Dominio público

El parlamento de los invisibles

Vladimir López Alcañiz

Doctor en Historia

Vladimir López Alcañiz
Doctor en Historia

De vez en cuando, trozos de vida se cuelan entre las noticias de sucesos, las páginas de sociedad o las cartas al director de los periódicos, como hace poco un estremecedor relato sobre nuestro estado de malestar. Tras ellos, distinguimos la desilusión amarga, la contestación efímera, la indiferencia abatida o el resentimiento airado. Pero son voces apenas audibles que se apagan pronto, convirtiéndose en el ruido de fondo de nuestras sociedades, en los susurros, los rumores y murmullos que apuntan a un descontento difuso, pero constante. Esos fragmentos, sin embargo, son solo la parte emergida de un continente hundido del que forman parte todas las vidas desatendidas, menospreciadas, juzgadas sin peso y arrumbadas en la sombra. Vidas ninguneadas que no se cuentan porque no cuentan.

Es este un problema mayor, que no solo concierne a la dignidad personal, sino también a la vitalidad de la democracia. Porque, ciertamente, "la democracia está minada por el carácter inaudible de todas las voces de amplitud débil". Esta convicción del historiador Pierre Rosanvallon se ha traducido en la iniciativa editorial y digital Raconter la vie (contar la vida), que aspira a dar voz a todas las vidas que la sociedad silencia, y cuyo manifiesto es el breve pero incisivo libro Le Parlement des invisibles. Un proyecto circunscrito a Francia que merece ser explorado con miras a su posible universalización.

¿Quiénes son los invisibles? Todos aquellos que solo son reconocidos como número, en masa o sin nombre, a través de los sondeos, los arquetipos o la caricatura, o ni eso siquiera. Vidas que, al permanecer escondidas o en la penumbra, dejan un hueco para que la ignorancia, los prejuicios y los fantasmas ocupen su lugar y se apoderen de nuestra imaginación política. Pero la invisibilidad no solo conduce al estigma, también redobla la dureza de las condiciones de vida por la incomunicación con que se sufren. Es urgente, pues, hallar formas de representación que sean de verdad la expresión de la voz del pueblo.

Para ello, ser representado en democracia debe empezar por ser visible al otro, por ser reconocido y tenido en cuenta. Existe todo un mundo soterrado que merece ser reconstruido narrativamente para salvar a quienes lo habitan de su aislamiento, ya que todas las formas de vida desapercibidas quedan al margen de las preocupaciones compartidas. Y una sociedad que resulta opaca a sí misma no puede aspirar a gobernarse con transparencia. Hay que hacer de los problemas individuales cuestiones sociales, y construir la comunidad ciudadana como un ágora de comprensión mutua y preocupaciones comunes.

¿Cómo hemos llegado donde estamos? Primero, por las dificultades de legibilidad del mundo moderno. La crisis de representación es también una crisis de comprensión. Las sociedades son cada vez más complejas, y por ello menos comprensibles. La homogeneización cultural con que la construcción nacional pretendió paliar este efecto ya no puede contenerlo. El contorno de la era industrial, en la que existía una cierta igualdad en la desigualdad, se ha desvanecido, y en su lugar impera una diseminación de la desigualdad que apenas enmascara su recrudecimiento.

Y segundo, por la evolución de los partidos políticos, cuya profesionalización ha convertido el ejercicio del poder en un fin en sí mismo y ha reducido el debate democrático a la confrontación de intereses partidistas. Pero la representación democrática no consiste solo en ejercer un mandato, sino también en restituir la imagen de la sociedad. La escasa participación ciudadana en la cosa pública no ayuda, porque sin ella la espesura del mundo social, la profundidad del mundo de la vida, se diluye. En el proceso electoral, el pueblo pierde entidad porque se resume en un mero número. Y el número nunca es suficiente. Es necesaria una democracia con rostro humano.

En este sentido, la representación narrativa puede ser un contrafuerte de la construcción democrática, toda vez que nos ofrece una forma común para los diversos contenidos de las expectativas de reconocimiento de tantos sectores de la sociedad. La narración es una forma que arrastra el fondo: una forma que puede producir un conocimiento emancipador, al permitir a cada cual reapropiarse de su existencia, y una forma que es capaz de tejer, a partir de los retales de vida, los hilos de un mundo en común.

No somos mónadas colindantes con el silencio. Tener voz, ser escuchados y entendidos, nos permite conocernos y situar nuestra experiencia en una visión más amplia de la historia y de las esperanzas de emancipación. Vernos, ser vistos y reconocidos, nos da la posibilidad de inscribirnos en un relato colectivo y de constituirnos en un nuevo sujeto político. Un sujeto que transforme los susurros, los rumores y murmullos, el malestar latente y el descontento difuso, en ‘canciones de experiencia’. En sonidos que irradien los valores y derechos que merecemos en la trama de los trabajos y los días. Sin esos sonidos, sin comunicación, no habrá confianza ni solidaridad, porque como nos enseña Habermas, "la solidaridad es el efecto productivo de la comunicación".

A falta de representación política, en el siglo diecinueve el mundo obrero se dotó de lo que Eugène Sue llamó una ‘representación poética’. Desde entonces, la literatura y el arte no han dejado de buscar nuevas formas de representación. Tenemos que perseverar en ese empeño. Hoy, además, internet puede ser el lugar del hipervínculo social. Y, si es cierto que con una democracia narrativa no basta, no lo es menos que sin escuchar las voces del pueblo jamás lograremos transformar este triste desconcierto en un canto de esperanza.