar leña de nuevo y que salten las astillas que tengan que saltar.