Dominio público

Unidad popular

Jorge Moruno

DanziSociólogo

Jorge Moruno Danzi
Sociólogo

Para evitar todos estos inconvenientes,
el derecho no tendría que ser igual,
sino desigual
K. Marx

 (Del lat. un?tas,-?tis).

1. f. Propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere

El pueblo soberano moderno es una construcción social que surge de lo premoderno. El imaginario social moderno encuentra en el pueblo la razón donde se justifica así mismo como fuente de la ley, y en su propia decisión el resorte que construye sus vidas. No le hace falta apelar a leyes preexistentes, a  costumbres pasadas, o a una constitución antigua donde necesite agarrarse. Se podría decir que lo moderno surge como una reinterpretación de las viejas formas de orden, que partiendo de sus puntos de apoyo que lo legitimaban, impulsan una innovación transformadora. No siempre somos conscientes del significado de una ruptura cuando se vive en nuestra propia excepción biográfica: cuando en 1688 la llamada Revolución Gloriosa de Inglaterra tiene lugar, quienes lo vivieron no veían en ella una nueva etapa, más bien anhelaban retroceder a un pasado mistificado.

El concepto de unidad guarda bastante relación con la moderna idea del pueblo soberano y el imaginario social que le acompaña cuando tácitamente, asumimos y llevamos a cabo prácticas que se corresponden con un orden simbólico determinado que las ordena. Pero las lecturas que pueden darse en torno al significado de la unidad no siempre caminan por el mismo sendero, más bien funcionan de manera enfrentada. No es lo mismo concebir que el pueblo debe unirse, que al revés, pensar que su unión parte como una función que debe hacer el propio pueblo: el primer caso uniformiza lo diferente en un solo UNO, en el segundo caso se junta la diferencia del pueblo agregándose temporalmente en UNA sola cosa. El primero responde a una necesidad atemporal, moral, como si la razón de su unión levitara por encima de las razones que le llevan a unirse. Lo importante no es qué quién y por qué se une, sino la unión misma, la cual debe ser eterna e indivisible. El segundo encuentra en la unión un elemento vinculado a la realidad material de cada tiempo histórico y su unidad no está dictaminada por la trascendencia a las relaciones sociales, sino que, depende de la interacción inmanente entre las propias relaciones que se generan.

Todo esto puede parecer una simple discusión filosófica que luego no tiene ningún impacto en la vida real, y al menos aparentemente, es muy difícil visualizarlo con ejemplos. Pero lo cierto es que ayuda a definir los rasgos ideológicos que luego conforman nuestras interpretaciones políticas.

El pueblo debe unirse

La unidad como sinónimo de aceptar "lo que hay" tal y como supuestamente ya es, encuentra su significado de unión bajo la idea de subordinación. La unidad así construida, surge desde un punto determinado e innegociable que define en solitario lo que es igualdad y lo que une, sin tener en cuenta otros puntos y otras realidades para elaborar esa unión. Por ejemplo, la idea centralista hace referencia a que seamos todos iguales y nos unamos todos en torno a una definición de igualdad. Una definición construida unilateralmente desde un único punto de vista donde el resto, no debe dividir, sino unirse y ser "iguales", esto es, anular sus características propias y rasgos que los distinguen. Es una misma idea que puede repetirse en ámbitos muy distintos: en los estudios sobre la clase, en la traducción política, o en un modelo de Estado. Un relato compartido que asume siempre no negar la máxima, no cuestiona quién se postula como emisor y quién como receptor de la unidad. ¿Unidad entorno a quién o qué? ¿Qué criterio usamos para medirla? ¿Desde dónde la medimos? ¿Por qué siempre son los otros los que deben buscar la unidad? Quien define la unidad y la igualdad, es quien le exige al resto que se pliegue a la misma.

El que decide unirse es el pueblo

Unidad que no se une por imperativo divino, ni por una razón que se escapa a la decisión material y excluye las propias diferencias que nutren al pueblo. La unión del pueblo aquí es contingente. Dicho de otro modo, está sujeta a lo variable, puede darse como no darse, no hay ninguna teleología ni destino que lo anuncia y lo determine. Para que se dé la unión, para que sea realmente popular y no un sucedáneo que funda su unión en la expulsión de la mayoría, la unidad de los muchos, de lo que es diverso, dura mientras dura lo que les asocia. La fortaleza reside precisamente en la capacidad de no fundirse en el fuego eterno de la unidad, sino en la posibilidad aleatoria de hacerlo. Paradójicamente, la mayor manifestación de poder popular no tiene lugar cuando se une el pueblo, sino sobre todo, cuando se escinde y manifiesta su ruptura abriendo la brecha que le separa del que manda. Al igual que sucedía en Roma, todas las leyes en pos de la libertad nacen de la desunión entre los grandes y el pueblo: la autonomía social como poder constituyente frente al dominio del poder constituido. Esa es la verdadera unidad popular.