Opinión · Dominio público

La tiranía del reloj

Jorge Moruno

Sociólogo y autor del blog larevueltadelasneuronas.com

Jorge Moruno
Sociólogo y autor del blog larevueltadelasneuronas.com

¿Qué es el tiempo? Se preguntaba San Agustín, si nadie me lo pregunta lo sé; pero si alguien me pregunta por su naturaleza e intento explicársela, no sé hacerlo. El tiempo siempre es el mismo, nuestra manera de vivirlo no. El tiempo no fluye, son nuestras actividades, nuestra percepción y los cambios que se producen dentro del tiempo lo que se modifica. El reloj, dijo Lewis Mumford, fue la máquina decisiva en la era industrial y no la máquina de vapor. A través del reloj se consigue regular un movimiento midiendo pedazos de vida no regulares. El reloj no es el tiempo, es una forma de medirlo y construir un régimen social del tiempo, esto es, una forma socialmente aceptada de interpretar la medición del tiempo.

Con la revolución industrial se necesitaba un punto compartido para medir el tiempo y hacer funcionales la creciente movilidad de mercancías y personas. Es a mediados del siglo XIX cuando Inglaterra integra una hora unitaria basada en el tiempo de Greenwich (GMT), con el objetivo de computar un tiempo unificado en distintas zonas para gestionar racionalmente la puntualidad de los trenes. El tiempo se socializa. La intención de todo el ciclo industrial no fue otro que el de disciplinar el tiempo de vida de las personas adecuándolo al tiempo de funcionamiento rítmico de la máquina. El corazón humano debe latir armonizado al reloj. No era de extrañar entonces, que en los años 60 y 70 del siglo XX el sabotaje a la cadena de montaje, la desafección a la disciplina fabril, la impugnación feminista sobre su papel en el hogar y el rechazo a ser una máquina, pusieran en la picota toda una evolución ideológica y laboral, cuyos primeros pasos se remontan al siglo XVIII.

Hoy estamos obligados a vivir el tiempo sometido a una continua aceleración y angustia, sin certezas, corriendo todo tipo de riesgos, soltando lastre de aquello que nos paraliza y nos interrumpe. Hoy todos tenemos que ser como el Lobo de Wall Street, seas un directivo o una precaria que tiene que llevar dinero a casa para que coma su hijo. La experiencia sobre el tiempo tiende a homogeneizarse aunque se den realidades totalmente distintas. Estás siempre vendiendo algo, vendiéndote por algo lo mejor posible, consiguiendo contactos, tratando de introducirte en comunidades que te den acceso a nuevos contactos e información para evitar quedarte fuera.  Todos moviéndonos frenéticamente, balbuceando por el móvil, ensimismados por el Whatsapp a punto de ser atropellados por los coches, perpetuamente expuestos al precipicio del fracaso y la pérdida, siempre pendientes de algo más importante, de un proceso laboral que nunca finaliza, sin principio ni final, enquistados en el medio del camino. Ahora ya no son las piezas las que se mueven por la cadena de montaje mientras quien trabaja se queda quieto pasándolas. Ahora somos nosotros y nosotras las piezas que pasan en una cadena de montaje convertida en tu vida y en la ciudad: cadena de mails, cadena de llamadas, da igual donde te encuentres, cadena en el gimnasio de 30 minutos, cadena esperando la cola del supermercado donde un número te dice a que caja tienes que ir. Todos estamos dentro del Show de Truman generando valor 24 horas al día, 7 días a la semana, funcionando como las pilas que producen energía en Matrix.

Se da una relación de servidumbre sinérgica al igual que en el corto animado El empleo, donde el personaje para acudir al trabajo hace uso de la servidumbre de otros para llegar a su puesto donde finalmente hace de felpudo. Vender humo debería ser ya una carrera a estudiar. Aparentar, manejar con audacia tus emociones, saber comunicar y contar con habilidades sociales, ser experto en algo pero nunca lo suficiente como para ahondar en ello con la profundidad de un  artesano, pues en cualquier momento puedes dejarlo y tener que empezar de nuevo con algo distinto. Lo nuevo no es malo, lo malo es que nunca lo elijas y la sociedad se mueva empachada de fármacos, ahogada en red-bull, e inyectada de cinismo. La apariencia de felicidad  constante con una sonrisa dibujada se convierte en paradigma vital, dentro de la dictadura feliz y la motivación neurótica en un mundo cada vez más desigual y macabro. Pausa.

Necesitamos vivir nuestro tiempo acorde a las necesidades humanas donde la economía sirva a las personas, y no una sociedad donde las personas nos convertimos en siervas sirviendo a la economía. La economía, sabemos con Marx, que es siempre una economía sobre el tiempo. Tenemos que cambiar el orden de los factores para que se altere el producto, ¿Quién se debe a quién, quienes deciden qué cosa y a quienes le afecta esa decisión? Necesitamos darle tiempo al tiempo, esto es, apropiarnos del tiempo propio, individual y colectivo para dejar de verlo y vivirlo como esos momentos en los que simplemente no trabajas o te dedicas a consumir. El mundo sigue dominado por el tiempo del empleo, aunque cada vez producimos más pero empleando a menos gente, cada vez se crea más y se contrata menos, cada vez más el tiempo de producción se libera de la jornada laboral.

Tenemos dos opciones, someter ese tiempo liberado al tiempo del empleo y condenar a amplios sectores de la población a la frustración, la pobreza, la precariedad y la sensación de inutilidad, o afrontar la necesidad de innovar una nueva forma de experimentar la vida, inaugurando un nuevo régimen social del tiempo. Una forma de entender la vida donde el tiempo no esté sometido al rendimiento, donde la creatividad y las ganas de hacer y crear (poieisis) no estén parasitadas por la utilidad que rige el beneficio que solo beneficia a una minoría de rentistas financieros. Orientar otra forma de concebir el tiempo pasa por repartir el trabajo socialmente necesario, disociar el ingreso del empleo, tal y como explicaba André Gorz, de manera que cada uno y cada una puedan trabajar, pero trabajar cada vez menos y con un dominio creciente del tiempo propio”